del sombrero este papel! ¡Eh, señor, eh!
-Amigo -dijo D'Artagnan-, media pistola por ese papel.
-Con mucho gusto, señor; aquí lo tenéis.
El mozo de cuadra, encantado del buen día que había hecho, regresó
al patio del hostal;
D'Artagnan desplegó el papel.
-¿Y bien? -preguntaron sus amigos rodeándolo.
-¡Nada más que una palabra! - dijo D'Artagnan.
-Sí -dijo Aramis-, pero ese nombre es un nombre de villa o de aldea.
-Armentiéres -leyó Porthos-. Armentières, no conozco eso.
-¡Y ese nombre de villa o de aldea está escrito de su mano! -exclamó
Athos.
-Vamos, vamos, guardemos cuidadosamente este papel -dijo D'Artagnan-, quizá
no haya
perdido mi última pistola. A caballo, amigos míos, a caballo.
Y los cuatro compañeros se lanzaron al galope por la ruta de Béthune.
Capítulo LXI
El convento de las Carmelitas de Béthune
Los grandes criminales llevan con ellos una especie de predestinación
que los hace superar
todos los obstáculos, que los hace escapar de todos los peligros, hasta
el momento en que la
Providencia, cansada, ha marcado por escollo de su fortuna impía.
Así ocurría con Milady; pasó a través de los cruceros
de las dos naciones, y arribó a Boulogne
sin ningún accidente.
Y si al desembarcar en Portsmouth Milady era una inglesa a quienes las persecuciones
de
Francia echaban de La Rochelle, al desembarcar en Boulogne, tras dos días
de travesía, se hizo
pasar por una francesa a quien los ingleses molestaban en Portsmouth, por el
odio que habían
concebido contra Francia.
Milady tenía por otro lado el más eficaz de los pasaportes: su
belleza, su gran aspecto y la
generosidad con que repartía las pistolas. Ex¡mida de las formalidades
de costumbre por la
sonrisa afable y las maneras galantes de un viejo gobernador del puerto que
le besó la mano, no
se quedó en Boulogne más que el tiempo de poner en la posts una
carts concebida en estos
términos:
«A Su Eminencia Monseñor el Cardenal de Richelieu, en su campamento
ante La
Rochelle.
Monseñor que Vuestra Eminencia se tranquilice; Su Gracia el duque de
Buckingham no partirá hacia Francia.
Boulogne, 25 por la noche.
Milady ***. »
«P. S. Según los deseos de Vuestra Eminencia, me dirijo al convento
de las Carmelitas de
Béthune, donde esperaré sus órdenes. »
Efectivamente, aquella misma noche Milady se puso en camino; la cogió
la noche: se detuvo y
durmió en un albergue; luego, al día siguiente, a las cinco de
la mañana, partió, y tres horas
después entró en Béthune.
Se hizo indicar el convento de las Carmelitas, y entró en él al
punto.
La superiora vino ante ella: Milady le mostró la orden del cardenal,
la abadesa le hizo dar la
habitación y servir de desayunar.
Todo el pasado se había borrado ya a los ojos de esta mujer, y, con la
mirada puesta en el
porvenir, no veía más que la alta fortuna que le reservaba el
cardenal, a quien tan felizmente
había servido, sin que su nombre se hubiera mezclado para nada con aquel
sangriento asunto.
Las pasiones siempre nuevas que la consumían daban a su vida las apariencias
de esas nubes
que vuelan en el cielo, reflejando tan pronto el azul, tan pronto el fuego,
tan pronto el negro
opaco de la tempestad, y que no dejan más rastros sobre la tierra que
la devasta ción y la
muerte.
Tras el desayuno, la abadesa vino a visitarla: hay pocas distraccio nes en el
claustro, y la buena
superiora tenía prisa por trabar conocimiento con su nueva pensionista.
Milady quería agradar a la abadesa; ahora bien, era cosa fácil
para aquella mujer tan realmente
superior; trató de ser amable: fue encan tadora y sedujo a la buena superiora
por su
conversación tan variada y por las gracias esparcidas en toda su persona.
A la abadesa, que era una hija de la nobleza, le gustaban sobre todo las historias
de corte, que
rara vez llegan hasta las extremidades del reino y que, sobre todo, tanto les
cuesta franquear los
