Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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postigo; temía sin duda que por aquella
abertura consiguiese, mediante algún recurso diabólico, seducir a los guardias.
Milady sonrió de alegría; podría, pues, entregarse a sus transportes sin ser observada: recorria
la habitación con la exaltación de una loca furiosa o de una tigresa encerrada en una jaula de
hierro. Desde luego,si le hubiese quedado el cuchillo, habría pensado no en matarse a sí misma,
sino esta vez en matar al barón.
A las seis, lord de Winter entró; estaba armado hasta los dientes. Aquel hombre, en el que
hasta entonces Milady no había visto sino un gentleman bastante necio, se había vuelto un
magnífico carcelero: parecía preverlo todo, adivinarlo todo, prevenirlo todo.
Una sola mirada lanzada sobre Milady le informó de lo que pasaba en su alma.
-Sea -dijo él-, mas no me mataréis hoy todavía; no tenéis ya armas, y además estoy sobre
aviso. Habíais comenzado a pervertir a mi pobre Felton: sufría ya vuestra infernal influencia, mas
quiero sal varlo, no os verá más, todo ha terminado. Recoged vuestro vestuario; mañana
partiréis. Había fijado el embarque el 24, pero he pensado que cuanto más adelante la cosa, más
segura será. Mañana a mediodía tendré la orden de vuestro exilio firmada por Buckingham. Si
decís una sola palabra a quien quiera que sea antes de estar en el navío, mi sar gento os
levantará la tapa de los sesos, tiene esa orden; si ya en el navío decís una palabra a quien quiera
que sea antes de que el capitán os to permita, el capitán os hará arrojar al mar, está así acordado. Has ta luego: eso es todo lo que por hoy tenía que deciros. Mañana os volveré a ver
para deciros adiós.
Y con estas palabras el barón salió.
Milady había escuchado toda esta amenanzante parrafada con la sonrisa de desdén sobre los
labios, pero con la rabia en el corazón.
Sirvieron la cena; Milady sintió que necesitaba fuerzas, no sabía qué podia pasar durante
aquella noche que se aproximaba amenazante, porque gruesas nubes voltejeaban en el cielo y
los relámpagos lejanos anunciaban una tormenta.
La tormenta estalló hacia las diez de la noche: Milady sentía un consuelo al ver a la naturaleza
compartir el desorden de su corazón: el trueno bramaba en el aire como la cólera en su
pensamiento; le parecía que al pasar la ráfaga desmelenaba su frente como los árboles cuyas
ramas curvaba y cuyas hojas se llevaba; ella aullaba como el huracán, y su voz se perdía en el
clamor de la naturaleza que parecía, también ella, gemir y desesperarse.
De pronto oyó golpear un cristal y a la claridad de un relámpago, vio el rostro de un hombre
aparecer tras los barrotes.
Corrió a la ventana y la abrió.
-¡Felton! -exclamó-. ¡Estoy salvada!
-Sí -dijo Felton-; pero, ¡silencio, silencio! Necesito tiempo para serrar vuestros barrotes. Tened
cuidado solamente de que no os vean por el postigo.
-¡Oh, es una prueba de que el Señor está con nosotros, Felton! -prosiguió Milady-. Han cerrado
el postigo con una plancha.
-Está bien, ¡Dios los ha vuelto insensatos! -dijo Felton.
-Pero ¿qué tengo que hacer? -preguntó Milady.
-Nada, nada; volved a cerrar la ventana solamente. Acostaos, o al menos meteos en vuestra
cama completamente vestida; cuando haya terminado, golpearé en los cristales. Mas ¿podréis
seguirme?
-¡Oh, sí7
-¿Y vuestra herida?
-Me hace sufrir, pero no me impide caminar.
-Estad, pues, preparada a la primera señal.
Milady volvió a cerrar la ventana, apagó la lámpara y fue, como le había recomendado Felton,
a hacerse un ovillo en su cama. En medio de las quejas de la tormenta, ella oía el chirrido de la
lima contra los barrotes, y a la claridad de cada relámpago vislumbraba la sombra de Felton tras
los cristales.
Pasó una hora sin respirar, jadeante, con el sudor sobre la frénté y el corazón oprimido por una
angustia espantosa a cada movimiento que oía en el corredor.
Hay horas que duran un año.
Al cabo de una hora, Felton golpeó de nuevo.
Milady saltó fuera de su cama y fue a abrir. Dos barrotes de menos formaban una abertura
para que un hombre pasase.
-¿Estáis preparada? -preguntó Felton:
-Sí. ¿Tengo que llevar alguna cosa?
-Oro si tenéis. -Sí, por suerte me han dejado el que tenía.
-Tanto mejor, porque he gastado todo lo mío en fletar un barco.
-Tomad -dijo Milady poniendo en las manos de Felton una bolsa llena de oro.


 

 
 

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