tan tumultuosos, que no quedaba en ella sitio para ningún amor, de capricho
o de materia, ese
sentimiento que se nutre de ocio y crece con la corrupción. Milady había
abierto por tanto
brecha, con su falsa virtud, en la opinión de un hombre horriblemente
prevenido contra ella, y
con su belleza en el corazón y los sentidos de un hombre casto y puro.
Finalmente, se había
mostrado a sí misma la medida de sus medios, desconocidos para ella misma
hasta entonces,
mediante esta experiencia hecha sobre el sujeto más rebelde que la naturaleza
y la religión
podían someter a su estudio.
Sin embargo, durante la velada muchas veces había desesperado ella del
destino y de sí
misma; no invocaba a Dios, ya lo sabemos, pero tenía fe en el genio del
mal, esa inmensa
soberanía que reina en todos los detalles de la vida humana, y a la que,
como en la fábula árabe,
un grano de granada le basta para reconstruir un mundo perdido.
Milady, bien preparada para recibir a Felton, pudo montar sus baterías
para el día siguiente.
Sabía que no le quedaban más que dos días, que una vez
firmada la orden por Buckingham (y
Buckingham la firmaría tanto más fácilmente cuanto que
la orden llevaba un nombre fal so, y que
no podría él reconocer a la mujer de que se trataba), una vez
firmada aquella orden, decíamos,
el barón la haría embarcar inmediatamente, y sabía también
que las mujeres condenadas a la
deporta ción usan armas mucho menos poderosas en sus seducciones que
las pretendidas
mujeres virtuosas cuya belleza ilumina el sol del mundo, cuyo espíritu
alaba la voz de la moda y
un reflejo de aristocracia adora con sus luces encantadas. Ser una mujer condenada
a una pena
miserable a infamante no es impedimento para ser bella, pero es un obstá
culo para volverse
alguna vez poderosa. Como todas las gentes de mérito real, Milady conocía
el medio que
convenía a su naturaleza, a sus recursos. La pobreza le repugnaba, la
abyección disminuía dos
tercios de su grandeza. Milady no era reina sino entre las reinas; su dominación
necesitaba el
placer del orgullo satisfecho. Mandar a seres inferiores era para ella más
una humillación que un
placer.
Desde luego, habría vuelto de su exilio, eso no lo dudaba ni un ins tante;
pero ¿cuánto tiempo
podría durar ese exilio? Para una naturaleza activa y ambiciosa como
la de Milady, los días que
uno no se ocupa en subir son días nefastos. ¡Piénsese, pues,
cuál es la palabra con que deben
denominarse los días que uno emplea en descender! Perder un año,
dos años, tres años; es
decir, una eternidad, volver cuando D'Ar tagnan, feliz y triunfante, hubiera
recibido de la reina,
junto con sus amigos, la recompensa que se habían granjeado de sobra
con los servicios que
habían prestado: era ésta una de esas ideas devoradoras que una
mujer como Milady no podía
soportar. Por lo demás, la tormenta que bramaba en ella duplicaba su
fuerza, y habría hecho
estallar los muros de su prisión si su cuerpo hubiera podido tomar por
un solo instante las
proporciones de su espíritu.
Luego, lo que en medio de todo esto la aguijoneaba era el recuerdo del cardenal.
¿Qué debía
pensar, qué debía decir de su silencio el cardenal, desconfiado,
inquieto, suspicaz; el cardenal, no
sólo su único apoyo, su único sostén, su único
protector en el presente, sino además el principal
instrumento de su fortuna y de su venganza futura? Ella lo conocía, ella
sabía que a su retraso
tras un viaje inútil, por más que arguyese la prisión,
por más que exaltase los sufrimientos
soporta dos, el cardenal respondería con aquella calma burlona del escéptico
potente a la vez por
la fuerza y por el genio: «No teníais que haberos dejado coger!»
Entonces Milady reunía toda su energía, murmurando en el fondo
de su pensamiento el
nombre de Felton, el único destello de luz que penetraba hasta ella en
el fondo del infierno en
que había caído; y como una serpiente que enrolla y desenrolla
sus anillos para darse ella misma
cuenta de su fuerza, envolvía de antemano a Felton en los mil repliegues
de su imaginación
inventiva.
Sin embargo el tiempo transcurría, las horas, unas tras otras, parecían
despertar la campana al
pasar, y cada golpe del badajo de bronce repercutía en el corazón
de la prisionera. A las nueve,
lord de Winter hizo su visita acostumbrada, miró la ventana y los barrotes,
sondeó el suelo y los
muros, inspeccionó la chimenea y las puertas sin que durante esta larga
y minuciosa inspección
ni él ni Milady pronunciasen una sola palabra.
Indudablemente los dos comprendían que la situación se había
vuelto demasiado grave para
