-Finalmente, una noche decidieron paralizar esa resistencia que no se podía
vencer: una noche
mezclaron en mi agua un poderoso narcótico; apenas hube acabado mi cena,
me sentí caer poco
a poco en un entumecimiento desconocido. Aunque no sintiese desconfianza, un
temor vago se
apoderó de mí y traté de luchar contra el sueño;
me levanté, quise correr a la ventana, pedir
socorro, pero mis piernas se negaron a llevarme; me parecía que el techo
bajaba contra mi
cabeza y me aplastaba con su peso; tendí los brazos, traté de
hablar, no pude más que lanzar
sonidos inarticulados; un embotamiento irresistible se apoderaba de mí,
me agarré a un sillón,
sintiendo que iba a caer, mas pronto aquel apoyo fue insuficiente para mi brazos
débiles, caí
sobre una rodilla, luego sobre las dos; quise gritar, mi lengua estaba helada;
Dios no me vio ni
me oyó sin duda, y me deslizé por el suelo, presa de un sueño
que se parecía a la muerte. De
todo cuanto pasó en este sueño y del tiempo que transcurrió
durante su duración, ningún recuer-
do tengo; la única cosa que recuerdo es que me desperté acostada
en una habitación redonda
cuyo moblaje era suntuoso, y en la que la luz sólo penetraba por una
abertura del techo. Por lo
demás, ninguna puerta parecía dar entrada a ella: se hubiera dicho
una prisión magnífica. Pasé
mucho tiempo hasta que pude darme cuenta del lugar en que me encontraba y de
todos los
detalles que cuento, mi espíritu parecía lu char inútilmente
para sacudir las pesadas tinieblas de
aquel sueño al que no podía arrancarme; tenía percepciones
vagas de un espacio recorrido, de la
rodadura de un coche, de un sueño horrible en el que mis fuerzas se agotarían;
pero todo
aquello era tan sombrío y tan indistinto en mi pensamiento, que estos
sucesos parecían
pertenecer a otra vida distinta a la mía y, sin embargo, mezclada a la
mía por una fantástica
dualidad. A veces, el estado en que me encontraba me pareció tan extraño,
que creí que era un
sueño. Me levanté vacilante, mis vestidos estaban junto a mí,
sobre una silla: no recordaba ni
haberme des nudado ni haberme acostado. Entonces poco a poco la realidad se
presentó a mí
llena de púdicos terrores: yo no estaba ya en la casa en que vivía;
por lo que podía juzgar por la
luz del sol, habían transcurrido ya dos tercios del día; había
dormido desde la vigilia hasta la
noche; mi sueño había durado, pues, casi veinticuatro horas. ¿Qué
había pasado durante aquel
largo sueño? Me vestí tan rápidamente como me fue posible.
Todos mis movimientos lentos y
embotados atestiguaban que la influencia del narcótico no se había
disipado aún por completo.
Por lo demás, aquel cuarto estaba amueblado para recibir a una mujer;
y la coqueta más
acabada no habría tenido un solo deseo que formular que, paseando su
mirada por el cuarto, no
hubiera visto completamente cumplido. Desde luego no era yo la primera cautiva
que se había
visto encerrada en aquella espléndida prisión; pero como comprenderéis,
Felton, cuanto más
bella era la prisión, más miedo me daba. Sí, era una prisión
porque traté en vano de salir de ella.
Tanteé todos los mu ros con objeto de descubrir una puerta: en todas
las partes los muros
devolvieron un sonido plano y sordo. Quizá quince veces di la vuelta
a aquella habitación,
buscando una salida cualquiera: no la había; caí agotada de fatiga
y de terror en un sillón.
Durante este tiempo, la noche se acercaba rápidamente y con la noche
aumentaban mis terrores:
no sabía si debía quedarme donde estaba sentada; me parecía
que es taba rodeada de peligros
deconocidos en los que iba a caer a cada Paso. Aunque no hubiese comido nada
desde la
víspera, mis temores me impedían sentir hambre. Ningún
ruido de fuera, que me permitiese me-
dir el tiempo, llegaba hasta mí; presumía sólo que podían
ser de las siete a las ocho de la noche;
porque estábamos en el mes de octubre, y la oscuridad era total. De pronto,
el chirrido de una
puerta que gira sobre sus goznes me hizo temblar; un globo de fuego apareció
encima de la
abertura guarnecida de vidrios del techo arrojando una viva luz en mi habitación
y vislumbré con
terror que un hombre estaba de pie a algunos pasos de mí. Una mesa con
dos cubiertos, con una
cena totalmente preparada, se había alzado como por magia en medio del
cuar to. Aquel hombre
era el que me perseguía desde hacía un año, el que había
jurado mi deshonor y el que, a las
primeras palabras que salieron de su boca, me hizo comprender que lo había
cumplido la noche
anterior.
-¡Infame! -murmuró Felton.
-¡Oh, sí, infame! -exclamó Milady viendo el interés
que el joven oficial, cuya alma parecía
