diferentes y
esenciales.
En segundo lugar, criados que preguntan inspiran a los transeúntes menos
desconfianza que
sus amos, y hallan más simpatía en aquellos a quienes se dirigen.
Por último, Milady conocía a los amos, mientras que no conocía
a los criados; y, por el
contrario, los criados conocían perfectamente a Milady.
Los cuatro debían hallarse al día siguiente, a las once, en el
lugar indicado; si habían
descubierto el refugio de Milady, tres permanecerían custodiándola,
el cuarto regresaría a
Béthune para avisar a Athos y servir de guía a los cuatro amigos.
Tomadas estas disposiciones, los criados se retiraron a su vez.
Athos se levantó entonces de su silla, se ciñ la espada, se envol
vió en su capa y salió de la
hostería; eran las diez aproximadamente. A las diez de la noche, como
se sabe, en provincias las
calles están poco frecuentadas. Athos, sin embargo, buscaba visiblemente
a alguien a quien
pudiera dirigir una pregunta. Por fin encontró un transeúnte rezagado,
se acercó a él, le dijo
algunas palabras; el hombre al que se dirigía retrocedió con terror,
sin embargo respondió a las
palabras del mosquetero con una indicación. Athos ofreció a aquel
hombre media pistola por
acompañarlo, pero el hombre rehusó.
Athos se metió en la calle que el indicador había designado con
el dedo; pero, llegado a la
encrucijada, se detuvo de nuevo visiblemente apurado. No obstante, como más
que cualquier
otro lugar la encrucijada le ofrecía la posibilidad de encontrar a alguien,
se detuvo. En efecto, al
cabo de un instante, pasó un vigilante nocturno. Athos le repitió
la misma pregunta que ya había
hecho a la primera persona que había encontrado; el vigilante nocturno
dejó percibir el mismo
tenor, rehusó también acompañar a Athos y le mostró
con la mano el camino que debía seguir.
Athos caminó en la dirección indicada y alcanzó el arrabal
situado en el extremo opuesto de la
villa, aquel por el que él y sus compañeros habían entrado.
Allí pareció de nuevo inquieto y
embarazado, y se detuvo por tercera vez.
Afortunadamente pasó un mendigo que se acercó a Athos para pedirle
limosna. Athos le
ofreció un escudo por acompañarlo donde iba. El mendigo dudó
un instante pero, a la vista de la
moneda de plata que brillaba en la oscuridad, se decidió y caminó
delante de Athos.
Llegado a la esquina de una calle, le mostró de lejos una casita aislada,
solitaria, triste; Athos
se acercó mientras el mendigo, que había recibido su salario,
se alejaba a todo correr.
Athos dio una vuelta a la casa antes de distinguir la puerta en medio del color
rojizo con que
aquella casa estaba pintada; ninguna luz se colaba por las cortaduras de las
contraventanas,
ningún ruido dejaba suponer que estuviese habitada, era sombría
y muda como una tumba.
Tres veces llamó Athos sin que le contestasen. A la tercera llama da,
sin embargo, pasos
interiores se acercaron; finalmente, la puerta se entreabrió, y un hombre
de talla alta, tez pálida,
pelo y barba negros, apareció.
Athos y él cambiaron algunas palabras en voz baja, luego el hombre de
talla alta hizo señas al
mosquetero de que podía entrar. Athos aprovechó al momento el
permiso y la puerta se cerró
tras él.
El hombre al que Athos había venido a buscar tan lejos y al que había
encontrado con tanto
esfuerzo, lo hizo entrar en su laboratorio, donde estaba ocupado en sujetar
con alambres
ruidosos huesos de un esqueleto. Todo el cuerpo estaba ya ajustado: sólo
la cabeza estaba
puesta sobre un mesa.
El resto del moblaje indicaba que aquél en cuya casa se hallaba se ocupaba
en ciencias
naturales: había tarros llenos de serpientes, etiquetados según
las especies; lagartos disecados
relucían como esmeraldas talladas en grandes marcos de madera negra;
en fin, botes de hierbas
silvestres, odoríferas y sin duda dotadas de virtudes desconocidas al
vulgo, estaban pegadas al
techo y bajaban por las esquinas del cuarto.
Athos lanzó una ojeada fría a indiferente sobre todos estos objetos
que acabamos de describir
y, a invitación de aquel al que venía a buscar, se sentó
a su lado.
Entonces le explicó la causa de su visita y el servicio que reclamaba
de el; mas apenas hubo
expuesto su demanda, el desconocido, que estaba de pie ante el mosquetero, retrocedió
con
terror y rehusó. Entonces Athos sacó de su bolsillo un breve papel
sobre el que había escritas dos
líneas acompañadas de una firma y un sello, y lo presentó
a aquel que daba demasiado
