de que nin guno de los favorecidos
apareciese en algún lugar público, so pena de la Bastilla.
Los cuatro primeros permisos otorgados, como se supondrá, fueron para
nuestros cuatro
amigos. Es más, Athos obtuvo del señor de Tréville seis
días en lugar de cuatro a hizo añadir a
estos seis días dos noches de más, porque partieron el 24, a las
cinco de la mañana, y, por
complaciencia aún, el señor de Tréville posdató
el permiso hasta el 25 por la mañana.
-Dios mío -decía D'Artagnan, que como se sabe nunca dudaba de
nada-, me parece que
ponemos muchas pegas a una cosa bien simple: en dos días, y reventando
dos o tres caballos
(poco me impor ta: tengo dinero), estoy en Béthume, entrego la carta
de la reina a la superiora, y
dejo al querido tesoro que voy a buscar no en Lorraine, tampoco en Bélgica,
sino en Paris, donde
estará mejor oculto, sobre todo mientras el señor cardenal esté
en La Rochelle. Luego, una vez
de retorno a la campaña, mitad por la protección de su prima,
mitad por el favor de lo que
personalmente hemos hecho por ella, obtendremos de la reina cuanto queramos.
Quedaos, pues,
aquí, no os agotéis de fatiga inútilmente: yo y Planchet,
es todo cuanto se necesita para un
expedición tan simple.
A lo cual Athos respondió tranquilamente.
-También nosotros tenemos dinero; porque aún no he bebido completamente
el resto del
diamante, y Porthos y Aramis no se lo han comido todo. Reventaremos, por tanto,
cuatro
caballos mejor que uno. Mas pensad, D'Artagnan -dijo con una voz tan sombría
que su acento
dio escalofríos al joven-, pensad que Béthune es una villa donde
el cardenal ha citado a una
mujer que por doquiera que va lleva la desgracia consigo. Si no tuvierais que
habéroslas más que
con cuatro hombres, D'Artagnan, os dejaría ir solo; tenéis que
habéroslas con esa mujer,
vayamos los cuatro, y pliega al cielo que con nuestros cuatro criados seamos
en número
suficiente.
-Me asustáis, Athos -exclamó D'Artagnan-. ¿Qué teméis,
pues, Dios mío?
-¡Todo! -respondió Athos.
D'Artagnan examinó los rostros de sus compañeros, que, como el
de Athos, llevaban la huella
de una inquietud profunda, y continuaron camino al mayor trote que podían
los caballos, pero sin
añadir una sola palabra.
El 25 por la noche, cuando entraban en Arras, y cuando D'Artagnan acababa de
echar pie a
tierra en el albergue de la Herse d'Or para beber un vaso de vino un caballero
salió del patio de
la posta, donde acababa de tracer el relevo tomando a todo galope, y con un
caballo fresco, el
camino de Paris. En el momento en que pasaba del portalón a la calle,
el viento entreabrió la
capa en que estaba envuelto, aunque fuese el mes de agosto, y se llevó
su sombrero, que el
viajero retuvo con su mano en el momento en que ya había abandonado su
cabeza, y lo hundió
rápidamente hasta los ojos.
D'Artagnan, que tenía fijos los ojos sobre aquel hombre, palideció
y dejó caer su vaso.
-¿Qué os ocurre, señor?... -dijo Planchet-. ¡Eh,
eh! Acudid, señores, que mi amo se encuentra
mal.
Los tres amigos acudieron y encontraron a D'Artagnan que, en lugar de encontrarse
mal, corría
hacia su caballo. Lo detuvieron en el umbral.
-¡Eh! ¿Dónde diablos vas as? -le gritó Athos.
-¡Es él! -exclamó D'Artagnan, pálido de cólera
y con el sudor sobre la frente-. ¡Es él! ¡Dejadme
que le siga!
-Pero él, ¿quién? -preguntó Athos.
-El, ese hombre.
-¿Qué hombre?
-Ese hombre maldito, mi genio malo, a quien he visto siempre cuando estaba amenazado
por
alguna desgracia; el que acompañaba a la horrible mujer cuando la encontré
por primera vez,
aquel a quien buscaba cuando provoqué a Athos, aquél a quien vi
la mañana del día en que la
señora Bonacieux fue raptada. ¡El hombre de Meung! ¡Lo he
visto, es él! ¡Lo he reconocido
cuando el viento ha entreabierto su capa!
-¡Diablos! -dijo Athos pensativo.
-A caballo, señores, a caballo, persigámoslo y lo alcanzaremos.
-Querido - dijo Aramis-, pensad que él va hacia el lado opuesto al que
nosotros vamos; que
tiene un caballo fresco y que nuestros caballos están fatigados; que,
por consiguiente,
reventaremos nuestros caballos sin tener siquiera la posibilidad de alcanzarlo.
Dejemos al hom-
bre, D'Artagnan, salvemos a la mujer.
-¡Eh, señor! - gritó un mozo de cuadra corriendo tras el
desconocido-. ¡Eh, señor, se os ha caído
