Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Lord de Winter se adelantó a su vez.
-Yo os perdono -dijo- el envenenamiento de mi hermano, el asesinato de Su Gracia lord de
Buckingham, yo os perdono la muerte del pobre Felton, yo os perdono las tentativas contra mi
persona. Morid en paz.
-Y a mí -dijo D'Artagnan- perdonadme, señora, haber provocado vuestra cólera con un engaño
indigno de un gentilhombre; y a cambio, yo os perdono el asesinato de mi pobre amiga y
vuestras vene ganzas crueles contra mí, yo os perdono y lloro por vos. Morid en paz:
-I am lost! -murmuró Milady en inglés-. I must die.
Entonces se levantó por sí misma y lanzó en torno suyo una de esas miradas claras que
parecían brotar de unos ojos de llama.
No vio nada.
No escuchó ni oyó nada.
En torno suyo no tenía más que enemigos.
-¿Dónde voy a morir? -dijo.
-En la otra orilla -respondió el verdugo.
Entonces la hizo subir a la barca, y cuando iba a poner él el pie en ella, Athos le entregó una
suma de dinero.
-Toma -dijo-, ése es el precio de la ejecución; que se vea bien que actuamos como jueces.
-Está bien -dijo el verdugo-; y ahora, a su vez, que esta mujer sepa que no cumplo con mi
oficio, sino con mi deber.
Y arrojó el dinero al río.
La barca se alejó hacia la orilla izquierda del Lys, llevando a la culpable y al ejecutor; todos los
demás permanecieron en la orilla derecha, donde habían caído de rodillas.
La barca se deslizaba lentamente a lo largo de la cuerda de la barcaza, bajo el reflejo de una
nube pálida que estaba suspendida sobre el agua en aquel momento.
Se la vio llegar a la otra orilla; los personajes se dibujaban en negro sobre el horizonte rojizo.
Milady, durante el trayecto, había conseguido soltar la cuerda que ataba sus pies; al llegar a la
orilla, saltó con ligereza a tierra y tomó la huida.
Pero el suelo estaba húmedo; al llegar a lo alto del talud, resbaló y cayó de rodillas.
Una idea supersticiosa la hirió indudablemente; comprendió que el cielo le negaba su ayuda y
permaneció en la actitud en que se encontraba, con la cabeza inclinada y las manos juntas.
Entonces, desde la otra orilla, se vio al verdugo alzar lentamente sus dos brazos; un rayo de
luna se reflejó sobre la hoja de su larga espada; los dos brazos cayeron y se oyó el silbido de la
cimitarra y el grito de la víctima. Luego, una masa truncada se abatió bajo el golpe.
Entonces el verdugo se quitó su capa roja, la extendió en tierra, depositó allí el cuerpo, arrojó
allí la cabeza, la ató por las cuatro esquinas, se la echó al hombro y volvió a subir a la barca.
Llegado al centro del Lys, detuvo la barca, y, suspendido su fardo sobre el río:
-¡Dejad pasar la justicia de Dios! -gritó en voz alta.
Y dejó caer el cadáver a lo más profundo del agua, que se cerró sobre él. Tres días después, los cuatro mosqueteros entraban en Paris; estaban dentro de los límites de
su permiso, y la misma noche fueron a hacer su visita acostumbrada al señor de Tréville.
-Y bien, señores -les preguntó el bravo capitán-, ¿os habéis divertido en vuestra excursión?
-Prodigiosamente -respondió Athos con los dientes apretados.


Capítulo LXVII

Conclusión

El 6 del mes siguiente, el rey, cumpliendo la promesa que había hecho al cardenal de dejar
Paris para volver a La Rochelle, salió de su capital todo aturdido aún por la nueva que acababa
de esparcirse de que Buckingham acababa de ser asesinado.
Aunque prevenida de que el hombre al que tanto había amado corría un peligro, la reina,
cuando se le anunció esta muerte, no quiso creerla; ocurrió incluso que exclamó
imprudentemente:
-¡Es falso! Acaba de escribirme.
Pero al día siguiente tuvo que creer en aquella fatal noticia: La Por te, retenido como todo el
mundo en Inglaterra por las órdenes del rey Carlos I, llegó portador del último y fúnebre
presente que Buckingham enviaba a la reina.
La alegría del rey había sido muy viva ; no se molestó siquiera en disimularla a incluso la hizo
estallar con afectación ante la reina. A Luis XIII, como a todos los corazones débiles, le faltaba
generosidad.
Mas pronto el rey se volvió sombrío y con mala salud; su frente no era de aquellas que se
aclaran durante mucho tiempo; sentía que al volver al campamento iba


 

 
 

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