Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Mirad, soy
buen príncipe -añadió-, y aunque no me gustan los puritanos, les hago justicia, así como a las
puritanas, cuando son hermosas. Vamos, hacedme un pequeño juramento sobre la cruz, no os
pido más.» «Sobre la cruz! -exclamé yo levantándome, porque al oír aquella voz aborrecida ha-
bía vuelto a encontrar todas mis fuerzas-. ¡Sobre la cruz! Juro que ninguna promesa, ninguna
amenaza, ninguna tortura me cerrará la boca. ¡Sobre la cruz! Juro denunciaros por todas panes
como asesino, como ladrón del honor, como cobarde. ¡Sobre la cruz! Juro, si alguna vez consigo
salir de aquí, pedir venganza contra vos al género humano en tero.» «Tened cuidado! -dijo la voz
con un acento de amenaza que yo no había oído todavía-. Tengo un recurso supremo, que no
emplearé más que en último extremo, de cerraros la boca o al menos de impedir que alguien
crea una sola palabra de lo que digáis.» Reuní todas mis fuerzas para responder con una
carcajada. El vio que en tre no sotros había adelante una guerra eterna, una guerra a muerte.
«Escuchad -dijo-, os doy aún el resto de esta noche y el día de mañana; reflexionad: si prometéis
callaros, la riqueza, la consideración, los honores incluso os rodearán; si amenazáis con hablar,
os condeno a la infamia.» «Vos! -exclamé yo-. ¡Vos!» «A la infamia eterna, indeleble!» «Vos!»,
repetí yo. ¡Oh, os lo digo, Felton, le creía insensato! «Sí, yo», contestó él. «Ah, dejadme! -le
dije-. Salid si no queréis que ante vuestros ojos me rompa la cabeza contra la pared.» «Está bien
-replicó él-, vos lo habéis querido, hasta mañana por la noche.» «Hasta mañana por la noche»,
respondí yo dejándome caer y mordien do la alfombra de rabia...
Felton se apoyaba sobre un mueble y Milady vela con alegría de demonio que quizá le faltara la
fuerza antes del fin del relato.

Capítulo LVII

Un recurso de tragedia clásica

Tras un momento de silencio, empleado por Milady en observar al joven que la escuchaba,
continuó su relato:
-Hacía casi tres días que no había comido ni bebido, sufría torturas atroces: a veces pasaban
por mí como nubes que me apretaban la frente, que me tapaban los ojos: era el delirio. Llegó la
noche; esta ba tan débil que a cada instante me desvanecía y cada vez que me des vanecía daba
gracias a Dios, porque creía que iba a morir. En medio de unos de estos desvanecimientos, oí
abrirse la puerta; el terror me volvió en mí. Mi perseguidor entró seguido de un hombre
enmascarado: él también estaba enmascarado; pero yo reconí su paso, yo reconocí aquel aire
imponente que el infierno ha dado a su persona para desgracia de la humanidad. «Y bien -me
dijo-, ¿estáis decidida a hacerme el juramento que os he pedido?» «Vos lo habéis dicho, los
puritanos no tienen más que una palabra: la mía ya la habéis oído, ¡y es llevaros en la tierra ante
el tribunal de los hombres; en el cielo, ante el tribunal de Dios!» «Así que persistís?» «Juro ante
Dios que me oye: tomaré el mundo entero por testigo de vuestro crimen, y esto hasta que
encuentre un vengador.» «Sois una prostituta -dijo con voz tonante-, y sufriréis el suplicio de las prostitutas. Marcada a los ojos del mundo que invocaréis, ¡tratad de probar a ese mundo que no
so¡s culpable ni loca!» Luego, dirigiéndose al hombre que le acompañaba: «Verdugo -dijo-,
cumple tu deber.»
-¡Oh, su nombre, su nombre! -exclamó Felton-. ¡Su nombre, decídmelo!
-Entonces, pese a mis gritos, pese a mi resistencia, porque yo comenzaba a comprender que
para mí se trataba de algo peor que la muer te, el verdugo me cogió, me volcó sobre el suelo, me
magulló con sus agarrones y, ahogada por los sollozos, casi sin conocimiento, invocando a Dios
que no me escuchaba, lancé de pronto un espantoso grito de dolor y de vergüenza: un hierro
ardiendo, un hierro candente, el hiero del verdugo, se había impreso en mi hombro.
Felton lanzó un rugido.
-Mirad -dijo Milady, levantándose entonces con una majestad de reina-, mirad, Felton, ved
cómo han inventado un nuevo martirio para la doncella pura y, sin embargo, víctima de la
brutalidad de un malvado. Aprended a conocer el corazón de los hombres, y en adelante haceos
con menos facilidad instrumento de sus injustas venganzas.
Con rápido gesto, Milady abrió su vestido, desgarró la batista que cubría su seno y, ruborizada


 

 
 

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