veros! Dejadme miraros -y
diciendo estas palabras la devoraba in quisitivamente con la mirada-. Sí,
sois vos. ¡Ah y, por
cuanto me ha dicho, os reconozco ahora, os reconozco perfectamente!
La pobre joven no podía sospechar lo que de horrorosamente cruel pasaba
tras la muralla de
aquella frente pura, tras aquelos ojos tan brillantes donde no leía otra
cosa sino interés y
compasión.
-Entonces sabéis cuánto he sufrido -dijo la señora Bonacieux-,
puesto que os he dicho lo que él
sufría; pero sufrir por él es felicidad.
Milady replicó maquinalmente.
-Sí, es felicidad.
Ella pensaba en otra cosa.
-Y, además -continuó la señora Bonacieux-, mi suplicio
toca a su término; mañana, quizá esta
noche, lo volveré a ver, y entonces el pasado no existirá.
-¿Esta noche? ¿Mañana? -exclamó Milady sacada de
su ensoñación por aquellas palabras-.
¿Qué queréis decir? ¿Esperáis alguna nueva
de él?
-Lo espero a él.
-A él. ¿D'Artagnan aquí?
-El mismo.
-¡Pero es imposible! Está en el sitio de La Rochelle con el cardenal;
no volverá a París sino
después de la toma de la ciudad.
-Vos creéis eso, pero ¿es que hay algo imposible para mi D'Artagnan
el noble y leal
gentilhombre?
-¡Oh, no puedo creeros!
-¡Buenos entonces leed! -dijo en el exceso de su orgullo y de su alegría
la desventurada joven
presentando una carta a Milady.
«La escritura de la señora Chevreuse! -se dijo para sus adentros
Milady-. ¡Ay, estaba segura
de que tenía conocimientos por ese lado!»
Y leyó ávidamente estas pocas líneas:
«Mi querida niña, estad preparada: nuestro amigo os verá
muy pronto, y no os
verá más que para arrancaros de la prisión en que vuestra
seguridad exigía que
estuvieseis oculta; preparaos, pues, para la partida y no desesperéis
jamás de
nosotros.
Vuestro encantador gascón acaba de mostrarse valiente y fiel como siempre;
decidle que se le agradece en alguna parte el aviso que ha dado.»
-Sí, sí -dijo Milady-, sí, la carta es precisa. ¿Sabéis
cuál es ese aviso?
-No, sospecho solamente que haya prevenido a la reina de alguna nueva maquinación
del
cardenal.
-Sí, eso es sin duda -dijo Milady, devolviendo la carta a la señora
Bonacieux y dejando caer su
cabeza pensativa sobre su pecho.
En aquel momento se oyó el galope de un caballo.
-¡Oh! -exclamó la señora Bonacieux precipitándose
a la ventana-. ¿Será ya él?
Milady había permanecido en su cama, petrificada por la sorpresa; tantas
cosas inesperadas le
llegaban de golpe que por primera vez la cabeza le fallaba.
-¡EI, él! -murmuró ella-. ¿Será él?
Y permanecía en la cama con los ojos fijos.
-¡Ay, no! -dijo la señora Bonacieux-. Es un hombre que no conozco
y que, sin embargo, parece
que viene hacia aquí; sí, aminora su carrera, se deteniene en
la puerta, llama.
Milady saltó fuera de su cama.
-¿Estáis completamente segura de que no es él? -dijo ella.
-¡Oh, sí, completamente segura!
-Quizá hayáis visto mal.
-¡Oh! Aunque no viera más que la pluma de su sombrero, la punta
de su capa, lo reconocería.
Milady seguía vistiéndose.
-No importa, ¿decís que ese hombre viene hacia aquî?
-Sí, ha entrado.
-Es para vos o para mí.
-¡Oh, Dios mío, qué agitada parecéis!
-Sí, lo confieso, yo no tengo vuestra confianza, temo cualquier cosa
del cardenal.
-¡Chis! -dijo la señora Bonacieux-. Alguien viene.
Efectivamente, la puerta se abrió y entró la superiora.
- Sois vos la que llegáis de Boulogne? - preguntó a Milady.
-Sí, soy yo -respondió ésta tratando de recuperar su sangre
fría-. ¿Quién pregunta por mí?
-Un hombre que no quiere decir su nombre, pero que viene de parte del cardenal.
-¿Y qué quiere decirme? -preguntó Milady.
-Que quiere hablar con una dama que ha llegado de Boulogne.
-Entonces hacedlo entrar, señora, os lo ruego.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -dijo la señora Bonacieux-.
¿Será alguna mala noticia?
-Tengo miedo.
-Os dejo con ese extraño, pero tan pronto como se marche, vol veré
