muñecas en un torno.
En efecto, Milady alzó los brazos; tenía las muñecas magulladas.
-¡Ay! -dijo Felton mirando aquellas hermosas manos y moviendo suavemente
la cabeza.
-¡Oh, no es nada, no es nada! -exclamó Milady-. ¡Ahora me
acuerdo!
Milady buscó con los ojos a su alrededor.
-Está ahí -dijo Felton, empujando con el pie la bolsa de oro.
Se acercaban a la balandra. El marinero de guardia dio una voz a la barca, la
barca respondió.
- Qué barco es ése? - preguntó Milady.
-El que he fletado para vos.
-¿Dónde va a conducirme?
-Donde vos queráis, con tal que a mí me dejéis en Portsmouth.
-¿Qué vais a hacer en Portsmouth? -preguntó Milady.
-Cumplir las órdenes de lord de Winter -dijo Felton con una som bría
sonrisa.
-¿Qué órdenes? -preguntó Milady.
-Entonces, ¿no comprendéis? -dijo Felton.
-No; explicaos, os lo suplico.
-Como si desconfiase de mí, ha querido custodiaros él mismo y
me ha mandado en su lugar a
hacer firmar a Buckingham la orden de vuestra deportación.
-Pero si desconfiaba de vos, ¿cómo os ha confiado esa orden?
-¿Creía acaso que yo sabía lo que llevaba?
-¡Ah, claro! ¿Y vais a Portsmouth?
-No tengo tiempo que perder: mañana es 23, y Buckingham par te mañana
con la flota.
- Parte mañana para dónde?
-Para La Rocelle.
-¡Es preciso que no parta! -exclamó Milady, olvidando su presencia
de ánimo acostumbrada.
-Tranquilizaos -respondió Felton-, no partirá.
Milady temblaba de alegría. Acababa de leer en lo más profundo
del corazón del joven: la
muerte de Buckingham estaba escrita en él con todas las letras.
-¡Felton... -dijo-, sois grande como Judas Macabeo! Si morís, moriré
con vos: he ahí todo lo
que puedo deciros.
-¡Silencio! -dijo Felton-. Hemos llegado.
En efecto, tocaban la balandra.
Felton subió el primero a la escala y dio la mano a Milady, mientras
los marineros la sostenían
porque el mar estaba todavía muy agitado.
Un instante después estaban sobre el puente.
-Capitán -dijo Felton-, esta es la persona de quien os he ha blado y
a quien hay que conducir
sana y salva a Francia.
-Mediante mil pistolas - dijo el capitán.
-Os he dado ya quinientas. -
-Es cierto -dijo el capitán.
-Y aquí están las otras quinientas -añadió Milady,
llevando la mano a la bolsa de oro.
-No -dijo el capitán-, yo no tengo más que una palabra y se la
he dado a este joven; las otras
quinientas pistolas no se me deben hasta llegar a Boulogne.
-¿Y llegaremos?
-Sanos y salvos -dijo el capitán-, tan cierto como que me llamo Jack
Buttler.
-Pues bien -dijo Milady-, si mantenéis vuestra palabra, no serán
quinientas pistolas, sino mil lo
que os daré.
-¡Hurra por vos, hermosa dama! -exclamó el capitán-. ¡Y
ojalá Dios me envié con frecuencia
clientes como Vuestra Señoría!
-Mientras tanto -dijo Felton-, conducidnos a la pequeña bahía
de Chichester, antes de
Portsmouth; ya sabéis qué hemos convenido que nos llevaréis
allí.
El capitán respondió ordenando la maniobra necesaria, y hacia
las siete de la mañana el
pequeño navío arrojaba el ancla en la bahía designada.
Durante esta travesía, Felton había contado todo a Milady: cómo,
en lugar de ir a Londres,
había fletado el pequeño navío, cómo había
vuelto, cómo había escalado la muralla colocando en
los intersticios de las piedras, a medida que subía, crampones, para
asegurar sus pies, y cómo,
finalmente, llegado a los barrotes, había atado la escala. Mi lady sabía
lo demás.
Por su parte, Milady trató de alentar a Felton en su proyecto; pero a
las primeras palabras que
salieron de su boca, vio de sobra que el joven fanático tenía
más necesidad de ser moderado que
reafirmado.
Convinieron que Milady esperaría a Felton hasta las diez; si a las diez
no estaba de vuelta, ella
partiría.
En tal caso, suponiendo que estuviera libre, se reuniría con ella en
Francia, en el convento de
las Carmelitas de Béthume.
Capítulo LIX
