Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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en lord de Winter para sostener su honor y el de su mujer.»
-¡Lord de Winter! -exclamó Felton.
-Sí -dijo Milady- lord de Winter, y ahora debéis comprenderlo todo, ¿no es así?: Buckingham
permaneció ausente más de un año. Ocho días antes de su llegada lord de Winter murió
súbitamente, dejándome única heredera. ¿De dónde venía el golpe? Dios, que todo lo sabe, lo
sabe sin duda, yo a nadie acuso...
-¡Oh, qué abismo, qué abismo! -exclamó Felton.
-Lord de Winter había muerto sin decir nada a su hermano. El secreto terrible debía quedar
oculto a todos hasta que estallase como el rayo sobre la cabeza del culpable. Vuestro protector
había visto con pesar este matrimonio de su hermano mayor con una joven sin fortu na. Sentí que
no podía esperar de un hombre engañado en sus esperanzas de herencia apoyo alguno. Pasé a
Francia resuelta a permanecer allí durante todo el resto de mi vida. Pero toda mi fortuna está en Inglaterra; cerradas las comunicaciones por la guerra, todo me faltó: me vi obligada entonces a
volver; hace seis días arribé a Portsmouth.
-¿Y bien? -dijo Felton.
-Y bien. Buckingham se enteró sin duda de mi regreso, habló de él a lord de Winter, ya
prevenido contra mí, y le dijo que su cuñada era una prostituida, una mujer marcada. La voz
pura y noble de mi marido no estaba allí para defenderme. Lord de Winter creyó todo cuanto se
le dijo, con tanta mayor facilidad cuanto que tenía interés en creer lo. Me hizo detener, me
condujo aquí, me puso bajo vuestra custodia. El resto vos lo sabéis: pasado mañana me
destierra, me deporta; pasado mañana me relega entre los infames. ¡Oh!, la trampa está bien
urdida, la conspiración es hábil y mi honor no sobr evivirá a ella. De sobra veis que es preciso que
yo muera, Felton; ¡Felton, dadme ese cuchillo!
Y tras estas palabras, como si todas sus fuerzasa estuvieran agotadas, Milady se dejó ir débil y
lánguida entre los brazos del joven oficial que, ebrio de amor, de cólera y de voluptuosidades
desconocidas, la recibió con transporte, la apretó contra su corazón, todo tembloroso ante el
aliento de aquella boca tan bella, todo extraviado al contacto de aquel seno tan palpitante.
-No, no -dijo-; no, tú vivirás honrada y pura, vivirás para triunfar de tus enemigos.
Milady lo rechazó lentamente con la mano atrayéndolo con la mirada; mas Felton, a su vez, se
apoderó de ella, implorándola como a una divinidad.
-¡Oh! ¡La muerte, la muerte! -dijo ella, velando su voz y sus párpados-. ¡Oh, la muerte antes
que la vergüenza! Felton, hermano mío, amigo mío, te lo ruego.
-No -exclamó Felton-, no, ¡tú vivirás y serás vengada!
-Felton, llevo la desgracia a todo lo que me rodea. ¡Felton, aban dóname! ¡Felton, déjame
morir!
-Pues bien, muramos entonces juntos -exclamó él apoyando sus labios sobre los de la
prisionera.
Varios golpes sonaron en la puerta; esta vez, Milady lo rechazó real mente.
-Escucha -dijo-, nos han oído; alguien viene. ¡Se acabó, esta mos perdidos!
-No -dijo Felton-, es el centinela que me previene sólo de que llega una ronda.
-Entonces, corred a la puerta y abrid vos mismo.
Felton obedeció: aquella mujer era ya todo su pensamiento, toda su alma.
Se encontró frente a un sargento que mandaba una patrulla de vigilancia.
-¡Y bien! ¿Qué ocurre? -preguntó el joven teniente.
-Me habíais dicho que abriese la puerta si oía pedir ayuda -dijo el soldado-, pero habéis
olvidado dejarme la llave; os he oído gritar sin comprender lo que decíais, he querido abrir la
puerta, estaba cerrada por dentro y entonces he llamado al sargento.
-Y aquí estoy -dijo el sargento.
Felton, extraviado, casi loco, permanecía sin voz.
Milady comprendió que le correspondía coger las riendas de la situación; corrió a la mesa y
cogió el cuchillo que había depositado Felton:
-¿Y con qué derecho queréis impedirme morir? -dijo ella.
-¡Gran Dios! -exclamó Felton viendo brillar el cuchillo en su mano.
En aquel momento, una carcajada irónica resonó en el corredor. El barón, atraído por el ruido, en bata, con la espada bajo el brazo, estaba de pie en el umbral
de la puerta.
-¡Ah, ah! -dijo-. Ya estamos ante el último acto de la tragedia; ya lo veis, Felton el drama ha
seguido todas las fases que yo había indicado; pero estad tranquilo, la sangre no correrá.


 

 
 

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