-¿Cómo señora? -le dijo ella-. ¿Apenas os he visto
y ya queréis privarme de vuestra presencia,
con la cual, sin embargo, contaba yo, os lo confieso, para el tiempo que tengo
que pasar aquí?
-No, señora -respondió la novicia- sólo que temía
haber escogido mal el momento; dormid,
estáis fatigada.
-Bueno -dijo Milady-, ¿qué pueden pedir las personas que duer
men? Un buen despertar. Este
despertar vos me lo habéis dado; dejadme gozar de él a mi gusto.
Y cogiéndole la mano, la atrajo sobre un sillón que estaba junto
a su lecho.
La novicia se sentó.
-¡Dios mío -dijo ella-, qué desgraciada soy! Hace ya seis
meses que estoy aquí, sin la sombra
de una distracción; llegáis vos, vuestra presencia iba a ser para
mí una compaña encantadora, y
he aquí que lo más probable es que de un momento a otro vaya a
dejar el convento.
-¡Cómo! -dijo Milady-. ¿Os marcháis en seguida?
-Al menos eso espero -dijo la novicia con una expresión de alegría
que no trataba de disfrazar
por nada del mundo.
-Creo haber entendido que habéis sufrido por parte del cardenal -continuó
Milady-; hubiera
sido un motivo más de simpatía entre nosotras.
-Ya me lo ha dicho nuestra buena madre. ¿Es, por tanto, verdad que también
vos erais una
víctima de ese malvado cardenal?
-¡Chiss! -dijo Milady-. Incluso aquí no hablemos así de
él; to das mis desgracias proceden de
haber dicho más o rlenos lo que vos acabáis de decir, delante
de una mujer a quien yo creía
amiga mía y que me ha traicionado. Y vos, ¿sois también
vos víctima de una traición?
-No -dijo la novicia-, sino de mi desvelo por una mujer a la que yo quería,
por quien hubiera
dado mi vida, por la que aún la daría.
-Y que os ha abandonado, ¿no es eso?
-He sido lo bastante injusta para creerlo, pero desde hace dos o tres días
he obtenido prueba
de lo contrario, y se lo agradezco a Dios; me habría costado creer que
me había olvidado. Pero
vos, señora -continuó la novicia- me parece que estáis
libre, y que si quisierais huir, no
dependería más que de vos.
-¿Dónde queréis que vaya sin amigos, sin dinero, en una
parte de Francia que no conozco,
adonde no he venido nunca?...
-¡Oh! -exclamó la novicia-. En cuanto a amigos, los tendréis
por todas partes donde os
mostréis. Parecéis tan buena y sois tan bella...
-Esto no me i mpide -prosiguió Milady endulzando su sonrisa de manera
que le daba una
expresión angelical- que yo esté sola y perseguida.
-Escuchad -dijo la novicia-, hay que tener esperanza en el cielo, como veis;
siempre viene en el
momento en que el bien que se ha hecho defiende nuestra causa ante Dios, y mirad,
quizá sea
una suerte para vos, por humilde y sin poder que yo sea, que me hayáis
encontrado; porque si
yo salgo de aquí, pues bien, tendré algunos amigos poderosos que,
después de haberse puesto
en campaña por mí, podrán también ponerse en campaña
por vos.
-¡Oh! Cuando he dicho que estaba sola -dijo Milady, esperando hacer hablar
a la novicia
hablando de ella misma-, no es por falta de tener algunos conocimientos situados
arriba; pero
estos conocimientos tiemblan ante el cardenal: la reina misma no se atreve a
sostener a alguien
contra el cardenal; tengo pruebas de que su majestad, pese a su excelente corazón,
ha sido
obligada más de una vez a abandonar a la cólera de Su Eminencia
a personas que la habían
servido.
-Creedme, señora, la reina puede parecer haber abandonado a esas personas;
pero no hay que
creer en las apariencias; cuanto más perseguidas son, más piensa
en ellas, y con frecuencia, en
el momen to en que ellas menos lo piensan, tienen pruebas de su buen recuerdo.
-¡Ay! -dijo Milady-. Lo creo. Es tan buena la reina...
-¡Oh, entonces conocéis a esa bella y noble reina, puesto que habláis
así! -exclamó la novicia
con entusiasmo.
-Es decir -replicó Milady, acorralada en sus posiciones-, a ella personalmente
no tengo el honor
de conocerla; pero conozco a buen número de sus amigos más íntimos:
conozco al señor de
Putange, he conocido en Inglaterra al señor Dujart, conozco al señor
de Tréville.
-¡El señor de Tréville! -exclamó la novicia-. ¿Conocéis
al señor de Tréville?
-Sí, perfectamente, mucho incluso.
-¿El capitán de los mosqueteros del rey?
-El capitán de los mosqueteros del rey.
-¡Oh, vais a ver -exclamó la novicia- cómo dentro de un
momento vamos a ser muy conocidas,
