Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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por una fingida cólera y una vergüenza teatral, mostró al joven la huella indeleble que
deshonraba aquel hombro tan bello.
-Pero -exclamó Felton- es una flor de lis lo que ahí veo.
-Precisamente ahí es donde está la infamia -respondió Milady-. La marca de Inglaterra... había
que probar qué tribunal me la había impuesto, yo habría hecho una apelación pública a todos los
tribunales del reino; mas la marca de Francia..., ¡oh!, con ella estaba bien marcada.
Aquello era demasiado para Felton.
Pálido, inmóvil, aplastado por esta revelación espantosa, deslumbrado por la belleza
sobrehumana de aquella mujer que se desnudaba ante él con un impudor que le pareció sublime,
terminó cayendo de rodillas ante ella como hacían los primeros cristianos ante aquellas puras y
santas mártires que la persecución de los emperadores libraba en el circo a la sanguinaria
lubricidad del populacho. La marca desapareció, sólo quedó la belleza.
-¡Perdón, perdón! -exclamó Felton-. ¡Oh, perdón!
Milady leyó en sus ojos: amor, amor.
-¿Perdón de qué? -preguntó ella.
-Perdón por haberme unido a vuestros perseguidores.
Milady le tendió la mano.
-¡Tan bella, tan joven! -exclamó Felton cubriendo aquella mano de besos.
Milady dejó caer sobre él una de esas miradas que de un esclavo hacen un rey.
Felton era puritano: dejó la mano de esta mujer para besar sus pies.
El ya no la amaba más, la adoraba.
Cuando aquella crisis hubo pasado, cuando Milady pareció haber recobrado su sangre fría, que
no había perdido nunca; cuando Felton hubo visto volverse a cerrar bajo el velo de la castidad
aquellos tesoros de amor que no se le ocultaban sino para hacérselos desear más ar dientemente:
-¡Ah! Ahora -dijo- no tengo más que una cosa que pediros, es el nombre de vuestro verdadero
verdugo; porque para mí no hay más que uno; el otro era el instrumento nada más.
-¿Cómo, hermano? -exclamó Milady-. ¿Es preciso que todavía te lo nombre, no lo has
adivinado? -¿Qué? -contestó Felton-. ¡El..., también él..., siempre él! ¿Qué? El verdadero culpable...
-El verdadero culpable -dijo Milady- es el estragador de Inglaterra, el perseguidor de los
verdaderos creyentes, el cobarde rapaz del honor de tantas mujeres, el que por un capricho de
su corazón corrompido va a hacer derramar tanta sangre a dos reinos, el que protege a los
prostestantes hoy y que mañana los traicionará...
-¡Buckingham! ¡Entonces es Buckingham! -exclamó Felton exasperado.
Milady ocultó su rostro en sus manos, como si no hubiera podido soportar la vergüenza que
este hombre le recordaba.
-¡Buckingham el verdugo de esta angélica criatura! -exclamó Felton-. Y tú, Dios mío, no lo has
fulminado, y tú lo has dejado noble, honrado, poderoso para la perdición de todos nosotros.
-Dios abandona a quien se abandona a sí mismo -dijo Milady.
-Pero, entonces, ¡quiere atraer sobre su cabeza el castigo reserva do a los malditos! -continuó
Felton con exaltación creciente-. ¡Quiere que la venganza humana anticipe la justicia celeste!
-Los hombres lo temen y lo protegen.
-¡Oh, yo - dijo Felton-, yo no lo temo y no lo protegeré!...
Milady sintió su alma bañada por una alegría infernal.
-Pero ¿cómo lord de Winter, mi protector, mi padre -preguntó Felton-, está mezclado en todo
esto?
-Escuchad, Felton -prosiguió Milady-, porque al lado de hombres cobardes y despreciables
todavía hay naturalezas grandes y generosas. Yo tenía un prometido, un hombre al que yo
amaba y que me amaba; un corazón como el vuestro, Felton, un hombre como vos. Fui a él y le
conté todo; me conocía y no dudó ni un solo instante. Era un gran señor, era un hombre en todo
el igual de Buckingham. No me dijo nada, se ciñ solamente su espada, se envolvió en su capa y
se dirigió a Buckingham Palace.
-Sí, sí -dijo Felton-, comprendo; aunque con semejantes hom bres no sea la espada lo que hay
que emplear, sino el puñal.
-Buckingham se había ido la víspera, enviado como embajador a España, donde iba a pedir la
mano de la infanta para el rey Car los I, que no era entonces más que príncipe de Gales. Mi
prometido volvió. «Escuchad -me dijo-, ese hombre ha partido y, por consiguiente, por ahora,
escapa a mi venganza; pero, mientras tanto, unánomos, como debíamos estarlo; luego, confiad


 

 
 

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