Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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que tenéis aquí, ¿ha tratado de huir?
-No, cierto, pero ella es otra cosa, creo que está retenida en Francia por algún amor.
-Entonces -dijo Milady con un suspiro-, si ama no es comple tamente desgraciada.
-¿O sea -dijo la abadesa mirando a Milady con interés creciente-, que lo que estoy viendo es
también una pobre perseguida?
-¡Ay, sí! -dijo Milady.
La abadesa miró un instante a Milady con inquietud, como si un nuevo pensamiento surgiese
en su mente.
-¿Vos no sois enemiga de nuestra santa fe? -dijo ella balbuceando.
-¡Yo! -exclamó Milady-. ¿Yo protestante? ¡Oh, no, pongo por testigo al Dios que nos oye de
que, por el contrario, soy ferviente católica!
-Entonces -dijo la abadesa sonriendo-, tranquilizaos; la casa en que estáis no será una prisión
muy dura, y haremos todo lo necesario para haceros amar la cautividad. Hay más, encontraréis
aquí a esa joven perseguida sin duda a consecuencia de alguna intriga cortesana. Es amable,
graciosa.
-¿Cómo la llamáis?
-Me ha sido recomendada por alguien situado muy arriba, bajo el nombre de Ketty. No he
tratado de saber su otro nombre.
-¡Ketty! -exclamó Milady-. ¿Cómo? ¿Estáis segura?
-¿Que se hace llamar así? Sí, señora. ¿La conoceríais?
Milady sonrió para sí misma y ante la idea que le había venido de que aquella mujer pudiera
ser su antigua doncella. Al recuerdo de esta joven se mezclaba un recuerdo de cólera, y un
deseo de venganza había alterado los rasgos de Milady, que, por lo demás, casi al punto adop-
taron la expresión calma y benévola que esta mujer de cien rostros les había hecho perder
momentáneamente.
-¿Y cuándo podré ver a esa joven dama, por la que siento una simpatía ta n grande? -preguntó
Milady.
-Pues esta noche -dijo la abadesa-, hoy mismo. Pero habéis viajado durante cuatro horas,
como vos misma me habéis dicho; esta mañana os habéis levantado a las cinco, debéis necesitar
descanso. Acostaos y dormid, a la hora de la cena os despertaremos.
Aunque Milady hubiera podido prescindir muy bien del sueño, sostenida como estaba por todas
las excitaciones que una nueva aventura hacía experimentar a su corazón ávido de intrigas, no
por eso dejó de aceptar el ofrecimiento de la superiora: desde hacía doce o quince días había pasado por tantas emociones diversas que, aunque su cuerpo de hierro podía aún soportar la
fatiga, su alma necesitaba reposo.
Se despidió, pues, de la abadesa y se acostó, dulcemente acunada por las ideas de venganza
que naturalmente le había traído el nombre de Ketty. Recordaba aquella promesa casi ilimitada
que le había hecho el cardenal si triunfaba en su empresa. Había triunfado; podría, pues,
vengarse de D'Artagnan.
Sólo una cosa espantaba a Milady: era el recuerdo de su marido, el conde de La Fère, a quien
había creído muerto o al menos expatriado, y que ahora volvía a encontrar bajo el nombre de
Athos, el mejor amigo de D'Artagnan.
Pero, también, si era amigo de D'Artagnan, había debido prestarle ayuda en todas las intrigas,
con ayuda de las cuales la reina había des baratado los proyectos de Su Eminencia; si era amigo
de D'Artagnan, era enemigo del cardenal, y sin duda conseguiría ella envolverlo en la venganza
en cuyos pliegues contaba con ahogar al joven mosquetero.
Todas estas esperanzas eran dulces pensamientos para Milady; por eso, acunada por ellos, se
durmió al punto. .
Fue despertada por una voz dulce que resonó al pie de su cama. Abrió los ojos y vio a la
abadesa acompañada de una joven de cabellos rubios, de tez delicada, que fijaba sobre ella una
mirada llena de benevolente curiosidad.
El rostro de aquella joven le era completamente desconocido: las dos se examinaron con una
atención escrupulosa, al tiempo que cambiaban los saludos de uso; las dos eran muy bellas, pero
de belleza completamente distinta. Sin embargo, Milady sonrió al reconocer que aventajaba con
mucho a la joven mujer en clase y modales aristocráticos. Es cieto que el hábito de novicia que
llevaba la joven no era muy ventajoso para sostener una lucha de este género.
La abadesa las presentó una a otra; luego, cuando fue cumplida esta formalidad, como sus
deberes la llamaban a la iglesia, dejó a las dos jóvenes mujeres solas.
La novicia, al ver a Milady acostada, quería seguir a la superiora, mas Milady la retuvo.


 

 
 

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