mismo acento de exaltación, dejó caer sus manos y, como si la
debilidad de la mujer se
superpusiese al entusiamo del instante:
-Mas no -dijo-, no me toca a mí ser la Judith que libró a Betulia
de este Holofernes. La espada
del Eterno es demasiado pesada para mi brazo. Dejadme, pues, rehuir el deshonor
de la muerte,
dejadme refugiarme en el martirio. No os pido ni la libertad, como haría
un culpable, ni la
venganza, como haría una pagana. Dejadme rríorir, eso es todo.
Os suplico, os imploro de
rodillas: dejadme morir, y mi último suspiro será una bendición
para mi salvador.
Ante esta voz dulce y suplicante, ante esta mirada tímida y abatida,
Felton se acercó. Poco a
poco la encantadora se había revestido de aquellos adornos mágicos
que se ponía y quitaba a
voluntad, es decir, la belleza, la dulzura, las lágrimas y, sobre todo,
el irresistible atractivo de la
voluptuosidad mística, la más devoradora de las voluptosidades.
-¡Ay! -dijo Felton-. No puedo más que una cosa, compadeceros si
me probáis que sois una
víctima. Mas lord de Winter tiene crueles quejas contra vos. Vos sois
cristiana, sois mi hermana
en religión; me siento arrastrado hacia vos, yo que no he amado más
que a mi bienhechor, yo,
que no he encontrado en la vida más que traidores e impíos. Pero
vos, señora, tan bella en
realidad, tan pura en apariencia, para que lord de Winter os persiga, habréis
cometido
iniquidades.
-Tienen ojos -repitió Milady con un acento indecible de dolor- y no verán;
tienen oídos y no
oirán.
-Entonces -exclamó el joven oficial- hablad, hablad, pues.
-¡Confiaros mi vergüenza! -exclamó Milady con el rubor del
pu dor en el rostro-. Porque a
menudo el crimen de uno es la vergüenza del otro. ¡Confiaros mi vergüenza
a vos, un hombre;
yo, una mujer! ¡Oh! -continuo ella llevando púdicamente su mano
sobre sus hermo sos ojos-. ¡Oh,
jamás, jamás podré!
-¡A mí, a un hermano! -exclamó Felton.
Milady lo miró largo tiempo con una expresión que el joven oficial
tomó por duda, y que, sin
embargo, no era más que una observación y, sobre todo, voluntad
de fascinar.
Felton, suplicante a su vez, juntó las manos.
-Pues bien -dijo Milady-, me fío de mi hermano, me atrevo.
En ese momento se oyó el paso de lord de Winter; pero esta vez el terrible
cuñado de Milady
no se contentó, como había hecho la víspera, con pasar
delante de la puerta y alejarse: se
detuvo, cambió dos palabras con el centinela, luego la puerta se abrió
y apareció él.
Mientras se habían cambiado esas dos palabras, Felton había retro
cedido vivamente, y cuando
lord de Winter entró, él estaba a algunos pasos de la prisionera.
El barón entró lentamente y dirigió su mirada escrutadora
de la prisionera al joven oficial.
-Hace mucho tiempo, John -dijo-, que estáis aquí. ¿Os ha
contado esa mujer sus crímenes?
Entonces comprendo la duración de la entrevista.
Felton temblaba, y Milady sintió que estaba perdida si no acudía
en ayuda del puritano
desconcertado.
-¡Ah! ¡Teméis que vuestra prisionera se os escape! -dijo
ella-. Pues bien, preguntad a vuestro
digno carcelero qué gracia solicitaba de él hace un instante.
-¿Pedíais una gracia? -dijo el baron suspicaz.
-Sí, milord -replicó el joven confuso.
-Y veamos, ¿qué gracia? -preguntó lord de Winter.
-Un cuchillo que ella me devolverá por el postigo un mimuto después
de haberlo recibido
-respondió Felton.
-¿Hay aquí alguien escondido a quien esta graciosa persona quiera
degollar? -prosiguió lord de
Winter con su voz burlona y despreciativa.
-Estoy yo -respondió Milady.
-Os he dado a elegir entre América y Tyburn -replicó lord de Winter-;
escoged Tyburn, Milady:
la cuerda es todavía más segura que el cuchillo creedme.
Felton palideció y dio un paso adelante pensando que, en el momento en
que él había entrado,
Milady tenía una cuerda.
-Tenéis razón -dijo ésta-, y ya había pensado en
ello -luego añadió con una voz sorda-: lo
volveré a pensar.
Felton sintió correr un estremecimiento hasta en la médula de
sus huesos; probablemente lord
de Winter percibió este movimiento.
-Desconfía, John -dijo-. John, amigo mío, me he apoyado en ti,
ten cuidado. ¡Te he prevenido!
Además, ten valor, hijo mío, dentro de tres días nos veremos
libres de esta criatura, y donde la
envíen no perjudicará a nadie.
-¡Ya lo oís! -exclamó Milady con escándalo de tal
