Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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perder el tiempo en palabras inútiles y en có leras sin efecto.
-Vamos, vamos -dijo el barón al dejarla-, ¡esta noche todavía no escaparéis!
A las diez vino Felton a colocar un centinela; Milady reconoció su paso. Ahora lo adivinaba ella
como una amante adivina el del amado de su corazón, y, sin embargo, Milady detestaba y
despreciaba a la vez a aquel débil fanático.
No era la hora convenida, Felton no entró.
Dos horas después, y cuando daban las doce, el centinela fue relevado.
Esta vez sí era la hora; por eso, a partir de ese momento Milady esperó con impaciencia.
El nuevo centinela comenzó a pasearse por el corredor.
Al cabo de diez minutos llegó Felton. Milady prestó oído.
-Escucha -dijo el joven al centinela- no te alejes de este puesto bajo ningún pretexto, porque
sabes que la noche pasada un soldado fue castigado por milord por haber dejado su puesto un
instante, aunque fui yo quien, durante su corta ausencia, vigiló en su puesto.
-Sí, lo sé -dijo el soldado.
-Te recomiendo, por tanto, la más exacta vigilancia. Yo -aña dió- voy a entrar para inspeccionar
por segunda vez la habitación de esta mujer, que según temo tiene siniestros proyectos contra sí
misma y a la cual he recibido orden de cuidar.
-Bueno -murmuró Milady-, ¡ya tenemos al austero puritano mintiendo!
En cuanto al soldado, se contentó con sonreír.
-¡Diantre! Mi teniente -dijo-, no sois tan desgraciado por estar encargado de semejantes
comisiones, sobre todo si milord os autoriza a mirar hasta en su cama.
Felton se ruborizó; en cualquier otra circunstancia hubiera reprendido al soldado que se
permitía semejante broma; pero su conciencia murmuraba demasiado alto para que su boca
osase hablar.
-Si llamo -dijo-, ven; igual que si alguien viene, llámame.
-Sí, mi teniente -dijo el soldado.
Felton entró en la habitación de Milady. Milady se levantó.
-¿Ya estáis aquî? -dijo ella.
-Os había prometido venir -dijo Felton- y he venido.
-Me habíais prometido otra cosa además.
-¿Qué? ¡Dios mío! -dijo el joven que, pese a su dominio sobre sí mismo, sentía sus rodillas
temblar y comenzar a brotar el sudor en su frente.
-Habíais prometido traerme un cuchillo y dejármelo tras nuestra conversación.
-No habléis de eso, señora -dijo Felton- no hay situación por terrible que sea que autorice a
una criatura de Dios a darse la muerte. He reflexionado que no debo hacerme nunca culpable de
semejante pecado.
-¡Ah, habéis reflexionado! -dijo la prisionera sentándose en su sillón con una sonrisa de
desdén-. También yo he reflexionado.
-¿En qué?
-En que yo no tenía nada que decir a un hombre que no ma nte nía su palabra.
-¡Dios mío! -murmuró Felton.
-Podéis retiraros - dijo Milady-, no hablaré.
-¡Aquí está el cuchillo! -dijo Felton sacando de su bolsillo el ar ma que según su promesa había
traído, pero que dudaba en entregar a su prisionera.
-Veámoslo -dijo Milady.
-¿Qué vais a hacer?
-Palabra de honor, os lo devuelvo al momento; lo pondré sobre la mesa y vos quedaréis entre
él y yo.
Felton tendió el arma a Milady, que examinó atentamente su tem ple y probó la punta en el
extremo de su dedo.
-Bien -dijo ella devolviendo el cuchillo al joven oficial-, es un buen acero; sois un fiel amigo,
Felton. Felton cogió el arma y la puso sobre la mesa como acababa de ser acordado con su prisionera.
Milady lo siguió con los ojos e hizo un gesto de satisfacción.
-Ahora -dijo ella-, escuchadme.
La recomendación era inútil: el joven oficial estaba de pie ante ella esperando sus palabras
para devorarlas.
-Felton -dijo Milady con una severidad llena de melancolía-, Felton, si vuestra hermana, la hija
de vuestro padre, os dijera: «Joven aún, bastante hermosa por desgracia, me hicieron caer en
una trampa, resistí; se multiplicaron en torno mío las emboscadas, resistí; se blasfemó la religión
a la que sirvo, al Dios que adoro, porque llamaba en mi ayuda a ese Dios y a esa religión, resistí;
entonces se me prodigaron los ultrajes, y como no podían perder mi alma, quisieron mancillar mi
cuerpo para siempre; finalmente...»
Milady se detuvo, y una sonrisa amarga pasó por sus labios.
-Finalmente -dijo Felton-, finalmente, ¿qué han hecho?


 

 
 

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