nunca.
-Y cometerás un error, mi querido de Winter -dijo Buckingham tendiéndole
la mano-. No sé de
ningún hombre que merezca ser lamentado durante toda la vida por otro
hombre; mas déjanos,
te lo ruego.
El barón salió sollozando.
No se quedaron en el gabinete más que el duque herido, La Porte y Patrick.
Se buscaba a un médico, al que no podían encontr ar.
-Viviréis, milord, viviréis -repetía de rodillas ante el
sofá del duque el mensajero de Ana de
Austria.
-¿Qué me escribía ella? -dijo débilmente Buckingham
chorreando sangre y dominando, para
hablar de aquella a la que amaba, atroces dolores-. ¿Que me escribía
ella? Léeme su carta.
-¡Oh, milord! -dijo La Porte.
-Obedece, La Porte; ¿no ves que no tengo tiempo que perder?
La Porte rompió el sello y puso el pergamino bajo los ojos del du que;
mas Buckingham trató en
vano de distinguir la escritura.
-Lee, pues -dijo-,lee, yo no veo ya; lee, porque pronto quizá no oiga
y moriré entonces sin
saber lo que me ha escrito.
La Porte no puso más dificultades, y ieyó:
«Milord:
Por cuanto he sufrido de vos y por vos desde que os conoz co, os conjuro, si
tenéis alguna preocupación por mi descanso, que interrumpáis
el gran armamento
que hacéis contra Francia y ceséis una guerra de la que en voz
alta se dice que la
religión es la causa visible, y en voz baja que vuestro amor por mí
es la causa
oculta. Esta guerra no sólo puede acarrear a Francia y a Inglaterra grandes
catástrofes, sino incluso a vos, milord, desgracias de las que nunca
me consolaré.
Velad por vuestra vida, que amenazan y que me será cara en el momento
en
que no esté obligada a ver en vos un enemigo.
Vuestra afectísima,
Ana.»
Buckingham reunió los restos de su vida para escuchar esta lectu ra;
luego, cuando hubo
terminado, como si hubiera encontrado en aquella carta un amargo desencanto:
-¿No tenéis otra cosa que decirme de viva voz, La Porte? -preguntó.
-Sí, monseñor: la reins me había encargado deciros que
velaseis por vos, porque había recibido
el aviso que os querían asesinar.
-¿Y eso es todo, eso es todo? - prosiguió Buckingham con impaciencia.
-Tamb¡n me había encargado dec¡ros que os amará siempre.
-¡Ah! - d¡jo Buckingham- ¡Dios sea loado! Mi muerte no será
para ells la muerte de un extraño...
La Porte se fundió en lágrimas.
-Patrick - dijo el duque-, traedme el cofre donde estaban los herretes de diamantes.
Patrick trajo el objeto pedido, que La Porte reconoció por haber pertenecido
a la reina.
-Ahora, la bolsita de satén blanco, donde están bordadas en per
las sus iniciales.
Patrick volvió a obedecer.
-M¡rad, La Porte -dijo Buckingham-, estas son las ún¡cas
prendas que tengo de ella, este cofre
de plata y estas dos cartas. Las devolvéis a Su Majestad; y como último
recuerdo... -buscó a su
alrededor algún objeto precioso- añadiréis...
Siguió buscando; pero sus m¡radas oscurecidas por la muerte no
encontraron más que el
cuchillo caído de las manos de Felton echando aún el vaho de la
sangre bermeja extendida en la
hoja.
-Y añadiréis este cuchillo -dijo el duque apretando la mano de
La Porte.
Aún pudo poner la bolsita en el fondo del cofre de plats, dejó
caer allí el cuchillo haciendo seña
a La Porte de que no podía ya hablar; luego, en la última convulsión,
para la cual esta vez no
tenía fuerzas ya de combatir, se deslizó del sofá al suelo.
Patrick lanzó un grito.
Buckingham quiso sonreír por última vez; pero la muerte detuvo
su pensamiento, que quedó
grabado sobre su frente como un último beso de amor.
En aquel momento el médico del duque llegó completamente espantado;
estaba ya a bordo del
bajel almirante, habían tenido que ir a buscarlo allí.
Se acercó al duque, cogió su mano, la conservó un instante
en la suya y la dejó caer.
-Todo es inútil - dijo-, está muerto.
-¡Muerto, muerto! -exciamó Patrick.
Ante este grito toda la multitud entró en la sala, y por doquiera no
