galope, daba la vuelta al convento a iba a esperar a Milady a una pequeña
aldea situada al otro
lado del bosque. En este caso, Milady cruzaba el jardín y ganaba la aldea
a pie; ya lo había dicho,
Milady conocía de maravilla esta parte de Francia.
Si los mosqueteros no aparecían, las cosas marcharían como esta
ba convenido: la señora
Bonacieux subía al coche so protexto de decirle adiós y Milady
raptaba a la señora Bonacieux.
La señora Bonacieux entró y, para quitarle cualquier sospecha,
si es que la tenía, Milady repitió
ante ella al lacayo toda la última parte de sus instrucciones.
Milady hizo algunas preguntas sobre el coche: era una silla tirada por tres
caballos, guiada por
un postillón; el lacayo de Rochefort debía precederla como correo.
Era un error de Milady su temor a que la señora Bonacieux tuviera sospechas:
la pobre joven
era demasiado pura para sospechar en otra mujer semejante perfidia; además,
el nombre de la
condesa de Winter, que había oído pronunciar a la abadesa, le
era completamente desconocido,
a ignoraba incluso que una mujer hubiera tenido parte tan grande y tan fatal
en las desgracias
de su vida.
-Ya lo veis -dijo Milady cuando el lacayo hubo salido-, todo está dispuesto.
La abadesa no
sospecha nada y cree que viene a buscarme de parte del cardenal. Ese hombre
va a dar las
últimas órdenes: tomad algo, bebed una gota de vino y partamos.
-Sí -dijo maquinalmente la señora Bonacieux-, sí, partamos.
Milady le hizo señas de sentarse ante ella, le puso un vasito de vino
español y le sirvió una
pechuga.
-Ved -le dijo-, todo nos ayuda: la oscuridad llega; al alba habremos llegado
a nuestro refugio y
nadie podrá sospechar dónde esta mos. Vamos, valor, tomad algo.
La señora Bonacieux comió maquinalmente algunos bocados y templó
sus labios en el vaso.
-Vamos, vamos -dijo Milady llevando el suyo a sus labios-, haced como yo.
Pero en el momento en que lo acercaba a su boca, su mano quedó suspendida:
acababa de oír
en la ruta como el rodar lejano de un galope que se iba aproximando; luego,
casi al mismo
tiempo, le pareció oír relinchos de caballos.
Aquel ruido la sacó de su alegría como un ruido de tormenta des
pierta en medio de un
hermoso sueño; palideció y corrió a la ventana mientras
la señora Bonacieux, levantándose toda
temblorosa, se apoyaba sobre su silla para no caer.
No se veía nada aún, sólo se oía el galope que continuaba
acercándose.
-¡Oh, Dios mío! -dijo la señora Bonacieux-. ¿Qué
es ese ruido?
-El de nuestros amigos o de nuestros enemigos -dijo Milady con su terrible sangre
fría-;
quedaos donde estáis; voy a decíroslo.
La señora Bonacieux permaneció de pie, muda, inmóvil y
pálida como una estatua.
El ruido se hacía más fuerte, los caballos no debían estar
a más de ciento cincuenta pasos; si
no se los divisaba todavía, es porque la ruta formaba un codo. Sin embargo,
el ruido se hacía tan
nítido que se hubieran podido contar los caballos por el ruido irregular
de sus herraduras.
Milady miraba con toda la potencia de su atención. Necesitó poco
tiempo para poder reconocer
a los que llegaban.
De pronto, en el recodo del camino, vio relucir los sombreros galo nados y flotar
las plumas;
contó dos, después cinco, luego ocho caba lleros; uno de ellos
precedía a todos los demás en dos
cuerpos de caballo.
Milady lanzó un rugido ahogado. En el que venía a la cabeza reconoció
a D'Artagnan.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -exclamó la señora
Bonacieux-. ¿Qué pasa?
-Es el uniforme de los guardias del señor cardenal; no hay un mo mento
que perder -exclamó
Milady-. ¡Huyamos, huyamos!
-Sí, sí, huyamos -repitió la señora Bonacieux, pero
sin poder dar un paso, clavada como estaba
en su sitio por el terror.
Se oyó a los caballeros que pasaban bajo la ventana.
-¡Venid, pero venid! -exclamaba Milady tratando de arrastrar a la joven
por el brazo-. Gracias al
jardín, aún podemos huir, tengo la llave; pero démonos
prisa, dentro de cinco minutos será
demasiado tarde.
La señora Bonacieux trató de caminar, dio dos pasos y cayó
de rodillas.
Milady trató de levantarla y de llevársela, pero no pudo conseguirlo.
En aquel momento se oyó el rodar de un coche, que, a la vista de los
mosqueteros partió al
galope. Luego, tres o cuatro disparos sonaron.
-Por última vez, ¿queréis venir? -exclamó Milady.
