-Sí, monseñor -dijo D'Artagnan.
-¿Y firmado por quién? ¿Por el rey?
Y el cardenal pronunció estas palabras con una singular expresión
de desprecio.
-No, por Vuestra Eminencia.
-¿Por mí? Estáis loco, señor.
-Monseñor reconocerá sin duda su escritura.
Y D'Artagnan presentó al cardenal el preciso papel que Athos había
arrancado a Milady, y que
había dado a D'Artagnan para que le sirviera de salvaguardia.
Su Eminencia cogió el papel y leyó con voz lenta apoyándose
en cada sílaba:
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden
mía y
para bien del Estado.
En el campamento de La Rochelle, a 5 de agosto de 1628.
Richelieu.»
El cardenal, tras haber leído estas dos líneas, cayó en
una medita ción profunda, pero no
devolvió el papel a D'Artagnan.
«Medita con qué clase de suplicio me hará morir -se dijo
en voz baja D'Artagnan-; pues a fe
que verá cómo muere un gentilhombre.»
El joven mosquetero estaba en excelente disposición de morir heroicamente.
Richelieu seguía pensando, enrollaba y desenrollaba el papel en sus manos.
Finalmente, alzó la
cabeza, fijó su mirada de águila sobre aquella fisonomía
leal, abierta, inteligente, leyó en aquel
rostro surcado por las lágrimas todos los sufrimientos que había
enjugado desde hacía un mes, y
pensó por tercera o cuarta vez cuánto futuro tenía aquel
muchacho de veintiún años, y qué
recursos podría ofrecer a un buen amo su actividad, su valor y su ingenio.
Por otro lado, los crimenes, el poder, el genio infernal de Milady le habían
espantado más de
una vez. Sentía como una alegría secreta haberse liberado para
siempre de aquella cómplice
peligrosa.
Desgarró lentamente el papel que D'Artagnan tan generosamente le había
entregado.
«Estoy perdido», dijo para sí mismo D'Artagnan.
Y se inclinó profundamente ante el cardenal como hombre que dice: «Señor,
que se haga
vuestra voluntad!»
El cardenal se acercó a la mesa y, sin sentarse, escribió algunas
líneas sobre un pergamino
cuyos dos tercios ertaban ya cubiertos y puso su sello.
«Esa es mi condena -dijo D'Artagnan-; me ahorra el aburrimiento de la
Bastilla y la lentitud de
un juicio. Encima es demasiado amable.»
-Tomad, señor -dijo el cardenal al joven-, os he cogido un salvoconducto
y os devuelvo otro. El
nombre falta en ese despacho: escribidlo vos mismo.
D'Artagnan cogió el papel dudando y puso los ojos encima.
Era un tenientazgo en los mosqueteros.
D'Artagnan cayó a los pies del cardenal.
-Monseñor -dijo-, mi vida es vuestra; disponed de ella en adelante; pero
este favor que me
otorgáis no lo merezco; tengo tres amigos que son más merecedores
y más dignos...
-Sois un muchacho valiente, D'Artagnan -interrumpió el cardenal palmeándolo
familiarmente en
el hombro, encantado por haber vencido a aquella naturaleza rebelde-. Haced
de ese despacho
lo que os plazca. Sólo que recordad que, aunque el nombre esté
en blanco, os lo he dado a vos.
-No lo olvidaré jamás -respondió D'Artagnan-. Vuestra Eminencia
puede estar segura de ello.
El cardenal se volvió y dijo en voz alta:
-¡Rochefort!
El caballero, que sin duda estaba detrás de la puerta, entró al
punto.
-Rochefort -dijo el cardenal-, ahí veis al señor D'Artagnan; lo
recibo entre mis amigos; así pues,
que se le abrace y que si alguien quiere conservar su cabeza sea prudente.
Rochefort y D'Artagnan se besaron con la punta de los labios; pero el cardenal
estaba allí,
observándolos con su ojo vigilante.
Salieron de la habitación al mismo tiempo.
-Nos encontraremos, ¿no es cierto, señor?
-Cuando os plazca -contestó D'Artagnan.
-Ya llegará la ocasión -respondió Rochefort.
-¿Qué? -dijo Richelieu abriendo la puerta.
Los dos hombres sonrieron, se estrecharon la mano y saludaron a Su Eminencia.
-Empezábamos a impacientarnos -dijo Athos.
-¡Ya estoy aquí, amigos míos! -respondió D'Artagnan-.
No solamente libre, sino favorecido.
-¿Nos contaréis eso?
-Esta noche.
En efecto, aquella misma noche D'Artagnan se dirigió al alojamiento de
Athos, a quien
encontró a punto de vaciar su botella de vino español, ocupación
que realizaba religiosamente
todas las noches.
Le contó lo que había pasado entre el cardenal y él, y
