Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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prematuramente aquellas señales de re pugnancia. El hombre de alta estatura, apenas hubo leído
aquellas dos líneas, visto la firma y reconocido el sello, se inclinó en señal de que no tenía ya
ninguna objeción que hacer, y que estaba dispuesto a obedecer.
Athos no pidió más; se levantó, saludó, salió, tomó al irse el mis mo camino que había seguido
para venir, volvió a entrar en la hostería y se encerró en su cuarto.
Al alba, D'Artagnan entró en su habitación y preguntó qué iba a hacer.
-Esperar -respondió Athos.
Algunos instantes después, la superiora del convento hizo avisar a los mosqueteros de que el
entierro de la víctima de Milady tendría lugar a mediodía. En cuanto a la envenenadora, no había
habido noticias; sólo que debía haber huido por el jardín, en cuya arena habían reconocido la
huella de sus pasos, y cuya puerta habían encontrado cerrada; en cuanto a la llave, había
desaparecido.
A la hora indicada, lord de Winter y los cuatro amigos se dirigieron al convento; las campanas
tocaban a duelo, la capilla estaba abierta, la verja del coro estaba cerrada. En medio del coro
estaba puesto el cuerpo de la víctima, revestida de sus hábitos de novicia. A cada lado del coro, y
tras las verjas que se abrían sobre el convento, estaba toda la comunidad de Carmelitas, que
escuchaba desde allí el servicio divino y mezclaba su canto al canto de los sacerdotes, sin ver a
los profanos ni ser vista por ellos.
A la puerta de la capilla, D'Artagnan sintió que su valor huía nuevamente; se volvió en busca
de Athos, pero Athos había desaparecido.
Fiel a su misión de venganza, Athos se había hecho conducir al jardín; y allí, sobre la arena,
siguiendo los pasos ligeros de aquella mujer que había dejado un rastro ensangrentado por
donde había pasado, avanzó hasta la puerta que dabá al bosque, se la hizo abrir y se metió en el
bosque. Entonces todas sus dudas se confirmaron: el camino por el que el coche había desaparecido
contorneaba el bosque. Athos siguió el camino algún tiempo con los ojos fijos en el suelo; ligeras
manchas de sangre, que provenían de una herida hecha o al hombre que acompañaba el coche
como correo o a uno de los caballos, salpicaban el camino. Al cabo de tres cuartos de legua
aproximadamente, a cincuenta pasos de Festubert, aparecía una mancha de sagre más amplia;
el suelo estaba pisoteado por los caballos. Entre el bosque y aquel lugar desnudo, un poco antes
de la tierra lastimada, se encontraba la misma huella de breves pasos que en el jardín; el coche
se había detenido.
En aquel lugar, Milady había salido del bosque y había montado en el coche.
Satisfecho por este descubrimiento que confirmaba todas sus sospechas, Athos volvió a la
hostería y encontró a Planchet que lo esperaba con impaciencia.
Todo era como Athos había previsto.
Planchet había seguido la ruta, había observado, como Athos, las manchas de sangre, como
Athos había reconocido el lugar en que los caballos se habían detenido; pero había ido más lejos
de Athos, de suerte que en la aldea de Festubert, mientras bebía en un albergue, sin haber
tenido necesidad de preguntar, había sabido que la víspera, a las ocho y media de la noche, un
hombre herido, que acompañaba a una dama que viajaba en una silla de posta, se había visto
obligado a detenerse, sin poder seguir delante. El accidente habría sido cargado en la cuenta de
ladrones que habían detenido la silla en el bosque. El hombre había quedado en la aldea, la
mujer había hecho el relevo y continuado su camino.
Planchet se puso a buscar al postillón que había conducido la silla, y lo encontró. Había
conducido a la señora hasta Fromelles, y de Fromelles ella había partido hacia Armentières.
Planchet tomó la trocha, y a las siete de la mañana estaba en Armentières.
No había más que una hostería, la de la posta. Planchet fue a presentarse allí como lacayo sin
trabajo que buscaba una plaza. No había hablado diez minutos con las gentes del albergue
cuando ya sabía que una mujer sola había llegado a las once de la noche, había alquilado una
habitación, había hecho venir al dueño de la hostería y le había dicho que deseaba permanecer
algún tiempo por aquellos alrededores.
Planchet no tenía necesidad de saber más. Corrió al lugar de la cita, encontró a los tres lacayos
puntuales en su puesto, los colocó como centinelas en todas las salidas de la hostería y volvió en
busca de Athos, que acababa de recibir los informes de Planchet cuando sus amigos regresaron.


 

 
 

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