casi amigas! Si conocéis al señor de Tréville habréis
debido ir a su casa.
-¡Con frecuencia! -dijo Milady, que una vez entrada en esta vía
y dándose cuenta de que la
mentira triunfaba, quería llevarla hasta el final.
-En su casa habréis debido ver a algunos de sus mosqueteros...
-¡A todos los que habitualmente recibe! -respondió Milady, para
quien esta conversación
empezaba a tener un interés real.
-Nombradme a algunos de los que vos conozcáis y veréis que estarán
entre mis amigos.
-Conozco -dijo Milady embarazada- al señor de Louvigny , al señor
de Courtivron, al señor de
Férussac.
La novicia la dejó decir; luego, viendo que se detenía:
-¿Y no conocéis -le dijo- a un gentilhombre llamado Athos?
Milady se puso tan pálida como las sábanas entre las que se acostaba,
y por dueña que fuera
de sí misma no pudo impedirse lanzar un grito cogiendo la mano de su
interlocutora y
devorándola con la mirada.
-¿Qué, qué os ocurre? ¡Oh, Dios mío! -preguntó
aquella pobre mujer-. ¿He dicho algo que os
haya herido?
-No, pero ese nombre me ha sorprendido porque también yo he conocido
a ese gentilhombre,
y porque me parece extraño encontrar a alguien que le conozca mucho.
-¡Oh, sí, mucho, no solamente a él, sino también
a sus amigos, los señores Porthos y Aramis!
-De veras, también a ellos los conozco -exclamó Milady, que sintió
el frío penetrar hasta su
corazón.
-Pues bien, si los conocéis, debéis saber que son buenos y fran
cos compañeros. ¿Por qué nos
os dirigís a ellos si necesitáis apoyo?
-Es decir -balbuceó Milady-, yo no estoy vinculada realmente a ninguno
de ellos; los conozco
por haber oído hablar mucho de ellos a uno de mis amigos, el señor
D'Artagnan.
-¡Conocéis al señor D'Artagnan! -exclamó la novicia
a su vez, cogiendo la mano de Milady y
devorándola con los ojos.
Luego notando la extraña expresión de la mirada de Milady:
-Perdón, señora -dijo-, ¿a título de qué
lo conocéis?
-Pues -replico Milady en apuros- a título de amigo.
-Me engañis, señora -dijo la novicia-; habéis sido su amante.
-Sois vos quien lo habéis sido, señora -exclamó Milady
a su vez.
-¡Yo! -dijo la novicia.
-Sí, vos; ahora os conozco, vos sois la señora Bonacieux.
La joven retrocedió, llena de sorpresa y de terror.
-¡Oh, no lo neguéis! Responded -prosiguió Milady.
-Pues bien: sí, señora; yo le amo -dijo la novicia-, ¿somos
rivales?
El rostro de Milady se encendió de un fuego tan salvaje que en cual quier
otra circunstancia la
señora Bonacieux habría huido de espanto; pero estaba totalmente
dominada por los celos.
-Veamos: decís, señora -prosiguió la señora Bonacieux
con una energía de la que se la hubiera
creído incapaz-, qué habéis sido o sois su amante?
-¡Oh, oh! -exclamó Milady con un acento que no admitía
duda sobre su verdad-. ¡Jamás,
jamás!
-Os creo -dijo la señora Bonacieux-; mas ¿por qué entonces
habéis gritado así?
-¿Cómo, no comprendéis? -dijo Milady, que se había
repuesto de su turbación y que había
recuperado toda su presencia de ánimo.
-¡Cómo queréis que comprenda! Yo no sé nada.
-¿No comprendéis que, por ser mi amigo, D'Artagnan me había
tomado por confidente?
-¿De veras?
-¡No comprendéis que lo sé todo: vuestro rapto de la casita
de Saint-Germain, su desaparición,
la de sus amigos, sus búsquedas inútiles desde ese momento! Y
¿cómo no queréis que me
sorprenda, cuando sin sospechármelo me encuentro con vos, de quien hemos
hablado con tanta
frecuencia juntos, con vos, a quien él ama con toda la fuerza de su alma,
con vos, a quien él me
había hecho amar antes de haberos visto? ¡Ay, querida Costance,
ahora os encuentro, por fin os
veo!
Y Milady tendió sus brazos a la señora Bonacieux, que, convenci
da por lo que acababa de
decirle, no vio ya en esta mujer, en quien un instante antes había creído
su rival, más que una
amiga sincera y abnegada.
-¡Oh, perdonadme, perdonadme! -exclamó ella dejándose ir
so bre su hombro-. ¡Lo amo tanto!
Las dos mujeres estuvieron un instante abrazadas. Desde luego, si las fuerzas
de Milady
hubieran estado a la altura de su odio, la señora Bonacieux sólo
hubiera salido muerta de aquel
abrazo. Pero no pudiendo ahogarla, le sonrió.
-¡Oh, querida, querida muchacha -dijo Milady-, cuán feliz soy al
