Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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De vez en cuando un largo relámpago abría el horizonte en toda su amplitud, serpenteaba por
encima de la masa negra de árboles y venía como una espantosa cimitarra a cortar el cielo y el
agua en dos partes. Ni un soplo de viento pasaba por la pesada atmósfera. Un silencio de muerte
aplastaba toda la naturaleza; el suelo estaba húmedo y resbaladizo por la lluvia que acababa de
caer, y las hierbas reanimadas despedían su olor con más energía.
Dos criados arrastraban a Milady, teniéndola cada uno por un brazo; el verdugo caminaba
detrás, y lord de Winter, D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis caminaban detrás del verdugo.
Planchet y Bazin venían los últimos.
Los dos criados conducían a Milady por la orilla del río. Su boca estaba muda; pero sus ojos
hablaban con una elocuencia inexpresable, suplicando ya a uno ya a otro de los que ella miraba.
Cuando se encontraba a algunos pasos por delante, dijo a los criados:
-Mil pistolas a cada uno de vosotros si protegéis mi fuga; pero si me entregáis a vuestros
amigos, tengo aquí cerca vengadores que os harán pagar cara mi muerte.
Grimaud dudaba. Mosquetón temblaba con todos sus miembros.
Athos, que había oído la voz de Milady, se acercó rápidamente; lord de Winter hizo otro tanto.
-Que se vuelvan estos criados -dijo-, les ha hablado, no son ya seguros.
Llamaron a Planchet y Bazin, que ocuparon el sitio de Grimaud y Mosquetón.
Llegad os a la orilla del agua, el verdugo se acercó a Milady y le ató los pies y las manos. Entonces ella rompió el silencio para exclamar:
-Sois unos cobardes, sois unos miserables asesinos, os hacen falta diez para degollar a una
mujer; tened cuidado, si no soy socorrida, seré vengada.
-Vois no sois una mujer -dijo fríamente Athos-, no pertenecéis a la especie humana, sois un
demonio escapado del infierno y vamos a devolveros a él.
-¡Ay, señores virtuosos! -dijo Milady-. Tened cuidado, aquel que toque un pelo de mi cabeza es
a su vez un asesino.
-El verdugo uede matar sin ser por ello un asesino, señora- dijo el hombre de la capa roja
golpeando sobre su larga espada-; él es el último juez, eso es todo: Nachrichter, como dicen
nuestros vecinos alemanes.
Y cuando la ataba diciendo estas palabras, Milady lanzó dos o tres gritos salvajes que causaron
un efecto sombrío y extraño volando en la noche y perdiéndose en las profundidades del bosque.
-Pero si soy culpable, si he cometido los crímenes de los que me acusáis -aullaba Milady-,
llevadme ante un tribunal; no sois jueces, no lo sois para condenarme.
-Os propuse Tyburn - dijo lord de Winter-. ¿Por qué no quisis teis?
-¡Porque no quiero morir! -exclamó Milady debatiéndose-. Por que soy demasiado joven para
morir.
-La mujer que envenenasteis en Béthune era más joven aún que vos, señora, y, sin embargo,
está muerta -dijo D'Artagnan.
-Entraré en un claustro, me haré religiosa -dijo Milady.
-Estabais en un claustro -dijo el verdugo- y salisteis de él para perder a mi hermano.
Milady lanzó un grito de terror y cayó de rodillas.
El verdugo la alzó y quiso llevarla hacia la barca.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó-. ¡Dios mío! ¿Vais a ahogarme?
Aquellos gritos tenían algo tan desgarrador que D'Artagnan, que al principio era el más
encarnizado en la persecución de Milady, se dejó deslizar sobre un tronco a inclinó la cabeza,
tapándose las orejas con las palmas de sus manos; sin embargo, pese a todo, todavía oía ame-
nazar y gritar.
D'Artagnan era el más joven de todos aquellos hombres y el corazón le falló.
-¡Oh, no puedo ver este horrible espectáculo! ¡No puedo consen tir que esta mujer muera así!
Milady había oído algunas palabras y se había recuperado a la luz de la esperanza.
-¡D'Artagnan! ¡D'Artagnan! -gritó-. ¡Acuérdate de que te he amado!
El joven se levantó y dio un paso hacia ella.
Pero Athos, bruscamente, sacó su espada y se interpuso en su camino.
-Si dais un paso más, D'Artagnan -dijo-, cruzaremos las espadas.
D'Artagnan cayó de rodillas y rezó.
-Vamos -continuó Athos-, verdugo, cumple tu deber.
-De buena gana, monseñor -dijo el verdugo-, porque, tan cierto como que soy católico, creo
firmemente que soy justo al cumplir mi función en esta mujer.
-Está bien.
Athos dio un paso hacia Milady. -Yo os perdono -dijo- el mal que me habéis hecho; os perdono mi futuro roto, mi honor
perdido, mi honor mancillado y mi salvación eterna comprometida por la desesperación a que me
habéis arro jado. Morid en paz.


 

 
 

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