Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Felton cogió la bolsa y la arrojó al pie del muro.
-Ahora -dijo-, ¿queréis venir?
-Aquí estoy.
Milady se subió a un sillón y pasó la parte superior de su cuerpo por la ventana: vio al joven
oficial suspendido sobre el abismo por una escala de cuerda.
Por primera vez, un movimiento de terror le recordó que era mujer.
El vacío la espantaba.
-Me lo temía -dijo Felton.
-No es nada, no es nada - dijo Milady-, bajaré con los ojos cerrados.
-¿Tenéis confianza en mí? -dijo Felton.
-¿Y lo preguntáis?
-Juntad vuestras dos manos; cruzadlas, está bien.
Felton le ató las dos muñecas con un pañuelo; luego, por encima del pañuelo, con una cuerda.
-¿Qué hacéis? -preguntó Milady con sorpresa.
-Pasad vuestros brazos alrededor de mi cuello y no temáis nada.
-Pero os haré perder el equilibrio y nos estrellaremos los dos.
-Tranquilizaos, soy marino.
No había un segundo que perder; Milady pasó sus dos brazos en torno al cuello de Felton y se
dejó deslizar fuera de la ventana.
Felton comenzó a descender los escalones lentamente y uno a uno.
Pese al peso de los dos cuerpos, el soplo del huracán los balanceaba en el aire.
De pronto Felton se detuvo.
-¿Qué ocurre? -preguntó Milady.
-Silencio -dijo Felton-, oigo pasos.
-¡Estamos descubiertos!
Se hizo un silencio de algunos instantes.
-No -dijo Felton-, no es nada.
-Pero ¿qué es ese ruido?
-El de la patrulla que va a pasar por el camino de ronda.
-¿Dónde está ese camino de ronda?
-Justo debajo de nosotros.
-Nos van a descubrir.
-No, si no hay relámpagos.
-Tropezarán con el final de la escala.
-Por suerte le faltan seis pies para llegar al suelo.
-¡Ahí están, Dios mío!
-¡Silencio!
Los dos permanecieron colgados, inmóviles y sin aliento a veinte pies del suelo; durante este
tiempo los soldados pasaban por debajo riendo y hablando.
Fue para los fugitivos un momento terrible. La patrulla pasó; se oyó el ruido de los pasos que se alejaban y el murmullo de las voces que
iba debilitándose.
-Ahora -dijo Felton-, estamos salvados.
Milady lanzó un suspiro y se desvaneció.
Felton continuó descendiendo. Llegado al final de la escala, y cuan do sintió que faltaba apoyo
para sus pies, se pegó como una lapa con las manos; llegado por fin al último escalón se dejó
colgar en la fuerza de las muñecas y tocó el suelo. Se agachó, recogió la bolsa de oro y lo cogió
entre sus dientes.
Luego levantó a Milady en sus brazos y se alejó con presteza por el lado opuesto al que había
tomado la patrulla. Pronto dejó el camino de ronda, descendió por entre las rocas y llegado a la
orilla del mar, dejó oír un toque de silbato.
Una señal parecida le respondió y cinco minutos después vio aparecer una barca ocupada por
cuatro hombres.
La barca se aproximó tan cerca como pudo a la orilla, pero no había suficiente fondo para que
pudiera tocar tierra; Felton se metió en el agua hasta la cintura, porque no quería confiar a nadie
su precioso peso.
Afortunadamente la tempestad comenzaba a calmarse, y, sin embargo, el mar estaba todavía
violento; la barquilla saltaba sobre las olas como una cáscara de nuez.
-¡A la balandra! -dijo Felton-. Remad con rapidez.
Los cuatro hombres se pusieron a los remos; pero la mar estaba demasiado gruesa para que
los remos hicieran mucha labor.
Sin embargo, se iban alejando del castillo; era lo principal. La noche era profundamente
tenebrosa y resultaba ya casi imposible distinguir la orilla desde la barca; con mayor razón no se
habría podido distinguir la barca desde la orilla.
Un punto negro se balanceaba en el mar.
Era la balandra.
Mientras la barca avanzaba por su parte con toda la fuerza de sus cuatro remadores, Felton
desataba la cuerda, luego el pañuelo que ataba las manos de Milady.
Luego, cuando sus manos estuvieron desatadas, cogió agua del mar y se la orrojó al rostro.
Milady lanzó un suspiro y abrió los ojos.
-¿Dónde estoy? -dijo.
-A salvo -respondió el joven oficial.
-¡Oh, a salvo, a salvo! -exclamó ella-. Sí ahí está el cielo, aquí el mar. Este aire que respiro es
el de la libertad. ¡Ah..., gracias, Felton, gracias!
El joven la apretó contra su corazón.
-Pero ¿qué tengo en las manos? -preguntó Milady-. Parece co mo si me hubieran quebrado las


 

 
 

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