Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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suspendida de sus labios, se tomaba en este extraño relato-. ¡Oh, sí, infame! Había creído que le
bastaba con haber triunfado de mí en mi sueño para que todo estuviese dicho; venía esperando
que yo aceptaría mi vergüenza, puesto que mi vergüenza estaba consumada; venía a ofrecerme
su fortuna a cambio de mi amor. Todo cuanto el corazón de una mujer puede contener de
soberbio desprecio y de palabras desdeñosas lo arrojé sobre aquel hombre; sin duda estaba
habituado a reproches semejantes porque me escuchó tranquilo, sonriente y con los brazos
cruzados sobre el pecho; luego, cuan do creyó que yo había dicho todo, se adelantó hacia mí: yo
salté hacia la mesa, cogí un cuchillo y lo apoyé sobre mi pecho. «Dad un paso más -le dije- y
además de mi deshonor tendréis también mi muerte que reprocharos.» Sin duda, en mi mirada,
en mi voz, en toda mi per sona había esa verdad de gesto, de ademán y de acento que lleva la
convicción a las almas más perversas, porque se detuvo. «Vuestro amor! -me dijo-. ¡Oh, no!
Sois una amante encantadora para que consienta en perderos así, después de haber tenido la
dicha de poseeros, una sola vez solamente. ¡Adiós, hermosa! Esperaré para volver a visitaros a
que estéis en mejores disposiciones.» Tras estas palabras, silbó; el globo de llama que iluminaba
mi habitación subió y desapareció; volví a encontrarme en la oscuridad. El mismo ruido de una
puerta que se abre y se cierra se reprodujo un instante después, el globo resplandeciente
descendió de nuevo y volví a encontrarme sola. Aquel momento fue horrible; si aún tenía algunas
dudas sobre mi desdicha, esas dudas se habían desvanecido en una desesperante realidad:
estaba en poder de un hombre al que no sólo detestaba sino al que despreciaba; un hombre
capaz de todo y que ya me había dado una prueba fatal de a lo que podía atreverse.
-Mas ¿quién era ese hombre? -preguntó Felton. -Pasé la noche en una silla, estremeciéndome al menor ruido; porque a media noche más o
menos, la lámpara se había apagado, y yo ya me había vuelto a encontrar en la oscuridad. Mas
la noche pasó sin nuevas tentativas de mi perseguidor. Llegó el día, la mesa había desaparecido;
sólo que yo tenía aún el cuchillo en la mano. Aquel cuchillo era toda mi esperanza. Yo estaba
rota de fatiga; el insomnio quemaba mis ojos; no me había atrevido a dormir ni un solo instante:
el día me tranquilizó, fui a echarme sobre mi cama sin abandonar el cuchillo liberador que oculté
bajo mi almohada. Cuando me desperté, una nueva mesa estaba servida. Esta vez, pese a mis
terrores, a pesar de mis angustias, se hizo sentir un hambre devoradora; hacía cuarenta y ocho
horas que no había tomado ningún alimento: comí pan y algunas frutas; luego, acordándome del
narcótico mezclado al agua que había bebido, no toqué la que estaba e n la mesa y fui a llenar mi
vaso en una fuente de mármol adosada al muro, encima de mi lavabo. Sin embargo, pese a esta
precaución, no permanecí menos tiempo en una angustia horrorosa; pero mis temores no
estaban fundados esta vez: pasé la jornada sin experimentar nada que se pareciese a lo que
temía. Ha bía tenido la precaución de vaciar a medias la jarra para que no se dieran cuenta de mi
desconfianza. Llegó la noche, y'con ella la oscuridad; sin embargo, por profunda que fuese, mis
ojos comenzaban a habituarse a ella; vi en medio de las tinieblas hundirse la mesa en el suelo;
un cuarto de hora después reapareció con mi cena; un instante des pués, gracias a la misma
lámpara, mi habitación se iluminó de nuevo. Estaba resuelta a no comer más que objetos a los
que fuera imposible mezclar ningún somnífero: dos huevos y algunas frutas compusieron mi
comida; luego fui a tomar un vaso de agua de mi fuente protectora y lo bebí. A los primeros
sorbos, me pareció que no tenía el mismo gusto que por la mañana: una sospecha rápida se
apoderó de mí, me detuve, pero ya había tragado medio vaso. Tiré el resto con horror, y esperé,
con el sudor del espanto en la frente. Sin duda, algún invisible testigo me había visto tomar el
agua de aquella fuente, y había aprovechad o mi confianza para asegurar mejor mi pérdida tan
fríamente resuelta, tan cruelmente perseguida. No había transcurrido media ho ra cuando se
produjeron los mismos síntomas; sólo que como aquella vez no había bebido más que medio
vaso de agua, luché más tiempo, y en lugar de dormirme completamente, caí en un estado de
somnolencia que me dejaba sentir lo que pasaba en torno mío, a la vez que me quitaba la fuerza
de defenderme o de huir. Me arrastré hacia mi cama, para buscar allí la única defensa que me
quedaba, mi cuchillo salvador; pero no pude llegar hasta la cabecera: caí


 

 
 

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