muros de los conventos, a cuyo umbral vienen a expirar los rumores mundanales.
Milady, por el contrario, estaba muy al corriente de todas las intrigas aristocráticas,
en medio
de las cuales había vivido constantemente desde hacía cinco o
seis años; se puso, pues, a
entretener a la buena abadesa con las prácticas mundanas de la corte
de Francia, mezcladas a
las devociones extremadas del rey, le hizo la crónica escandalosa de
los señores y las damas de
la corte, que la abadesa conocía perfectamente de nombre, tocó
de refilón los amores de la reina
y de Buckingham, hablando mucho para que se hablase poco.
Mas la abadesa se contentó con escuchar todo y sonreír sin responder.
Sin embargo, como
Milady vio que este género de relato le divertía mucho, continuó;
sólo que hizo recaer la
conversación sobre el cardenal.
Pero se hallaba en apuros: ignoraba si la abadesa era realista o car denalista:
se mantuvo en un
punto medio prudente; pero la abadesa, por su parte, se mantuvo en una reserva
más prudente
aún, contentándose con hacer una profunda inclinación de
cabeza todas las veces que la viajera
pronunciaba el nombre de Su Eminencia.
Milady comenzó a creer que se aburriría mucho en el convento;
resolvió, pues, arriesgar algo
para saber luego a qué atenerse. Queriendo ver hasta dónde iría
la discreción de aquella buena
abadesa, se puso a hablar mal, muy disimulado primero, luego más circunstanciado,
del
cardenal, contando los amores del ministro con la señora de D'Aiguillon,
con Marion de Lorme y
con algunas otras mujeres galantes.
La abadesa escuchó más atentamente, se animó poco a poco
y sonrió.
-Bueno -se dijo Milady-, le toma gusto a mi discurso; si es cardenalista, no
pone mucho
fanatismo que digamos.
Luego pasó a las persecuciones ejercidas por el cardenal sobre sus enemigos.
La abadesa se
contentó con persignarse, sin aprobar ni desaprobar.
Esto confirmó a Milady en su opinión de que la religiosa era más
realista que cardenalista.
Milady continuó, ponderando cada vez más.
-Soy muy ignorante en todas estas materias -dijo por fin la abadesa-, pero por
alejadas que
estemos de la corte, por marginadas y apartadas de los intereses del mundo tenemos
ejemplos
muy tristes de cuanto nos contáis, y una de nuestras pensionistas ha
sufrido muchas venganzas
y persecuciones del señor cardenal.
-Una de vuestras pensionistas -dijo Milady-. ¡Oh, Dios mío, pobre
mujer! La compadezco
entonces.
-Y tenéis razón, porque es muy de compadecer: prisión,
amenazas, malos tratos, ha sufrido
todo. Pero después de todo -prosiguió la abadesa-, quizá
el señor cardenal tuviera motivos
plausibles para actuar así, y aunque ella tiene el aire de un ángel,
no hay que juzgar siempre a
las personas por el aspecto.
«Bueno -se dijo Milady-, quién sabe; quizá voy a descubrir
algo aquí, estoy en vena. »
Y se dedicó a dar a su rostro una expresión de candor perfecta.
-¡Ay! -dijo Milady-. Yo lo sé; se dice que no hay que creer en
las fisonomías; pero ¿en qué
creer entonces, si no es en la más bella obra del Señor? En cuanto
a mí, quizá esté equivocada
toda mi vida; pero me fiaré siempre de una persona cuyo rostro me inspire
simpatía.
-¿Seríais tentada, pues, de creer que esta joven es inocente?
-dijo la abadesa.
-El señor cardenal no castiga sólo los crímenes -dijo ella-;
hay ciertas virtudes que persigue con
más severidad que ciertas fechorías.
-Permitidme, señora, expresaros mi extrañeza -dijo la abadesa.
-Y ¿de qué? -preguntó Milady con ingenuidad.
-Del lenguaje que tenéis.
-¿Qué encontráis de sorprendente en este lenguaje? -preguntó
Milady sonriendo.
-Vois sois amiga del cardenal, puesto que os envía aquí, y sin
embargo...
-Y, sin embargo, hablo mal de él -prosiguió Milady, acabando el
pensamiento de la superiora.
-Al menos no habláis bien.
-Es que yo no soy su amiga -dijo ella suspirando-, sino su víctima.
-Pero, sin embargo, ¿esa carta por la que os recomienda a mí?
-Es una orden contra mí de mantenerme en una especie de pri sión
de la que me hará sacar por
algunos de sus satélites.
-Mas ¿por qué no habéis huido?
-¿Dónde iría? ¿Creéis que hay un lugar en
la tierra que no pueda alcanzar el cardenal si quiere
molestarme en tender la mano? Si yo fuera hombre, en rigor, todavía sería
posible; pero mujer,
¿qué queréis que haga una mujer? Esa joven pensionista
