Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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de rodillas, con las
manos aferradas a una de las columnas del pie; entonces compren dí que estaba perdida.
Felton palideció horrorosamente, y un estremecimiento convulsivo corrió por todo su cuerpo.
-Y lo que era más horroroso -continuó Milady con la voz altera da como si hubiera
experimentado aún la misma angustia que en aquel momento terrible- es que aquella vez yo
tenía conciencia del peligro que me amenazaba; es que mi alma, puedo decirlo, velaba en mi
cuerpo adormecido; es que yo veía, es que oía; es cierto que todo aquello era como un sueño,
pero no por ello menos espantoso. Vi la lámpara que ascendía y que poco a poco me dejaba en
la oscuridad; luego oí el chirrido tan bien conocido de aquella puerta, aunque aquella puerta sólo
se hubiera abierto dos veces. Sentí instintivamente que alguien se acercaba a mí; dicen que el
desgraciado perdido en los desiertos de Améri ca siente de este modo la cercanía de la serpiente.
Quería hacer un esfuerzo, trataba de gritar; gracias a una increíble energía de voluntad me
levanté, para volver a caer al punto... y volver a caer en los brazos de mi perseguidor.
-Decidme, pues, ¿quién era ese hombre? -exclamó el joven oficial. Milady vio de una sola mirada todo el sufrimiento que inspiraba a Felton, sopesándolo en cada
detalle de su relato; pero no quería hacerle gracia de ninguna tortura. Con mayor profundidad le
rompería el corazón, con mayor seguridad la vengaría. Ella continuó, pues, como si no hubiera
oído su exclamación, o como si hubiera pensado que no había llegado aún el momento de
responder a ella.
-Sólo que aquella vez el infame tenía que habérselas no ya con una especie de cadáver inerte,
sin ningún sentimiento. Ya os lo he dicho: aunque no conseguía recuperar el ejercicio completo
de mis facultades, me quedaba el sentimiento de mi peligro: luchaba, pues, con todas mis
fuerzas, y, sin duda, pese a lo debilitada que estaba, oponía una larga resistencia, porque lo oí
exclamar: «Estas miserables purita nas! Saba que cansan a sus verdugos, pero las creía menos
fuertes contra sus seductores.» ¡Ay! Aquella resistencia desesperada no podía durar mucho
tiempo, sentí que mis fuerzas se agotaban; y esta vez no fue de mi sueño de lo que el cobarde
se aprovechó, fue de mi desva necimiento.
Felton escuchaba sin hacer oír otra cosa que una especie de rugido sordo; sólo el sudor corría
sobre su frente de mármol, y su mano ocul ta bajo su uniforme desgarraba su pecho.
-Mi primer movimiento al volver en mí fue buscar bajo mi almohada aquel cuchillo que no había
podido alcanzar; si no había servido para la defensa podía servir al menos para la expiación. Pero
al coger aquel cuchillo, Felton, me vino una idea terrible. He jurado decíroslo todo y os lo diré
todo; os he prometido la verdad, la diré aunque me pierda.
-Os vino la idea de vengaros de aquel hombre, ¿no es eso? -exclamó Felton.
-¡Pues, sí! -dijo Milady-. Aquella idea no era de cristiana, lo sé; sin duda ese eterno enemigo de
nuestra alma, ese león que ruge sin cesar en torno de nosotros la soplaba a mi espíritu. En fin,
¿qué puedo deciros Felton? -continuó Milady con el tono de una mujer que se acusa de un
crimen-. Me vino esa idea y sin duda ya no me dejó. Hoy llevo el castigo de ese pensamiento
homicida.
-Continuad, continuad -dijo Felton-, tengo prisa por veros llegar a la venganza.
-¡Oh! Resolví que tenía que llegar lo antes posible, no dudaba de que él volvería a la noche
siguiente Por el día no tenía nada que te mer. Por eso, cuando vino la hora del almuerzo, no dudé
en comer y beber: estaba resuelta a fingir que cenaba, pero no tomaría nada; debía por tanto,
combatir mediante la nutrición de la mañana el ayuno de Ìa noche. Sólo que oculté un vaso de
agua sustraída a mi desayu no, dado que había sido la sed la que más me había hecho sufrir
cuando había permanecido cuarenta y ocho horas sin beber ni comer. El día transcurrió sin tener
otra influencia sobre mí que afirmarme en la resolución tomada: sólo que tuve cuidado de que mi
rostro no traicionase en nada el pensamiento de mi corazón, porque no dudaba de que era
observada; varias veces incluso sentí una sonrisa en mis labios. Felton, no me atrevo a deciros
ante qué idea sonreía, sentiríais horror de mí...
-Continuad, continuad -dijo Felton-, ya veis que escucho y que tengo prisa por llegar.
-Llegó la noche, los acontecimientos habituales se produjeron; en la oscuridad, como de
costumbre, fue servida mi cena, luego la lámpara se iluminó, y


 

 
 

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