Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Al cabo de quinientos pasos aproximadamente, se encontraron un riachuelo que vadearon.
A la luz de un relámpapo divisaron la aldea de Erquinghem.
-¿Es ahí? -preguntó D Artagnan.
Grimaud movió la cabeza en señal de negación.
-¡Silencio, puesl -dijo Athos.
Y la tropa continuó su camino.
Otro relámpago brilió; Grimaud extendió el brazo, y a la luz azulada de la serpiente de fuego se
distinguió una casita aislada, a orillas del río, a cien pasos de una barcaza. Una ventana estaba
iluminada.
-Hemos llegado -dijo Atlios.
En aquel momento, un hombre tumbado en el foso se levantó. Era Mosquetón, quien señaló
con el dedo la ventana iluminada.
-Está ahí -dijo.
-¿Y Bazin? -.-preguntó Athos.
-Mientras que yo vigilaba la ventana, él vigilaba la puerta.
-Bien -dijo Athos-, todos sois fieles servidores.
Athos saltó de su caballo, cuya brida puso en manos de Grimaud, y avanzó hacia la ventana
tras haber hecho señas al resto de la tropa de virar hacia el lado de la puerta.
La casita estaba rodeada por un seto vivo, de dos o tres pies de alto. Athos franqueó el seto,
llegó hasta la ventana privada de contraventanas, pero cuyas semicortinas estaban
completamente echadas.
Se subió sobre el reborde de piedra, a fin de que su mirada pudiera sobrepasar la altura de las
cortinas.
A la luz de una lámpara vio a una mujer envuelta en un manto de color oscuro sentada en un
escabel, junto a un fuego moribundo: sus codos estaban apoyados sobre una mala mesa, y
apoyaba su cabeza en sus dos manos blancas como el marfil.
No se podía distinguir su rostro, pero una sonrisa siniestra pasó por los labios de Athos: no
podía equivocarse, era la que buscaba.
En aquel momento un caballo relinchó. Milady alzó la cabeza, vio, pegado al cristal, el rostro
pálido de Athos y lanzó un grito.
Athos comprendió que lo había reconocido, empujó la ventana con la rodilla y con la mano, la
ventana cedió, los cristales se rompieron. Y Athos, como el espectro de la venganza, saltó a la habitación.
Milady corrió a la puerta y la abrió; más pálido y más amenazador aún que Athos, D'Artagnan
estaba en el umbral.
Milady retrocedió lanzando un grito. D'Artagnan, creyendo que tenía algún medio de huir y
temiendo que se le escapase, sacó una pistola de su cintura; pero Athos alzó la mano.
-Devuelve esa arma a su sitio, D'Artagnan -dijo-. Importa que esta mujer sea juzgada y no
asesinada. Espera aún un momento, D'Artagnan, y quedarás satisfecho. Entrad, señores.
D'Artagnan obedeció, porque Athos tenía la voz solemne y el gesto poderoso de un juez
enviado por el Señor mismo. Luego, detrás de D'Artagnan entraron Porthos, Aramis, lord de
Winter y el hombre de la capa roja.
Los cuatro criados guardaban la puerta y la ventana.
Milady estaba caída sobre su silla con las manos extendidas como para conjurar aquella
horrible aparición; al ver a su cuñado, lanzó un grito terrible.
-¿Qué queréis? -exclamó Milady.
-Queremos - dijo Athos- a Charlotte Backson, que se llamó primero condesa de La Fère, y luego
lady Winter, baronesa de Sheffield.
-¡Yo soy, yo soy! -murmuró ella en el colmo del terror-. ¿Qué me queréis?
-Queremos juzgaros por vuestros crímenes -dijo Athos-; seréis libre de defenderos, justificaos
si podéis. El señor D'Artagnan os va a acusar el primero.
D'Artagnan se adelantó.
-Ante Dios y ante los hombres -dijo-, acuso a esta mujer de haber envenenado a Constance
Bonacieux, muerta ayer tarde.
Se volvió hacia Porthos y hacia Aramis.
-Nosotros somos testigos -dijeron con un solo movimiento los dos mosqueteros.
D'Artagnan continuó:
-Ante Dios y ante los hombres, acuso a esta mujer de haber q uerido envenenarme a mí mismo,
con vino que había enviado de Villeroy, con una falsa carta como si el vino fuera de mis amigos;
Dios me salvó, pero un hombre, que se llamaba Brisemont, murió en mi lugar.
.-Nosotros somos testigos - dijeron con la misma voz Porthos y Aramis.
-Ante Dios y ante los hombres, acuso a esta mujer de haberme empujado a asesinar al barón
de Wardes; y como nadie estuvo allí para atestiguar la verdad de esta acusación, lo atestiguo yo
mismo. He dicho.
Y D'Artagnan pasó al otro lado de la habitación con Porthos y Aramis.


 

 
 

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