Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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lo abrazó tiernamente y,
como él estallaba en sollozos, le dijo con su voz tan notable y tan persuasiva:
-Amigo, sé hombre: las mujeres lloran los muertos; los hombres los vengan.
-¡Oh, sí! -dijo D'Artagnan-. Sí; si es para vengarla estoy dispuesto a seguirte.
Athos aprovechó aquel momento de fuerza que la esperanza de la venganza daba a su
desdichado amigo para hacer señas a Porthos y Aramis de que fueran a buscar a la superiora.
Los dos amigos la encontraron en el corredor, completamente im presionada aún y extraviada
por tantos acontecimientos; llamó a algunas religiosas que, contra todos los hábitos monásticos,
se encontraron en presencia de cinco hombres.
-Señora -dijo Athos pasando el brazo de D'Artagnan bajo el suyo-, abandonamos a vuestros
piadosos cuidados el cuerpo de esta desgraciada mujer. Fue un ángel sobre la tierra antes de ser
un ángel en el cielo. Tratadla como a una de vuestras hermanas; nosotros volveremos un día a
rezar sobre su tumba.
D'Artagnan ocultó su rostro en el pecho de Athos y estalló en so llozos. -¡Llora -dijo Athos-. Llora, corazón lleno de amor, de juventud y de vida! ¡Ay, de buena gana
quisiera poder llorar como tú!
Y se llevó a su amigo afectuoso como un padre, consolador como un cura, grande como
hombre que ha sufrido mucho.
Los cinco, seguidos de sus criados, que llevaban sus caballos de la brida, avanzaron hacia la
villa de Béthune, cuyo arrabal se divisaba, y se detuvieron ante el primer albergue que
encontraron.
-Pero ¿no seguimos a esa mujer? -dijo D'Artagnan.
-Más tarde -dijo Athos-, tengo que tomar medidas.
-Se nos escapará -replicó el joven-, se nos escapará, Athos, y será por tu culpa.
-Respondo de ella -dijo Athos.
D'Artagnan tenía tal confianza en la palabra de su amigo, que bajó la cabeza y entró en el
albergue sin responder nada.
Pothos y Aramis se miraban sin comprender nada de la seguridad de Athos.
Lord de Winter creía que hablaba así para adormecer el dolor de D'Artagnan.
-Ahora, señores -dijo Athos cuando estuvo seguro de que había cinco habitaciones libres en el
hotel-, nos retiraremos cada uno a su cuarto; D'Artagnan necesita estar solo para llorar y vos
para dor mir. Yo me encargo de todo, estad tranquilos.
-Sin embargo, me parece -dijo lord de Winter- que si hay al guna medida que tomar contra la
condesa, eso me afecta: es mi cuñada.
-Y a mí también -dijo Athos-: es mi mujer.
D'Artagnan se estremeció porque comprendió que Athos estaba seguro de la venganza, puesto
que revelaba semejante secreto; Porthos y Aramis se miraron palideciendo. Lord de Winter pensó
que Athos estaba loco.
-Retiraos, pues -dijo Athos-, y dejadme hacer. Veis de sobra que en mi calidad de marido me
corresponde a mí. Sólo que, D'Arta gnan si no lo habéis perdido, entregadme ese papel que se
escapó del sombrero de aquel hombre y sobre el que está escrito el nombre de la villa...
-¡Ah! - dijo D'Artagnan-. Comprendo, ese nombre escrito por su puño...
-¡Ya ves -dijo Athos- que hay un Dios en el cielo!


Capítulo LXIV

El hombre de la capa roja

La desesperación de Athos había dejado sitio a un dolor concentrado que hacía más lúcidas
aún las brillantes facultades de espíritu de aquel hombre.
Concentrado por entero en un solo pensamiento, el de la promesa que había hecho y de la
responsabilidad que había tomado, se retiró el último a su habitación, pidió al hostelero que le
procurase un mapa de la provincia, se inclinó encima, interrogó a las líneas trazadas, advirtió que
cuatro caminos diferentes se dirigían de Béthune a Armentières, a hizo llamar a los criados.
Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin se presentaron y recibieron las órdenes claras,
puntuales y graves de Athos. Debían partir al alba al día siguiente, y dirigirse a Armentières, cada uno por una ruta diferente.
Planchet, el más inteligente de los cuatro, debía seguir aquella por la que había desaparecido el
coche contra el que los cuatro amigos habían disparado y que, como se rocordará, iba
acompañado por el doméstico de Rochefort.
Athos puso en campaña primero a los criados porque desde que estos hombres estaban a su
servicio y al de sus amigos había advertido en cada uno de ellos cualidades


 

 
 

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