Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Milady comprendió que estaba perdida si no daba a Felton una prueba inmediata y terrible de
su valor.
-Os equivocáis, milord, la sangre correrá. ¡Ojalá esa sangre caiga sobre los que la hacen correr!
Felton lanzó un grito y se precipitó hacia ella; era demasiado tarde: Milady se había golpeado.
Pero el cuchillo había encontrado, afortunadamente, deberíamos decir que hábilmente, la
ballena de hierro que en esa época defendía como una coraza el pecho de las mujeres; se había
deslizado desgarrando el vestido y había penetrado al bies entre la carne y las costillas.
El vestido de Milady no por ello quedó menos manchado de sangre en un segundo.
Milady había caído de espaldas y parecía desvanecida.
Felton arrancó el cuchillo.
-Ved, milord -dijo con aire sombrío-. ¡Ahí tenéis una mujer que estaba bajo mi custodia y que
se ha matado!
-Estad tranquilo, Felton -dijo lord de Winter-, no está muerta, los demonios no mueren tan
fácilmente, tranquilizaos a id a esperarme en mi cuarto.
-Pero, milord.
-Id, os lo ordeno.
A esta conminación de su superior, Felton obedeció; pero, al salir, puso el cuchillo en su pecho.
En cuanto a lord de Winter, se contentó con llamar a la mujer que servía a Milady, y cuando
hubo venido le recomendó a la prisionera que seguía desvanecida, y la dejó sola con ella.
Sin embargo, como en conjunto, pese a sus sospechas, la herida podía ser grave, envió al
instante un hombre a caballo a buscar un médico.

Capítulo LVIII

Evasión
Como había pensado lord de Winter, la herida de Milady no era peligrosa; por eso, cuando se
encontró sola con la mujer que el barón se había hecho llamar y que se afanaba en desnudarla,
volvió a abrir los ojos.
Sin embargo, había que jugar a la debilidad y al dolor; no eran cosas difíciles para una
comedianta como Milady; por eso la pobre mujer fue víctima completa de su prisionera a la que,
pese a sus protestas, se obstinó en velar toda la noche.
Pero la presencia de aquella mujer no le impedía a Milady pensar.
No había ninguna duda, Felton estaba convencido, Felton era suyo: si un ángel se apareciese al
joven para acusar a Milady, desde luego lo tomaría, en la disposición de espíritu en que se
encontraba, por un enviado del demonio.
Milady sonreía a este pensamiento porque Felton era en lo sucesivo su única esperanza, su
único medio de salvación.
Pero lord de Winter podía sospechar, y Felton podía ser ahora vigilado. Hacia las cuatro de la mañana llegó el médico; pero desde que Milady se había apuñalado la
herida estaba ya cerrada: el médico no pu do, por tanto medir ni la dirección ni la profundidad;
reconoció sólo por el pulso de la enferma que el caso no era grave.
Por la mañana, Milady, so pretexto de que no había dormido por la noche y que necesitaba
descanso, despidió a la mujer que velaba a su lado.
Tenía una esperanza, y es que Felton llegara a la hora del desayuno; pero Felton no vino.
¿Sus temores se habían vuelto realidad? Felton, sospechoso del barón, ¿iba a fallarle en el
momento decisivo? No tenía más que un día: lord de Winter le había anunciado su embarque
para el 23 y estaba en la mañana del 22.
No obstante, esperó aún con bastante paciencia hasta la hora de la cena.
Aunque no comió por la mañana la cena le fue traída a la hora habitual; Milady se dio entonces
cuenta con terror que el uniforme de los soldados que la custodiaban había cambiado.
Entonces se aventuró a preguntar qué había sido de Felton. Le respondieron que Felton había
montado a caballo hacía una hora y había partido.
Se informó de si el barón seguía en el castillo; el soldado respondió que sí, y que tenía la orden
de avisarlo en caso de que la prisionera deseara hablarle.
Milady respondió que estaba demasiado débil por el momento, y que su único deseo era
permanecer sola.
El soldado salió dejando la cena servida.
Felton había sido alejado, los soldados de marina habían sido cambiados; desconfiaba, por
tanto, de Felton.
Era el ultimo golpe dado a la prisionera.
Al quedar sola, se levantó; aquella cama, en la que estaba por prudencia y para que se la
creyese gravemente enferma, le quemaba como un brasero ardiente. Lanzó una mirada a la
puerta: el barón había hechó clavar una plancha sobre el


 

 
 

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