él sepa lo que
habéis hecho, pensará en lo que debéis hacer.
-¿Debo entonces quedarme aquî? -preguntó Milady.
-Aquí o en los alrededores.
-¿No podéis llevarme con vos?
-No, la orden es formal; en los alrededores del campamento podríais ser
reconocida, y vuestra
presencia, como comprenderéis, comprometería a Su Eminencia, sobre
todo después de lo que
acaba de pasar allá. Sólo que decidme por adelantado dónde
esperaréis noticias del cardenal,
que yo sepa siempre dónde encontraros.
-Escuchad, es probable que no pueda permanecer aquí.
-¿Por qué?
-Olvidáis que mis enemigos pueden llegar de un momento a otro.
-Cierto; pero entonces, ¿esa mujercita va a escapársele a Su Eminencia?
-¡Bah! -dijo Milady con una sonrisa que no pertenecía más
que a ella-. Olvidáis que yo soy su
mejor amiga.
-¡Ah, es cierto! Puedo, por tanto, decir al cardenal que, respecto a esa
mujer...
-Que esté tranquilo.
-¿Eso es todo?
-El sabrá lo que quiere decir.
-Lo adivinará. Ahora, veamos, ¿qué debo hacer yo?
-Salir al instante; me parece que las nuevas que lleváis bien merecen
que nos demos prisa.
-Mi silla se ha partido al entrar en Lillers.
-¡Estupendo!
-¿Cómo estupendo?
-Sí, necesito vuestra silla -dijo la condesa.
-¿Y cómo iré yo entonces?
-A todo galope.
-Os tienen sin cuidado esas ciento ochenta leguas.
-¿Qué es eso?
-Se harán. ¿Y luego?
-Luego, al pasar por Lillers, me devolvéis la silla con orden a vues
tro criado de ponerse a mi
disposición.
-Bien.
-Indudablemente, tendréis encima de vos alguna orden del car denal...
-Tengo mi pleno poder.
-Lo mostraréis a la abadesa diciendo que vendrán a buscarme, bien
hoy, bien mañana, y que
yo tendré que seguir a la persona que se presente en vuestro nombre.
-¡Muy bien!
-No olvidéis tratarme duramente cuando habléis de mí a
la abadesa.
-¿Por qué?
-Yo soy una víctima del cardenal. Tengo que inspirar confianza a esa
pobre señora Bonacieux.
-De acuerdo. Ahora, ¿queréis hacerme un informe de todo lo que
ha pasado?
-Ya os he contado los acontecimientos, tenéis buena memoria, repetid
las cosas tal como os las
he dicho, un papel se pierde.
-Tenéis razón; basta con saber dónde encontraros, para
que no vaya a recorrer inútilmente por
los alrededores.
-Es cierto, esperad.
-¿Tenéis un mapa?
-¡Oh! Conozco esta región de maravilla.
-¿Vos? ¿Cuándo habéis venido aquí?
-Fui criada aquí.
-¿De verdad?
-Siempre sirve de algo, como veis, haber sido criada en alguna parte.
-Entonces me esperáis...
-Dejadme pensar un instante; claro, mirad, en Armentières.
-¿Qué es Armentières?
-Una pequeña aldea junto al Lys; no tendré más que cruzar
el río y estoy en un país
extranjero.
-¡De maravilla! Pero que quede claro que no atravesaréis el río
más que en caso de peligro.
-Por supuesto.
-Y en ese caso, ¿cómo sabré dónde estáis?
-¿Necesitáis a vuestro lacayo?
-No.
-¿Es un hombre seguro?
-A toda prueba.
-Dádmelo; nadie lo conoce, lo dejo en el lugar del que mé voy
y él os lleva adonde estoy.
-¿Y decís que me esperáis en Armentières?
-En Armentières -respondió Milady.
-Escribidme ese nombre en un trozo de papel, no vaya a ser que lo olvide; un
nombre de aldea
no es comprometedor, ¿no es as?
-¿Quién sabe? No imports - dijo Milady escribiendo el nombre en
media hoja de papel-, me
comprometo.
-¡Bien! -dijo Rochefort cogiendo de las manos de Milady el papel, que
plegó y metió en el forro
de su sombrero-. Por otra parte, tranquilizaos; voy a hacer como los niños,
y en caso de que
pierda ese papel, repetiré el nombre durante todo el camino. Y ahora,
¿eso es todo?
