Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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me senté a la mesa. Comí sólo
algunas frutas: fingí que me servía agua de la jarra, pero sólo bebí de la que había conservado
en mi vaso; la sustitución, por lo demás, fue hecha con la maña suficiente para que mis espías, si
los tenía, no concibiesen sospecha alguna. Tras la cena, ofrecí las mismas señales de
embotamiento que la víspera; pero esta vez, como si sucumbiese a la fatiga o como si me familiarizase con el peligro, me arrastré hacia la cama a hice semblante de adormecerme. En esta
ocasión había encontrado mi cuchillo bajo la almohada y, al tiempo que fingía dormir, mi mano
apretaba convul sivamente la empuñadura. Transcurrieron dos horas sin que ocurriese nada
nuevo. ¡Aquella vez, Dios mío! ¡Quién me hubiera dicho esto la víspera: comenzaba a temer que
no viniese! Por fin, vi la lámpara elevarse suavemente y desaparecer en las profundidades del
techo; mi habitación se llenó de tinieblas, pero hice un esfuerzo por horadar con la mirada la
oscuridad. Aproximadamente pasaron diez minutos. No oía yo otro ruido que el del latido de mi
corazón. Yo imploraba al cielo para que viniese. Por fin oí el ruido tan conocido de la puerta que
se abría y volvía a cerrarse; oí, pese al espesor de la alfombra, un paso que hacía chirriar el
suelo; vi, pese a la oscuridad, una sombra que se acercaba a mi cama.
-¡Daos prisa daos prisa! -dijo Felton-. ¿No veis que cada una de vuestras palabras me quema
como plomo derretido?
-Entonces -continuó Milady- entonces reuní todas mis fuer zas, me acordé de que el momento
de la venganza, o, mejor dicho, de la justicia había sonado; me consideraba otra Judith; me
recogí sobre mí misma, con mi cuchillo en la mano, y cuando lo vi junto a mí tendiendo los
brazos para buscar a su víctima, entonces, con el último grito del dolor y de la desesperación, le
golpeé en medio del pecho. ¡Miserable! ¡Lo había previsto todo: su pecho estaba cubierto de una
cota de malla! El cuchillo se embotó. «Ay, ay! -exclamó cogiéndome el brazo y arrancándome el
arma que tan mal me había servido-. ¡Queréis mi vida, hermosa puritana! Mas esto es más que
odio, esto es in gratitud. ¡Vamos, vamos, calmaos, calmaos, niña mía! Había creído que os habíais
dulcificado. No soy de esos tiranos que conservan las mujeres por la fuerza: no me amáis,
dudaba de ello con mi fatuidad ordinaria; ahora estoy convencido. Mañana seréis libre.» Yo no
tenía más que un deseo: era que me matase. «Tened cuidado! -le dije-. Mi libertad es vuestro
deshonor. Sí, porque apenas salga de aquí diré todo, diré la violencia que habéis usado contra
mí, diré mi cautividad. De nunciaré este palacio de infamia; estáis colocado muy alto, milord, mas
temblad. Por encima de vos está el rey, por encima del rey está Dios.» Por dueño que pareciese
de sí mismo, mi perseguidor dejó traslucir un movimiento de cólera. Yo no podía ver la expresión
de su rostro, pero había sentido estremecerse su brazo sobre el que estaba puesta mi mano.
«Entonces, no saldréis de aquí, dijo. «Bien, bien! -exclamé yo. Entonces el lugar de mi suplicio
será también el de mi tumba. Yo moriré aquí y ya veréis si un fantasma que acusa no es más
terrible aún que un vivo que amenaza.» «No se os dejará ningún arma.» «Hay una que la
desesperación ha puesto al alcance de toda criatura que tenga el valor de servirse de ella. Me
dejaré morir de hambre.» «Veamos -dijo el miserable-, ¿no vale más la paz que una guerra como
ésta? Os devuelvo la libertad ahora mismo, os proclamo una virtud, os denomino la Lucrecia de
Inglaterra. » «Y yo, yo digo que vos sois Sextus, yo os denuncio a los hombres como os he
denunciado ya a Dios; y si hace falta que, como Lucrecia, firme mi acusación con mi sangre, la
firmaré.» «Ah, ah! -dijo mi enemigo en un tono burlón-. Entonces es distinto. A fe que a fin de
cuentas estáis bien aquí: nada os faltará, y si os dejáis morir de hambre, será culpa vuestra.»
Tras estas palabras se retiró, oí abrirse y volverse a cerrar la puerta y permanecí abismada,
menos aún, lo confieso, en mi dolor que en la vergüenza de no haberme vengado. Mantuvo su
palabra. Todo el día, toda la noche transcurrieron sin que volviese a verlo. Pero yo también
mantuve mi palabra, y no comí ni bebí; como le había dicho, estaba resuelta a dejarme morir de
hambre. Pasé el día y la noche rezando, porque esperaba que Dios me perdonase mi suicidio. La segunda noche la puerta se abrió; estaba tumbada en el suelo, las fuerzas comenzaban a
abandonarme. Ante el ruido, me levanté sobre una mano. «Y bien -me dijo una voz que vibraba
de una forma demasiado terrible a mi oído para que no la reconociese-; y bien, nos hemos
dulcificado un poco, y pagaremos nuestra libertad con la sofa promesa del silencio.


 

 
 

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