a recuperar su esclavitud,
y, sin embargo, volvía allí.
El cardenal era para él la serpiente fascinadora; y él, él
era el pájaro que revolotea de rama en
rama sin poder escapar.
En torno suyo no tenía más que enemigos.
Por eso el regreso hacia La Rochelle era profundamente triste. Nues tros cuatro
amigos
causaban el asombro de sus camaradas; viajaban juntos, codo con codo, la mirada
sombría, la
cabeza baja. Athos alzaba de vez en cuando sólo su amplia frente: un
destello brillaba en sus
ojos, una sonrisa amarga pasaba por sus labios; luego, semejante a sus camaradas,
se dejaba ir
de nuevo en sus ensoñaciones.
Tan pronto como llegaba la escolta a una villa, cuando habían conducido
al rey a su
alojamiento, los cuatro amigos se retiraban o a la habitación de uno
de ellos o a alguna taberna
apartada, donde ni jugaban ni bebían; sólo hablaban en voz baja
mirando con cuidado si alguien
los escuchaba.
Un día en que el rey había hecho un alto en la ruta para cazar
la picaza y en que los cuatro
amigos, según su costumbre, en vez de seguir la caza, se habían
detenido en una taberna sobre
la carretera, un hombre que venía de La Rochelle a galope tendido se
detuvo a la puerta para
beber un vaso de vino y hundió su mirada en el interior de la habitación
donde estaban sentados
a la mesa los cuatro mosqueteros.
-¡Hola! ¡El señor D'Artagnan! -dijo-. ¿No sois vos
quien veo ahí?
D'Artagnan alzó la cabeza y soltó un grito de alegría.
Aquel hombre que él llamaba su fantasma
era su desconocido de Meung, de la calle des Fossoyeurs y de Arras.
-¡Ah, señor! -dijo el joven-. Por fin os encuentro; esta vez no
escaparéis.
-No es esa mi intención tampoco, señor, porque esta vez os buscaba;
en nombre del rey os
detengo, y digo que tenéis que entregarme vuestra espada, señor,
y sin resistencia; os va en ello
la cabeza, os lo advierto.
-¿Quién sois vos? -preguntó D'Artagnan bajando su espada,
pero sin entregarla aún.
-Soy el caballero de Rochefort -respondió el desconocido-, el escudero
del señor cardenal de
Richelieu, y tengo orden de llevaros junto a Su Eminencia.
-Volvemos junto a Su Eminencia, señor caballero -dijo Athos adelantándose-
y aceptaréis la
palabra del señor D'Artagnan, que va a dirigirse en línea recta
a La Rochelle.
-Debo ponerlo en manos de los guardias, que lo llevarán al campamento.
-Nosotros lo llevaremos, señor, por nuestra palabra de gentileshombres;
pero por nuestra
palabra de gentileshombres también -añadió Athos, frunciendo
el ceño-, el señor D'Artagnan no
nos abandonará.
El caballero de Rochefort lanzó una ojeada hacia atrás y vio que
Porthos y Aramis se habían
situado entre él y la puerta; comprendió que estaba completamente
a merced de aquellos cuatro
hombres.
-Señores -dijo-, si el señor D'Artagnan quiere entregarme su espada
y unir su palabra a la
vuestra, me contentaré con vuestra pro mesa de conducir al señor
D'Artagnan al campamento del
señor cardenal.
-Tenéis mi palabra, señor -dijo D'Artagnan-, y aquí está
mi espada.
-Eso está mejor -añadió Rochefort -, porque es preciso
que continúe mi viaje.
-Si es para reuniros con Milady - dijo fríamente Athos-, es inútil,
no la encontraréis.
-¿Qué le ha pasado entonces? - preguntó vivamente Rochefort.
-Volved al campamento y lo sabréis.
Rochefort se quedó un instante pensativo, luego, como no estaba más
que a una jornada de
Surgères, hasta donde el cardenal debía ir ante el rey, resolvió
seguir el consejo de Athos y
volver con ellos.
Además, aquel retraso le ofrecía una ventaja: vigilar por sí
mismo a su prisionero.
Volvieron a ponerse en ruta.
Al día siguiente, a las tres de la tarde, llegaron a Surgères.
El cardenal esperaba allí a Luis XIII.
El ministro y el rey intercambiaron muchas caricias, se felicitaron por el venturoso
azar que
desembarazaba a Francia del encarnizado enemigo que amotinaba a Europa contra
ella. Tras lo
cual, el cardenal, que había sido avisado por Rochefort de que D'Artagnan
estaba detenido, y que
tenía prisa por verlo, se despidió del rey invitándolo
a ver al día siguiente los trabajos del dique
que esta ban acabados.
Al volver aquella noche a su acampada del puente de La Pierre, el cardenal encontró
de pie,
ante la puerta de la casa que habitaba, a D'Artagnan sin espada y a los tres
