-Es falsa.
-¿Cómo?
-Sí, falsa: es una trampa para que no hagáis resistencia cuando
vengan a buscaros.
-Pero si vendrá D'Artagnan.
-Desengañaos, D'Artagnan y sus amigos están retenidos en al asedio
de La Rochelle.
-¿Cómo sabéis eso?
-Mi hermano ha encontrado a los emisarios del cardenal con traje de mosqueteros.
Os habrían
llamado a la puerta, vos habríais creído que se trataba de amigos
os raptaban y os llevaban a
Paris.
-¡Oh, Dios mío! Mi cabeza se pierde en medio de este caos de iniquidades.
Siento que si esto
durase -continuó la señora Bonacieux llevando sus manos a su frente-
me volvería loca.
-Esperad.
-¿Qué?
-Oigo el paso de un caballo, es el de mi hermano que se marcha; quiero decirle
el último adiós,
venid.
Milady abrió la ventana a hizo señas a la señora Bonacieux
de reunirse con ella. La joven fue
allí.
Rochefort pasaba al galope.
-¡Adiós, hermano! -exclamó Milady.
El caballero alzó la cabeza, vio a las dos jóvenes y, rnientras
seguía corriendo, hizo a Milady
una seña amistosa con la mano.
-¡Este buen Georges! -dijo ella volviendo a cerrar la ventana con una
expresión de rostro llena
de afecto y melancolía.
Y volvió a sentarse en su sitio, como si se sumiera en reflexiones completamente
personales.
-Querida señora -dijo la señora Bonacieux-, perdón por
inte rrumpiros, pero ¿qué me aconsejáis
hacer? ¡Dios mío! Vos tenéis más experiencia que
yo; hablad, os escucho.
-En primer lugar -dijo Milady-, puede que yo me equivoque y que D'Artagnan y
sus amigos
vengan realmente en vuestra ayuda.
-¡Oh, hubiera sido demasiado hermoso! -exclamó la señora
Bonacieux-. Y tanta felicidad no
está hecha para mí.
-Entonces, atended; será simplemente una cuestión de tiempo,
una especie de carrera para
saber quién llegará primero. Si son vuestros amigos los que los
aventajan en rapidez, estaréis
salvada; si son los satélites del cardenal, estaréis perdida.
-¡Oh sí, perdida sin remisión! ¿Qué hacer
entonces? ¿Qué hacer?
-Habría un medio muy simple, muy natural...
-¿Cuál? Decid.
-Sería esperar oculta en los alrededores y asegur aros de quiénes
son los hombres que vienen a
buscaros.
-Pero ¿dónde esperar?
-¡Oh, eso sí que no es un problema! Yo misma me detendré
y me ocultaré a algunas leguas de
aquí, a la espera de que mi hermano venga a reunirse conmigo; pues bien,
os llevo conmigo, nos
escondemos y esperamos juntas.
-Pero no me dejarán partir, aquí estoy casi prisionera.
-Como creen que yo me marcho por orden del cardenal, no creerán que estéis
deseosa de
seguirme.
-¿Y?
-Pues lo siguiente: el coche está en la puerta, vos me despedís,
subís al estribo para
estrecharme en vuestros brazos por última vez; el criado de mi hermano
que viene a recogerme
está avisado, hace una señal al postillón y partimos al
galope.
-Pero D'Artagnan, D'Artagnan, ¿si viene?
-¿No hemos de saberlo?
-¿Cómo?
-Nada más fácil. Hacemos regresar a Béthune a ese criado
de mi hermano, del cual, ya os lo he
dicho, podemos fiarnos; se disfraza y se aloja frente al convento; si son los
emisarios del
cardenal los que vienen, no se mueve; si es el señor D'Artagnan y sus
amigos, los lleva adonde
estamos nosotras.
-Entonces, ¿los conoce?
-Claro, ha visto al señor D'Artagnan en mi casa.
-¡Oh, sí, sí, tenéis razón! De esta forma
todo va de la mejor manera posible; pero no nos
aiejemos de aquí.
-A siete a ocho leguas todo lo más, nos sïtuamos junto a la fron
tera, por ejemplo, y a la
primera alerta, salimos de Francia.
-Y hasta entonces, ¿qué hacer?
-Esperar.
-Pero ¿y si ilegan?
-El coche de mi hermano llegará antes que ellos.
-¿Si estoy lejos de vos cuando vengan a recogernos, comiendo o cenando,
por ejemplo?
-Haced una cosa.
