Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-¡Os toca a vos, milord! -dijo Athos.
El barón se acercó a su vez.
-Ante Dios y ante los hombres -dijo-, acuso a esta mujer de haber hecho asesinar al duque de
Buckingham.
-¿El duque de Buckingham asesinado? -exclamaron a un solo grito todos los asistentes.
-Sí -dijo el barón-. ¡Asesinado! Ante la carta de aviso que me escribisteis, hice detener a esta
mujer, y la di para guardarla a un leal servidor; ella corrompió a aquel hombre, ella le puso el
puñal en la mano, ella le obligó a matar al duque, y quizá en este momento Felton pague con su
cabeza el crimen de esta furia. Un estremecimiento corrió entre los jueces ante la revelación de estos crímenes aún
desconocidos.
-Eso no es todo -prosiguió lord de Winter-; mi hermano, que os había hecho su heredero,
murió en tres horas de una extraña enfer medad que deja manchas lívidas en todo el cuerpo.
Hermana mía, ¿cómo murió vuestro marido?
-¡Horror! -exclamaron Porthos y Aramis.
-Asesina de Buckingham, asesina de Felton, asesina de mi hermano, pido justicia contra vos, y
declaro que, si no me la hacen, me la haré yo.
Y lord de Winter fue a colocarse junto a D'Artagnan dejando el pues to libre a otro acusador.
Milady dejó caer su frente en sus dos manos y trató de recordar sus ideas confundidas por un
vértigo mortal.
-Me toca a mí -dijo Athos, temblando como el león tiembla a la vista de la serpiente-, me toca
a mí. Yo desposé a esta mujer cuando era joven la desposé a pesar de toda mi familia; yo le di
mis bienes, le di mi nombre; un día me di cuenta de que esta mujer estaba marcada; esta mujer
estaba marcada con una flor de lis en el hombro izquierdo.
-¡Oh! -dijo Milady levantándose-. Desafío a que al quien encuen tre el tribunal que pronunció
sobre mí esa sentencia infame. Desafío a que alguien encuentre a quien la ejecutó.
-Silencio -dijo una voz-. A esta me toca a mí responder.
Y el hombre de la capa roja se aproximó a su vez.
-¿Quién es este hombre, quién es este hombre? -exclamó Milady sofocada por el terror y cuyos
cabellos se soltaron y se erizaron sobre su lívida cabeza como si hubieran estado vivos.
Todos los ojos se volvieron hacia aquel hombre, porque para todos, excepto para Athos, era
desconocido.
Incluso Athos lo miraba con tanta estupefacción como los otros, porque ignoraba cómo podía
estar él mezclado en algo en el horrible drama que se desarrollaba en aquel momento.
Tras haberse acercado a Milady con paso lento y solemne, de modo que sólo la mesa lo
separaba de ella, el desconocido se quitó la máscara.
Milady miró algún tiempo con un tenor creciente aquel rostro pálido enmarcado entre cabellos
y patillas negras, cuya única expresión era una impasibilidad helada. Luego, de pronto:
-¡Oh, no, no! -dijo ella levantándose y retrocediendo hasta la pared-. No, no, ¡es una aparición
infernal! ¡No es él! ¡Auxilio! ¡Auxilio! -exclamó con una voz ronca y volviéndose hacía el muro,
como s¡ hubiera podido abrirse un paso con sus manos.
-Pero ¿quién sois vos? -exclamaron todos los testigos de aquella escena.
-Preguntádselo a esa mujer -dijo el hombre de la capa roja-, porque ya habéis visto que me ha
reconocido.
-¡El verdugo de Lille, el verdugo de Lille! -exclamó Milady presa de un terror insensato y
aferrándose con las manos al muro para no caer.
Todo el mundo se apartó, y el hombre de la capa roja permaneció solo de pie en medio de la
sala.
-¡Oh, gracia, gracia! ¡Perdón! -exclamó la miserable cayendo de rodillas.
El desconocido dejó que se hiciera el silencio de nuevo.
-¡Ya os decía yo que me había reconocido! -prosiguió-. Sí, yo soy el verdugo de la ciudad de
Lille, y ésta es mi historia. Todos los ojos estaban fijos en aquel hombre cuyas palabras esperaban con una ávida
ansiedad.
-Esta joven era en otro tiempo una muchacha tan bella como bella es hoy. Era religiosa en el
convento de las Benedictinas de Templemar. Un joven cura, de corazón sencillo y creyente,
servía la iglesia de aquel convento; ella emprendió la tarea de seducirlo y triunfó, sedujo a un
santo. Los votos de los dos eran sagrados, irrevocables; su relación no podía durar mucho tiempo
sin perderlos a los dos. Consiguió de él que se marcharan ambos de la region; pero para
marcharse de la región, para huir juntos, para alcanzar otra parte de Francia donde pudieran
vivir tranquilos porque serían desconocidos, hacía falta dinero;


 

 
 

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