que prometió estar de regreso hacia el 15 de septiembre.
El señor de Tréville avisado por Su Eminencia, hizo su maletín
de grupa, y como, sin saber el
motivo, conocía el vivo deseo a incluso la imperiosa necesidad que sus
amigos tenían de volver a
Paris, los designó, por supuesto, para formar parte de la escolta.
Los cuatro jóvenes supieron la noticia un cuarto de hora después
que el señor de Tréville,
porque fueron los primeros a quienes se la comunicó. Fue entonces cuando
D'Artagnan apreció el
favor que le había otorgado el cardenal al hacerle formar parte por fin
de los mos queteros: sin
esta circunstancia, se habría visto obligado a permanecer en el campamento
mientras sus
compañeros partían.
Más tarde se verá que esta impaciencia de dirigirse a Paris tenía
por causa el peligro que debía
correr la señora Bonacieux al encontrarse en el convento de Béthune
con Milady, su enemiga
mortal. Por eso, como hemos dicho, Aramis había escrito inmediatamente
a Marie Michon,
aquella costurera de Tours que tan buenos conocimientos tenía, para que
obtuviese que la reina
diese autorización a la señora Bonacieux de salir del convento
y retirarse bien a Lorraine, bien a
Bélgica. La respuesta no se había hecho esperar, y ocho o diez
días después, Aramis había
recibido esta carta:
«Mi querido primo:
Aquí va la autorización de mi hermana para retirar a nuestra
pequeña criada del convento de
Béthune, cuyo aire vos pensáis que es malo para ella. Mi hermana
os envía esta autorización con
gran placer, porque quiere mucho a esa muchacha, a la que se reserva serle útil
más tarde.
Os abrazo,
Marie Michon.»
A esta carta iba unida una autorización así concebida:
«La superiors del convento de Béthune entregará a la persona
que le entregue este billete la
novicia que entró en su convento bajo mi recomendación y patronazgo.
En el Louvre, el 10 de agosto de 1628.
Anne.»
Como se comprenderá, estas relaciones de parentesco entre Aramis y una
costurera que
llamaba a la reina hermana suya habían amenizado la cháchara de
los jóvenes; pero Aramis,
después de haberse ruborizado dos o tres veces hasta el blanco de los
ojos ante las gruesas
bromas de Porthos, había rogado a sus amigos que no volvieran a to car
el tema, declarando que
si se le volvía a decir una sola palabra, no imploraría más
a su prima como intermediaria en este
tipo de asuntos.
No volvió, pues, a tratarse de Marie Michon entre los cuatro mosqueteros,
que, por otra parte,
teman lo que querían: la orden de sacar a la señora Bonacieux
del convento de las Carmelitas de
Béthune. Es cierto que esta orden no les serviría de gran cosa
mientras estuvieran en el
campamento de La Rochelle, es decir, en la otra esquina de Fran cia; por eso
D'Artagnan iba a
pedir un permiso al señor de Tréville, confiándole buenamente
l a importancia de su partida,
cuando le fue transmitida esta buena nueva tanto a él como a sus tres
compañeros: que el rey
iba a partir para Paris con una escolta de veinte mosquete ros, y que ellos
formaban parte de la
escolta.
La alegría fue grande. Enviaron a los criados por delante con los equipajes,
y partieron el 16
por la mañana.
El cardenal condujo a Su Majestad de Surgères a Mauzé, y allí
el rey y su ministro se
despidieron uno de otro con grandes demostraciones de amistad.
Sin embargo, el rey, que buscaba distracción, aunque caminando lo más
deprisa que le era
posible, porque deseaba llagar a Paris para el 23, se detenía de vez
en cuando para cazar la
picaza, pasatiempo cuyo gusto le fuera inspirado antaño por De Luynes,
y por el que siempre
había conservado gran predilección. De los veinte mosqueteros,
dieciséis, cuando eso ocurría, se
alegraban del descanso; pero otros cuatro maldecían cuanto podían.
D'Artagnan, sobre todo,
tenía zum bidos perpetuos en las orejas, cosa que Porthos explicaba así:
-Una gran dama me enseñ que eso quiere decir que se habla de vos en alguna
parte.
Finalmente, la escolta cruzó Paris el 23 por la noche; el rey dio las
gracias al señor de Tréville,
y le permitió distribuir permisos por cuatro días, a condición
