-Creo que sí.
-Intentaremos recordar: Buckingham, muerto o gravemente herido; vuestra conversación
con
el cardenal, oída por los cuatro mosqueteros; lord de Winter avisado
de vuestra llegada a
Portsmouth; D'Artagnan y Athos, a la Bastilla; Aramis, amante de la señora
de Chevreuse;
Porthos, un fauto; la señora Bonacieux, vuelta a encontrar; enviaros
la silla lo antes posible;
poner mi lacayo a vuestra disposición; hacer de vos una víctima
del cardenal para que la abadesa
no sospeche; Armentières, a orillas del Lys. ¿Es eso?
-Realmente, mi querido caballero, sois un milagro de memoria. A propósito,
añadid una cosa.
-¿Cuál?
-He visto bosques muy bonitos que deben lindar con el jardín del convento,
decid que me está
permitido pasear por esos bosques. ¿Quién sabe? Quizá tenga
necesidad de salir por una puerta
de atrás.
-Pensáis en todo.
-Y vos, vos olvidáis una cosa.
-¿Cuál?
-Preguntarme si necesito dinero.
-Tenéis razón, ¿cuánto queréis?
-Todo el oro que tengáis.
-Tengo aproximadamente quinientas pistolas.
-Yo tengo otro tanto; con mil pistolas se hace frente a todo; va ciad vuestros
bolsillos.
-Aquí están, condesa.
-Bien, mi querido conde. ¿Cuándo partís?
-Dentro de una hora: el tiempo de tomar un bocado, durante el cual enviaré
a buscar un
caballo de posts.
-¡De maravilla! ¡Adiós, caballero!
-Adiós, condesa.
-Recomendadme al cardenal -dijo Milady.
-Recomendadme a Satán -replicó Rochefort.
Milady y Rochefort cambiaron una sonrisa y se separaron.
Una hora después, Rochefort partió a galope tendido en su caballo;
cinco horas más tarde
pasaba por Arras. Nuestros lectores ya saben cómo había sido reconocido
por D'Ar tagnan, y
cómo este reconocimiento, inspirando temores a los cuatro mosqueteros,
habían dado nueva
actividad a su viaje.
Capítulo LXlll
Gota de agua
Apenas había salido Rochefort, volvió a entrar la señora
Bonacieux. Encontró a Milady con el
rostro risueño.
-Y bien -dijo la joven- lo que vos temíais ha llegado, por tanto; esta
noche o mañana el
cardenal os envía a recoger.
-¿Quién os ha dicho eso, niña mía? -preguntó
Milady.
-Lo he oído de la boca misma del mensajero.
-Venid a sentaros aquí a mi lado -dijo Milady.
-Ya estoy aquí.
-Esperad que me asegure de si alguien nos escucha.
-¿Por qué todas estas precauciones?
-Ahora vais a saberlo. Milady se levantó y fue a la puerta la abrió,
miró en el corredor y volvió a
sentarse junto a la señora Bonacieux.
-Entonces -dijo ella-, ha interpretado bien su papel.
-¿Quién?
-El que se ha presentado a la abadesa como enviado del cardenal.
-Era entonces un papel que representaba?
-Sí, niña mía.
-Ese hombre no es entonces...
-Ese hombre -dijo Milady bajando la voz- es mi hermano.
-¡Vuestro hermano! -exclamó la señora Bonacieux.
-Pues sí, sólo vos sabéis este secreto, niña mía;
si lo confiáis a alguien, sea el que sea, estaré
perdida, y quizá vos también.
-¡Oh, Dios mío!
-Escuchad, lo que pasa es esto: mi hermano, que venía en mi ayuda para
sacarme de aquí a la
fuerza si era preciso, se ha encontrado con el emisario del cardenal que venía
a buscarme; lo ha
seguido. Al llegar a un lugar del camino solitario y apartado, ha sacado la
espada conminando al
mensajero a entregarle los papeles de que era portador; el mensajero ha querido
defenderse, mi
hermano lo ha matado.
-¡Oh! -exclamó la señora Bonacieux temblando.
-Era el único medio, pensad en ello. Entonces mi hermano ha resuelto
sustituir la fuerza por la
astucia: ha cogido los papeles y se ha presentado aquí como el emisario
mismo del cardenal, y
dentro de una hora o dos, un coche debe venir a recogerme de parte de Su Eminencia.
-Comprendo; ese coche es vuestro hermano quien os lo envía.
-Exacto; pero eso no es todo: esa carta que habéis recibido y que creéis
de la señora de
Chevreuse...
-¿Qué?
