forma que el barón creyó que ella se dirigía al
cielo y que Felton comprendió que era para él.
Felton bajó la cabeza y meditó.
El barón tomó al oficial por el brazo volviendo la cabeza sobre
su hombro, a fin de no perder
de vista a Milady hasta haber salido.
-Vamos, vamos -dijo la prisionera cuando la puerta se hubo cerrado-, no estoy
tan adelantada
como creía. Winter ha cambiado su estupidez ordinaria por una prudencia
desconocida. ¡Lo que
es el deseo de venganza, y cuánto forma al hombre ese deseo! En cuanto
a Felton, duda. ¡Ay, no
es un hombre como ese maldito D'Artagnan! Un puritano no adora más que
a las vírgenes, y las
adora juntando las manos. Un mosquetero ama a las mujeres, y las ama juntado
los brazos.
Sin embargo, Milady esperó con impaciencia, porque sospechaba que la
jornada no pasaría sin
volver a ver a Felton. Por fin una hora después de la escena que acabamos
de contar, oyó que se
hablaba en voz baja junto a la puerta, luego al punto la puerta se abrió
y reconoció a Felton.
El joven avanzó rápidamente por el cuarto, dejando la puerta abierta
tras él y haciendo señal a
Milady de callarse; tenía el rostro alterado.
-¿Qué me queréis? -dijo ella.
-Escuchad -respondió Felton en voz baja-, acabo de alejar al centinela
para poder permanecer
aquí sin que se sepa que he venido, para hablaros sin que se pueda oír
lo que os digo. El barón
acaba de contarme una historia espantosa.
Milady adoptó una sonrisa de víctima resignada y sacudió
la cabeza.
-O vos sois un demonio -continuó Felton-, o el barón, mi bienhechor,
mi padre, es un
monstruo. Os conozco desde hace cuatro días, le amo a él desde
hace diez años; puedo, pues,
dudar entre los dos; no os asustéis de lo que os digo, necesito estar
convencido. Esta noche,
después de las doce, vendré a veros, vos me convenceréis.
-No, Felton, no, hermano mío -dijo ella-, el sacrificio es demasiado
grande, y siento cuán to os
cuesta. No, estoy perdida, no os perdáis conmigo. Mi muerte será
mucho más elocuente que mi
vida, y el silencio del cadáver os convencerá mucho mejor que
las palabras de la prisionera.
-Callaos, señora -exclamó Felton-, y no me habléis así;
he ve nido para que me prometáis bajo
palabra de honor, para que me juréis por lo más sagrado para vos
que no atentaréis contra
vuestra vida.
-No quiero prometer -dijo Milady- porque nadie más que yo respeta el
juramento y, si
prometiera, tendría que cumplirlo.
-¡Pues bien! - dijo Felton-. Comprometeos sólo hasta el momento
en que me volváis a ver. Si
cuando me hayáis vuelto a ver persistís aún, ¡pues
bien!, entonces seréis libre, y yo mismo os
daré el arma que me habéis pedido.
-¡De acuerdo! -dijo Milady-. Esperaré por vos.
-Juradlo.
-Lo juro por nuestro Dios. ¿Estáis contento?
-Bien -dijo Felton-; hasta esta noche.
Y se precipitó fuera del cuarto, volvió a cerrar la puerta y
esperó fuera, con el espontón del
soldado en la mano, como si hubiera montado la guardia en su lugar.
Una vez vuelto el soldado, Felton le devolvió el arma.
Entonces, a través del postigo al que se había acercado, Milady
vio al joven persignarse con un
fervor delirante a irse por el corredor con un transporte de alegría.
En cuanto a ella, volvió a su puesto con una sonrisa de salvaje desprecio
en sus labios, y
repitió blasfemando ese nombre terrible de Dios por el que había
jurado sin haber aprendido
nunca a conocerlo.
-¡Mi Dios! -dijo ella-. ¡Fanático insensato! ¡Mi Dios
soy yo, yo, y él quien me ayudará a
vengarme!
Capítulo LVI
Quinta jornada de cautividad
Milady había llegado a la mitad del triunfo y el éxito obtenido
redo blaba sus fuerzas.
No era difícil vencer, como lo había hecho hasta entonces, a hom
bres prontos a dejarse seducir
y a quienes la educación galante de la corte arrastraba pronto a la trampa;
Milady era bastante
hermosa para no encontrar resistencia de parte de la carne, y era bastante hábil
para pasar por
encima de todos los obstáculos del espíritu.
Mas esta vez tenía que luchar contra una naturaleza salvaje, concentrada,
insensible a fuerza
de austeridad; la religión y la penitencia habían hecho de Felton
un hombre inaccesible a las
seducciones corrientes. Daba vueltas en aquella cabeza exaltada a planes tan
vastos, a proyectos
