Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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ni el uno ni la otra lo tenían. El
cura robó los vasos sagrados, los vendió; pero, cuando se aprestaban a huir juntos, los dos
fueron detenidos. Ocho días después, ella había seducido al hijo del carcelero y se había
escapado. El joven sacerdote fue condenado a diez años de grilletes y a la marca. Yo era el
verdugo de la ciudad de Lille, como dijo esta mujer. Fui obligado a marcar al culpable, y el
culpable, señores, ¡era mi hermano! Juré entonces que esta mujer que lo había perdido, que era
más que su cómplice, puesto que lo había empujado al crimen, compartiría por lo menos el
castigo. Sospeché el lugar en que estaba oculta, la perseguí, la alcancé, la agarroté y le imprimí
la misma marca que había impreso en mi hermano. Al día siguiente de mi regre so a Lille, mi
hermano consiguió escaparse, se me acusó de complicidad y se me condenó a permanecer en
prisión en su puesto mientras no se constituyera él prisionero. Mi pobre hermano ignoraba aquel
juicio; se había reunido con esta mujer, habían huido juntos al Berry; y allí, él había obtenido un
pequeño curato. Esta mujer pasaba por hermana suya. El señor de la tierra en que estaba
situada la iglesia del curato vio aquella pretendida hermana y se enamoró de ella, enamorándose
hasta el punto de que le propuso desposarla. Entonces ella dejó al que había perdido por aquel al
que iba a perder, y se convirtió en condesa de La Fère...
Todos los ojos se volvieron hacia Athos, cuyo verdadero nombre era aquél, y que hizo señal
con la cabeza de que cuanto había dicho el verdugo era cierto.
-Entonces -prosiguió aquél-, loco, desesperado, decidido a qui tarse su existencia, a quien ella
había quitado todo, honor y felicidad, mi hermano regresó a Lille, y, enterándose del juicio que
me había condenado en su lugar, se constituyó prisionero y se colgó la misma no che del tragaluz
de su calabozo. Por lo demás, debo hacerles justicia, quienes me condenaron mantuvieron su
palabra. Apenas fue comprobada la identidad del cadáver me devolvieron mi libertad. Ese es el
crimen de que la acuso, era la causa por la que la marqué. Señor D'Artagnan -dijo Athos-, ¿cuál
es la pena que exigís contra esta mujer?
-La pena de muerte -respondió D'Artagnan.
-Milord de Winter -continuo Athos-, ¿cuál es la pena que exigís contra esta mujer?
-La pena de muerte -contestó lord de Winter.
-Señores Porthos y Aramis -continuó Athos-, vosotros que sois sus jueces, ¿cuál es la pena a
que condenáis a esta mujer?
-La pena de muerte -respondieron con voz sorda los dos mosqueteros.
Milady lanzó un aullido horroroso y dio algunos pasos hacia sus jueces arrastrándose de
rodillas.
Athos extendió las manos hacia ella. -Anne de Breuil, condesa de La Fère, milady de Winter -dijo-, vuestros crímenes han cansado a
los hombres en la tierra y a Dios en el cielo. Si sabéis alguna oración, decidla, porque estáis
condenada y vais a morir.
A estas palabras que no dejaban ninguna esperanza, Milady se alzó en toda su estatura y quiso
hablar, pero las fuerzas le faltaron; sintió que una mano potente a implacable la cogía por lo
pelos y la arrastraba tan irrevocablemente como la fatalidad arrastra al hombre: no trató siquiera
de hacer resistencia y salió de la cabaña.
Lord de Winter, D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis salieron detrás de ella. Los criados
siguieron a sus amos y la habitación quedó solitaria con su ventana rota, su puerta abierta y su
lámpara humeante que ardía tristemente sobre la mesa.

Capítulo LXVI
La ejecución

Era medianoche aproximadamente; la luna, escoltada por su menguante y ensangrentada por
las últimas huellas de la tormenta, se alzaba tras la pequeña aldea de Armentières, que
destacaba sobre su claridad macilenta la silueta sombría de sus casas y el esqueleto de su alto
campanario recortado a la luz. Enfrente, el Lys hacía rodar sus aguas semejantes a un río de
estaño fundido, mientras que en la otra orilla se veía la masa negra de los árboles perfilarse
sobre un cielo tormentoso invadido por gruesas nubes de cobre que hacían una especie de
crepúsculo en medio de la noche. A la izquierda se alzaba un viejo molino abandonado, de aspas
inmóviles, en cuyas ruinas una lechuza dejaba oír su grito agudo, periódico y monótono. Aquí y
allá, en la llanura, a izquierda y derecha del camino que seguia el lúgubre cortejo, aparecían
algunos árboles bajos y achaparrados que parecían enanos disformes acuclillados para acechar a
los hombres en aquella hora siniestra.


 

 
 

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