-¿Cuál?
-Decid a vuestra buena superiora que para dejarnos lo menos posible le pedís
permiso de
compartir mi comida.
-¿Lo permitirá?
-¿Qué inconveniente hay en eso?
-¡Oh, muy bien de esta forma no nos dejaremos un instante!
-Pues bien, bajad a su cuarto para hacerle saber vuestra petición; siento
mi cabeza pesada,
voy a dar una vuelta por el jardín.
-Id, pero ¿dónde os volveré a encontrar?
-Aquí, dentro de una hora.
-Aquí, dentro de una hora. ¡Oh, cuán buena sois! Os lo agradezco.
Cómo no interesarme de
vos? Aunque no fuerais hermosa y encanta ora, ¿no sois la amiga de uno
de mis mejores
amigos?
-Querido D'Artagnan. ¡Oh, cómo os lo agradecerá!
-Eso espero. Vamos, todo está convenido, bajemos.
-¿Vais al jardín?
-Sí.
-Seguid este corredor, una escalerita os conduce allí.
-¡De maravilla! ¡Gracias!
Y las dos mujeres se separaron cambiando una encantadora sonrisa. Milady había
dicho la
verdad, tenía la cabeza pesada porque sus proyectos mal clasificados
entrechocaban como en un
caos. Necesita ba estar sola para poner un poco de orden en sus pensamientos.
Veía vagamente
en el futuro; pero le hacía falta un poco de silencio y de quietud para
dar a todas sus ideas, aún
confusas, una forma nítida, un plan fijo.
Lo más acuciante era raptar a la señora Bonacieux, ponerla en
lugar seguro y allí, llegado el
caso, hacer de ella un rehén. Milady comenzaba a temer el resultado de
aquel duelo terrible en
que sus enemigos ponían tanta perseverancia como ella encarnizamiento.
Por otra parte, sentía, como se siente venir una tormenta, que aquel
resultado estaba cercano
y no podía dejar de ser terrible.
Lo principal para ella, como hemos dicho, era por tanto tener en sus manos a
la señora
Bonacieux. La señora Bonacieux era la vida de D'Artagnan; era más
que su vida, era la de la
mujer que él amaba; era, en caso de mala suerte, un medio de tratar y
obtener con toda
seguridad buenas condiciones.
Ahora bien, este punto estaba fijado: la señora Bonacieux, sin desconfianza,
la seguía; una vez
oculta con ella en Armentières, era fácil hacerle creer que D'Artagnan
no había venido a Béthune.
Dentro de quince días como máximo, Rochefort estaría de
vuelta; durante esos quince días, por
otra parte, pensaría sobre lo que tenía que hacer para vengarse
de los cuatro amigos. No se
aburriría, gracias a Dios, porque tendría el pasatiempo más
dulce que los sucesos pueden con-
ceder a una mujer de su carácter: una buena venganza que perfec cionar.
Al tiempo que pensaba, ponía los ojos a su alrededor y clasificaba en
su cabeza la topografía
del jardín. Milady era como un general que prevé juntas la victoria
y la derrota, y que está
preparado, según las alternativas de la batalla, para ir hacia adelante
o batirse en retirada.
Al cabo de una hora oyó una voz dulce que la llamaba: era la señora
Bonacieux. La buena
abadesa había consentido naturalmente en todo y, para empezar, iban a
cenar juntas.
-Al llegar al patio, oyeron el ruido de un coche que se detenía en la
puerta.
-¿Oís? -dijo ella.
-Sí, el rodar de un coche.
-Es el que mi hermano nos envía.
-¡Oh, Dios mío!
-¡Vamos, valor!
Llamaron a la puerta del convento, Milady no se había engañado.
-Subid a vuestra habitación -le dijo a la señora Bonacieux-, tendréis
algunas joyas que
desearéis llevaros.
-Tengo sus cartas -dijo ella.
-Pues bien, id a buscarlas y venid a reuniros conmigo a mi cuarto, cenaremos
de prisa; quizá
viajemos una parte de la noche, hay que tomar fuerzas.
-¡Gran Dios! -dijo la señora Bonacieux llevándose la mano
al pecho-. El corazón me ahoga, no
puedo caminar.
-¡Valor, vamos, valor! Pensad que dentro de un cuarto de hora estaréis
salvada, y pensad que
lo que vais a hacer, lo hacéis por él.
-¡Oh sí, todo por él! Me habéis devuelto mi valor
con una sola palabra; id, yo me reuniré con
vos.
Milady subió rápidamente a su cuarto, encontró allí
al lacayo de Rochefort y le dio sus
instrucciones.
Debía esperar a la puerta; si por casualidad aparecían los mosqueteros,
el coche partía al
