si me lo permitís.
-¡Cómo no! Os lo suplico.
La superiora y la señora Bonacieux salieron.
Milady se quedó sola, fijos los ojos en la puerta; un instante después
se oyó el ruido de
espuelas que resonaban en las escaleras, luego los pasos se acercaron, luego
la puerta se abrió y
apareció un hombre.
Milady lanzó un grito de alegría: aquel hombre era el conde de
Ro chefort, el instrumento ciego
de Su Eminencia.
Capítulo LXII
Dos variedades de demonios
-¡Ah! -exclamaron al mismo tiempo Rochefort y Milady-. ¡Sois vos!
-Sí, soy yo.
-¿Y llegáis?... -preguntó Milady.
-De La Rochelle. ¿Y vos?
-De Inglaterra.
-¿Buckingham?
-Muerto o herido peligrosamente; cuando yo partía sin haber podido obtener
nada de él, un
fanático acababa de asesinarlo.
-¡Ah! -exclamó Rochefort con una sonrisa-. ¡He ahí
un azar muy feliz! Y que satisfará mucho a
Su Eminencia. ¿Le habéis avisado?
-Le escribí desde Boulogne. Pero ¿cómo estáis aquí?
-Su Eminencia, inquieto, me ha enviado en vuestra busca.
-Llegué ayer.
-¿Y qué habéis hecho desde ayer?
-No he perdido mi tiempo.
-¡Oh! Eso me lo sospecho de sobra.
-¿Sabéis a quién he encontrado aquí?
-No.
-Adivinad.
-¿Cómo queréis...?
-A esa joven a quien la reina ha sacado de prisión.
-¿La amante del pequeño D'Artagnan?
-Sí, a la señora Bonacieux, cuyo retiro ignoraba el cardenal.
-Bueno -dijo Rochefort-, ahí tenemos un azar que puede igualarse con
el otro. El señor
cardenal es realmente un hombre privilegiado.
-¿Comprendéis mi asombro -continuó Milady- cuando me he
encontrado cara a cara con esta
mujer?
-¿Ella os conoce?
-No.
-Entonces, ¿os mira como a una extraña?
Milady sonrió.
-¡Soy su mejor amiga!
-Por mi honor -dijo Rochefort-, no hay como vos, mi querida condesa, para hacer
milagros.
-Y vale la pena, caballero -dijo Milady-, porque ¿sabéis qué
pasa?
-No.
-Van a venir a buscarla mañana o pasado mañana con una orden de
la reina.
-¿De verdad? ¿Y quién?
-D'Artagnan y sus amigos.
-Realmente harán tanto que nos veremos obligados a enviarlos a la Bastilla.
-¿Por qué no se ha hecho ya?
-¡Qué queréis! Porque el señor cardenal tiene por
esos hombres una debilidad que yo no
comprendo.
-¿De veras?
-Sí.
-Pues bien, decidle esto, Rochefort, decidle que nuestra conversación
en el albergue del
Colombier-Rouge fue oída por esos cuatro hombres; decidle que después
de su partida uno de
ellos subió y me arrancó mediante la violencia el salvoconducto
que me había dado; decidie que
habían hecho avisar a lord de Winter de mi paso a Inglaterra; que también
en esta ocasión han
estado a punto de hacer fracasar mi misión, como hicieron fracasar la
de los herretes; decidle
que entre esos cuatro hombres, sólo dos son de temer, D'Artagnan y Athos;
decidle que el
tercero, Aramis, es el amante de la señora de Chevreuse: hay que dejar
vivir a éste, sabemos su
secreto, puede ser útil; en cuanto al cuarto, Porthos, es un tonto, un
fatuo y un necio: que no se
preocupe siquiera.
-Pero esos cuatro hombres deben estar en este momento en el asedio de La Rochelle.
-Eso creía como vos; pero una carta que la señora Bonacieux ha
recibido de la señora de
Chevreuse, y que ha cometido la imprudencia de comunicarme, me lleva a creer
que por el
contrario estos cuatro hom bres están de camino y vienen a llevársela.
-¡Diablos! ¿Qué hacer?
-¿Qué os ha dicho el cardenal a mi respecto?
-Que reciba vuestros partes escritos o verbales, que vuelva al puesto, y cuando
