Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Todos los rostros estaban sombríos y crispados, incluso el dulce ros tro de Aramis.
-¿Qué hay que hacer? - preguntó D'Artagnan.
-Esperar -respondió Athos.
Cada uno se retiró a su habitación.
A las ocho de la noche, Athos dio la orden de ensillar los caballos e hizo avisar a lord de Winter
y a sus amigos de que se preparasen para la expedición.
En un instante todos estuvieron preparados. Cada uno inspeccionó las armas y las puso a
punto. Athos bajó el primero y encontró a D'Artagnan ya a caballo a impacientándose.
-Paciencia -dijo Athos-, nos falta todavía uno.
Los cuatro caballeros miraron en torno suyo con sorpresa, porque buscaban inúltimente en su
mente quién era aquel que podía faltarles. En aquel momento Planchet trajo el caballo de Athos; el mosquetero saltó con ligereza a la
silla.
-Esperadme -dijo-, vuelvo.
Y partió a galope.
Un cuarto de hora después volvió, efectivamente, acompañado de un hombre enmascarado y
envuelto en una gran capa roja.
Lord de Winter y los tres mosqueteros se interrogaron con la mirada. Ninguno de ellos pudo
informar a los otros, porque todos ignoraban quién era aquel hombre. Sin embargo, pensaron
que aquello debía ser así, puesto que se hacía por orden de Athos.
Era triste al aspecto de aquellos seis hombres corriendo en silencio, sumidos cada cual en su
pensamiento, taciturnos como la desesperación, sombríos como el castigo.

Capítulo LXV

El juicio

Era una noche tormentosa y lúgubre, gruesas nubes corrían por el cielo velando la claridad de
las estrellas; la luna no debía aparecer hasta medianoche.
A veces, a la luz de un relámpago que brillaba en el horizonte, se vislumbraba la ruta que se
desorrollaba blanca y solitaria; luego, apagado el relámpago, todo volvía a la oscuridad.
A cada momento Athos invitaba a D'Artagnan, siempre a la cabeza de la pequeña tropa, a
ocupar su puesto, que al cabo de un instante abandonaba de nuevo; no tenía más que un
pensamiento: ir hacia adelante, e iba.
Cruzaron en silencio la aldea de Festubert, donde se había quedado el doméstico herido, luego
bordearon el bosque de Richebourg; llegados a Herlies, Planchet, que seguía dirigiendo la
columna, torció a a izquierda.
Varias veces, lord de Winter, Porthos o Aramis, habían tratado de dirigir la palabra al hombre
de la capa roja; pero a cada pregunta que le había sido hecha, él se había inclinado sin
responder. Los viajeros habían comprendido entonces que había una razón para que el desco-
nocido guardase silencio, y habían dejado de dirigirle la palabra.
Además, la tormenta crecía, los relámpagos se sucedían rápidamente, el trueno comenzaba a
gruñir, y el viento, precursor del huracán, silbaba en la llanura, agitando las plumas de los
caballeros.
La cabalgada se lanzó a galope tendido.
Un poco más allá de Fromelles, la tormenta estalló; desplegaron las capas; quedaban aún tres
leguas por hacer: las hicieron bajo torrentes de lluvia.
D'Artagnan se había quitado su sombrero de fieltro y no se había puesto la capa; sentía placer
en dejar correr el agua sobre su frente ardiente y sobre su cuerpo agitado por escalofríos
febriles.
En el momento que la pequeña tropa hubo pasado Goskal a iba a llegar a la posta, un hombre,
refugiado bajo un árbol, se separó del tronco con el que había permanecido confundido en la
oscuridad, y avanzó hasta el medio de la ruta, poniendo sus dedos sobre sus labios.
Athos reconoció a Grimaud. -¿Qué pasa? -exclamó D'Artagnan-. ¿Habrá dejado Armentières?
Grimaud hizo con la cabeza un signo afirmativo. D'Artagnan rechinó los dientes.
-¡Silencio D'Artagnan! -dijo Athos-. Soy yo quien me he encargado de todo, a mí me toca
interrogar a Grimaud.
-¿Dónde está? - preguntó Athos.
Grimaud tendió la mano en dirección del Lys.
-¿Lejos de aquf? -preguntó Athos.
Grimaud hizo señal de que sí.
-Señores -dijo Athos-, está solo a media legua de aquí, en dirección al río.
-Está bien -dijo D'Artagnan-; llévanos, Grimaud.
Grimaud tomó campo a través y sirvió de guía a la cabalgada.


 

 
 

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