-¡Oh, Dios mío, Dios mío! Veis que las fuerzas me faltan,
veis que no puedo caminar: huid sola.
-¡Huir sola! ¡Dejaros aquíl No, no nunca -exclamó
Milady.
De pronto, un destello lívido brotó de sus ojos; de un salto,
como loca, corrió a la mesa, echó
en el vaso de la señora Bonacieux el contenido de un engaste de anillo
que abrió con una
presteza sin gular.
Era un grano rojizo que se fundió al punto.
Luego, cogiendo el vaso con una mano firme:
-Bebed -dijo-, este vino os dará fuerzas, bebed.
-¡Constance, Constance! -respondió el joven-. ¿Dónde
estáis? ¡Dios mío!
En el mismo momento, la puerta de la celda cedió al choque más
que se abrió; varios hombres
se precipitaron en la habitación; la señora Bonacleux había
caído en un sïllón sin poder hacer un
movimiento.
D'Artagnan arrojó una pistola aún humeante que tenía en
la mano y cayó de rodillas ante su
dueña, Athos voivió a poner la suya en su cintura; Porthos y Aramis,
que tenían desnudas sus
espadas, las envainaron.
-¡Oh, D'Artagnan! ¡Mi bien amado D'Artagnan! ¡Vienes por fin,
no me habían engañado, eres
tú!
-¡Sí, sí, Constance! ¡Juntos!
-¡Oh! Por más que ella decía que no vendrías yo esperaba
en secreto; no he querido huir. lAy,
qué bien he hecho, qué feliz soy!
A la palabra de ella, Athos, que estaba sentado tranquilamente, se levantó
de un salto.
-¡E!la! ¿Quién es ella? - preguntó D'Artagnan.
-Mi compañera; la que, por amistad hacia mí, quería sustraerme
a mis perseguidores; !a que
tomándoos por guardias del cardenal acaba de huir.
-Vuestra compañera -exclamó D'Artagnan volviéndose más
pálido que el velo blanco de su
amante-. ¿A qué compañera os referís?
-A aquella cuyo coche estaba a la puerta, a una mujer que se dice vuestra amiga,
D'Artagnan;
a una mujer a quien vos habéis contado todo.
-¡Su nombre, su nombre! -exclamó D'Artagnan-. ¡Dios mío!
¿No sabéis vos su nombre?
-Sí, lo han pronunciado delante de mí; esperad..., pero es extranjero...
¡Oh, Dios mío! Mi
cabeza se turba, ya no veo.
-¡Ayudadme, amigos ayudadme! Sus manos están heladas -exclamó
D'Artagnan-. Se encuentra
mal. ¡Gran Dios! ¡Pierde el conocimiento!
Mientras Porthos pedía ayuda con toda la potencia de su voz, Aramis corrió
a la mesa para
coger un vaso de agua; pero se detuvo al ver la horrible alteración del
rostro de Athos que, de
pie ante la mesa, con los pelos erizados, los ojos helados de estupor, miraba
uno de los vasos y
parecía presa de la duda más horrible.
-¡Oh! -decía Athos-. ¡Oh, no, es imposible! ¡Dios no
permitiría semejante crimen!
-¡Agua, agua! -gritaba D'Artagnan-. ¡Agua!
-¡Oh, pobre mujer, pobre mujer! -murmuraba Athos con la voz quebrada.
La señora Bonacieux volvió a abrir los ojos bajo los besos de
D'Ar tagnan.
Y acercó el vaso a los labios de la joven, que bebió maquinal
mente.
-¡Ah! No es así como quería vengarme -dijo Milady dejando
con una sonrisa infernal el vaso
encima de la mesa-, pero a fe que se hace lo que se puede.
Y se precipitó fuera de la habitación.
La señora Bonacieux la vio huir, sin poder seguirla; estaba como esas
gentes que sueñan que
las persiguen y que tratan en vano de caminar.
Transcurrieron algunos minutos, un ruido horrible resonaba en la puerta; a cada
instante la
señora Bonacieux esperaba ver reaparecer a Milady, que no reaparecía.
Varias veces, de terror sin duda, el sudor frío subió a su frente
ardiente.
Por fin, oyó el rechinar de las verjas que se abrían, el ruido
de las botas y de las espuelas
resonó por las escaleras: había un gran murmullo de voces que
iban acercándose, en medio de
las cuales le parecía oír pronunciar su nombre.
De pronto lanzó un gran grito de alegría y se lanzó hacia
la puerta, había reconocido la voz de
D Artagnan.
-¡D'Artagnan! ¡D'Artagnan! -exclamó ella-. ¿Sois vos?
Por aquí, por aquí.
-¡Vuelve en sí! -exclamó el joven-. ¡Oh, Dios mío,
Dios mío, gracias!
-Señora -dijo Athos-, señora, en nombre del cielo, ¿de
quién es este vaso vacío?
-Mío, señor... -respondió la joven- con voz moribunda.
-Pero ¿quién os ha echado el vino que estaba en ese vaso?
-Ella.
-Pero ¿quién es ella?
