Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-¡Ah, ya me acuerdo! -dijo la señora Bonacieux-. La condesa de Winter...
Los cuatro amigos lanzaron un solo y mismo grito, pero el de Athos dominó todos los demás.
En aquel momento, el rostro de la señora Bonacieux se volvió lívido, un dolor sordo la abatió y
cayó jadeante en los brazos de Porthos y de Aramis.
D'Artagnan cogió las manos de Athos con una angustia difícil de describir.
-¿Y qué? -dijo-. Tú crees...
Su voz se extinguió en un sollozo.
-Lo creo todo -dijo Athos mordiéndose los labios hasta hacerse sangre.
-iD'Artagnan! ¡D'Artagnan! -exclamó la señora Bonacieux-. ¿Dónde estás? No me dejes, ya ves
que voy a morir.
D'Artagnan soltó las manos de Athos, que tenía aún entre sus manos crispadas, y corrió hacia
ella.
Su rostro tan hermoso estaba todo transtornado, sus ojos vidriosos no teman ya mirada, un
estremecimiento convulsivo agitaba su cuer po, el sudor corría por su frente.
-¡En nombre del cielo! ¡Corred a llamar! Porthos, Aramis, ¡pedid ayuda!
-Inútil -dijo Athos-, inútil, para el veneno que ella echa no hay contraveneno.
-¡Sí, sí, socorro, socorro! -murmuró la señora Bonacieux-. ¡Socorro!
Luego, reuniendo todas su fuerzas, cogió la cabeza del joven entre sus dos manos, lo mir ó un
instante como si toda su alma hubiera pasado a su mirada y, con un grito sollozante, apoyó sus
labios sobre los de él.
-¡Constance! ¡Constance! -exclamó D'Artagnan.
Un suspiro escapó de la boca de la señora Bonacieux rozando la de D'Artagnan; aquel suspiro
era aquella alma tan casta y tan amante que subía al cielo.
D'Artagnan no estrechaba más que un cadáver entre sus brazos.
El joven lanzó un grito y cayó junto a su amante, tan pálido y helado como ella.
Porthos lloró, Aramis mostró el puño al cielo, Athos hizo el signo de la cruz.
En aquel momento un hombre apareció en la puerta, casi tan páli do como los que estaban en
la habitación, miró todo en torno suyo, vio a la señora Bonacieux muerta y a D'Artagnan
desvanecido.
Apareció justo en ese instante de estupor que sigue a las grandes catástrofes. -No me había equivocado -dijo-, he ahí al señor D'Artagnan y sus tres amigos, los señores
Athos, Porthos y Aramis.
Estos cuyos nombres acababan de ser pronunciados miraban al extranjero con asombro, y a
los tres les parecía reconocerlo.
-Señores -prosiguió el recién llegado-, vos estáis como yo a la búsqueda de una mujer que
-añadió con una sonrisa terrible- ha debido pasar por aquí, ¡porque veo un cadáver!
Los tres amigos permanecieron mudos; sólo que tanto la voz como el rostro les recordaba a un
hombre que ya habían visto; sin embargo, no podían acordarse de en qué circunstancias.
-Señores -continuó el extranjero-, puesto que no queréis reconocer a un hombre que
probablemente os debe la vida dos veces, tendré que dar mi nombre: soy lord de Winter, el
cuñado de esa mujer.
Los tres amigos lanzaron un grito de sorpresa.
Athos se levantó y le tendió la mano.
-Sed bienvenido, milord -dijo-, sois de los nuestros.
-Salí de Portsmouth cinco horas después que ella -dijo lord de Winter-, llegué a Boulogne tres
horas después que ella, no la alcancé por veinte minutos en Saint-Omer; finalmente, en Lillers
perdí su rastro. Iba al azar, informándome con todo el mundo, cuando os he visto pasar al
galope; he reconocido al señor D'Artagnan. Os he llamado, no me habéis respondido; he querido
seguiros, pero mi caballo estaba demasiado cansado para ir a la misma velocidad que los
vuestros. Y, sin embargo, parece que pese a la diligencia que habéis puesto, ¡habéis llegado
demasiado tarde!
-Ya lo veis -dijo Athos señalando a lord de Winter a la señora Bonacieux muerta y a
D'Artagnan, al que Porthos y Aramis trataban de que recobrara el conocimiento.
-¿Están muertos los dos? -preguntó fríamente lord de Winter.
-Afortunadamente no -respondió Athos-; el señor D'Artagnan sólo está desvanecido.
-¡Ah, tanto mejor! -dijo lord de Winter.
En efecto, en aquel momento D'Artagnan volvió a abrir los ojos.
Se arrancó de los brazos de Porthos y de Aramis y se precipitó como un insensato sobre el
cuerpo de su amante.
Athos se levantó, se dirigió hacia su amigo con paso lento y solemne,


 

 
 

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