Inglaterra está harta de vuestras iniquidades; milord, habéis
abusado del poder real que casi
habéis usurpado; milord, habéis horrorizado a los hombres y a
Dios; Dios os castigará más tarde,
pero yo, yo os castigaré hoy.
-¡Ah! ¡Esto es demasiado fuerte! -grito Buckingham dando un paso
hacia la puerta.
Felton le cerró el paso.
-Os lo pido humildemente -dijo-, firmad la orden de puesta en libertad de lady
de Winter;
pensad que es la mujer que habéis deshonrado.
-Retiraos, señor -dijo Buckingham-, o llamo y hago que os pon gan cadenas.
-Vos no llamaréis -dijo Felton arrojándose entre el duque y la
campanilla colocada sobre un
velador inscrustado de plata-; tened cui dado, milord, estáis entre las
manos de Dios.
-En las manos del diablo, querréis decir -exclamó Buckingham alzando
la voz para atraer a
gente, sin llamar, sin embargo, directamente.
-Firmad, milord, firmad la libertad de lady de Winter -dijo Felton empujando
un papel hacia el
duque.
-¡A la fuerza! ¿Os burláis de mí? ¡Eh, Patrick!
-¡Firmad, milord!
-¡Jamás!
-¿Jamás?
-¡A mí! - gritó el duque, y al mismo tiempo saltó
sobre su espada.
Pero Felton no le dio tiempo de sacarla: tenía abierto y oculto en su
jubón el cuchillo con que
se había herido Milady; de un salto estuvo sobre el duque.
En ese momento Patrick entraba en la sala gritando:
-¡Milord, una carta de Francia!
-¡De Francia! -exclamó Buckingham olvidando todo al pensar de quién
le venía aquella carta.
Felton aprovechó el momento y le hundió en el costado el cuchillo
hasta el mango.
-¡Ah, traidor! -gritó Buckingham-. Me has matado...
-¡Al asesino! -aulló Patrick.
Felton lanzó los ojos en torno a él para huir, y al ver la puerta
libre se precipitó en la habitación
vecina que era aquella donde esperaban, como hemos dicho, los diputados de La
Rochelle, la
atravesó corriendo y se precipitó hacia la escalera; pero en el
primer escalón se encontró con
lord de Winter, que al verlo pálido, extraviado, lívido, manchado
de sangre en la mano y en el
rostro, saltó a su cuello exclamando:
-¡Lo sabía lo había adivinado y llego un minuto tarde! ¡Oh,
desgraciado de mí!
Al grito lanzado por el duque, a la llamada de Patrick, el hombre al que Felton
había
encontrado en la antecámara se precipitó en el gabinete.
Encontró al duque tumbado sobre un sofá, cerrando su herida con
su mano crispada.
-La Porte -dijo el duque con voz moribunda-, La Porte, ¿vienes de su
parte?
-Sí, monseñor -respondió el fiel servidor de Ana de Austria-,
pero quizá demasiado tarde.
-¡Silencio, La Porte, podrían oíros! Patrick, no dejéis
entrar a nadie. ¡Oh, no llegaré a saber lo
que me manda decir! ¡Dios mío, me muero!
Y el duque se desvaneció.
Sin embargo, lord de Winter, los diputados, los jefes de la expedición,
los oficiales de la casa
de Buckingham, habían irrumpido en su habitación; por todas partes
sonaban gritos de
desesperación. La nue va que llenaba el palacio de quejas y gemidos pronto
se desparramó por
doquier y se esparció por la ciudad.
Un cañonazo anunció que acababa de pasar algo nuevo e inespe rado.
Lord de Winter se mesaba los cabellos.
-¡Un minuto tarde! -exclamó-. ¡Un minuto tarde! ¡Oh,
Dios mío, Dios mío, qué desgracia!
En efecto, a las siete de la mañana habían ido a decirle que una
escala de cuerda flotaba en
una de las ventanas del castillo; había corrido al punto a la habitación
de Milady, había
encontrado la habita ción vacía y la ventana abierta los barrotes
serrados, se había acordado de la
recomendación verbal que le había hecho transmitir D'Artagnan
por su mensajero, había
temblado por el duque, y corriendo a la cuadra, sin perder tiempo siquiera de
hacer ensillar su
caballo, había saltado sobre el primero que encontró, había
corrido a galope tendido y, saltando
a tierra en el patio, había subido precipitadamente la escalera, y en
el primer escalón se había
encontrado, como hemos dicho, con Felton.
Sin embargo, el duque no estaba muerto; volvió en sí, abrió
los ojos y la esperanza volvió a
todos los corazones.
-Señores -dijo- dejadme solo con Patrick y La Porte.
-¡Ah, sois vos, de Winter! Esta mañana me habéis enviado
un singular loco, ved el estado en
que me ha puesto.
-¡Oh, milord! -exclamó el barón-. No me consolaré
