Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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hubo más que
consternación y tumulto.
Tan pronto como lord de Winter vio a Buckingham muerto, corrió a por Felton, a quien los
soldados seguían custodiando en la terraza del palacio.
-¡Miserable! -dijo al joven que desde la muerte de Buckingham había encontrado aquella calma
y aquella sangre fría que ya no iban a abandonarlo-. ¡Miserable! ¿Qué has hecho?
-Me he vengado -dijo.
-¡Tú! -dijo el barón-. Di que has servido de instrumento a esa maldita mujer; pero, te lo juro,
este crimen será su último crimen.
-No sé lo que queréis decir -contestó tranquilamente Felton-, e ignoro de quién queréis hablar,
milord: he matado al señor de Buckingham porque ha rehusado en dos ocasiones, a vos mismo,
nombrarme capitán: lo he castigado por su injusticia, eso es todo.
De Winter, estupefacto, miraba a las, personas que ataban a Felton y no sabía qué pensar de
semejante sensibilidad.
Una sola cosa ponía, sin embargo, una nube sobre la frente pura de Felton. A cada ruido que
oía, el ingenuo puritano creía reconocer los pasos y la voz de Milady viniendo a arrojarse en sus
brazos para acusarse y perderse con él.
De pronto se estremeció, su mirada se fijó en un punto del mar, que desde la terraza en que
se encontraba se dominaba completamente; con aquella mirada de águila de marino había
reconocido, allí don de otro no hubiera visto más que una gaviota balanceándose sobre las olas, la
vela de la balandra que se dirigía a las costas de Francis.
Palideció, se llevó la mano al corazón, que se rompía, y compren dió toda la traición.
-Una última gracia, milord -le dijo al barón.
-¿Cuál? -preguntó éste.
-¿Qué hora es?
El barón sacó su reloj.
-Las nueve menos diez -dijo.
Milady había adelantado su partida una hora y media; desde que oyó el cañonazo que
anunciaba el fatal suceso, había dado la orden de levar el ancla.
El barco bogaba bajo un cielo azul a gran distancia de la costa.
-Dios lo ha querido -dijo Felton con la resiganción del fanático, pero sin poder, sin embargo,
separar los ojos de aquel esquife a bordo del cual creía sin duda distinguir el blanco fantasma de
aquella a quien su vida iba a ser sacrificada.
De Winter siguió su mirada, interrogó su sufrimiento y adivinó todo.
-Sé castigado solo primero, miserable -dijo lord de Winter a Fel ton, que se dejaba arrastrar con
los ojos vueltos hacia el mar-; pero lo juro, por la memoria de mi hermano a quien tant o amé,
que tu cómplice no se ha salvado.
Felton bajó la cabeza sin pronunciar una palabra. En cuanto a de Winter, bajó rápidamente la escalera y se dirigió al puerto.

Capítulo LX

En Francia

El primer temor del rey de Inglaterra, Carlos I, al enterarse de esta muerte, fue que una noticia
terrible desalentase a los rochelleses; trató, dice Richelieu en sus Memorias, de ocultársela el
mayor tiempo posible, haciendo cerrar los puertos por todo su reino y teniendo especial cuidado
de que ningún bajel saliese hasta que el ejército que Buckingham aprestaba hubiera partido,
encargándose él mismo, a falta de Buckingham, de supervisar la marcha.
Llevó incluso la severidad de esta orden hasta mantener en Inglaterra al embajador de
Dinamarca, que se había despedido, y al embajador ordinario de Holanda, que debía llevar al
puerto de Flessingue los navíos de Indias que Carlos I había hecho devolver a las Provincias
Unidas.
Mas como pensó dar esta orden sólo cinco horas después del suceso, es decir, a las dos de la
tarde, ya habían salido del puerto dos navíos: el uno llevando, como sabemos, a Milady, la cual,
sospechando ya el acontecimiento, fue confirmada en su creencia al ver el pabellón negro
desplegarse en el mástil del bajel almirante.
En cuanto al segundo navío, más tarde diremos a quién llevaba y cómo partió.
Durante este tiempo, por lo demás, nada nuevo en el campo de La Rochelle; sólo el rey, que
se aburría mucho, como siempre, pero quizá aún un poco más en el campamento que en otra
parte, resolvió ir de incógnito a pasar las fiestas de San Luis a Saint-Germain, y pidió al cardenal
hacerle preparar una escolta de veinte mosqueteros solamente. El cardenal, a quien a veces
ganaba el aburrimiento del rey, concedió con gran placer aquel permiso a su real lu garteniente,


 

 
 

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