Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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de otro hombre
cuando los más sabios, cuando los más grandes, según Dios, dudan en responder de ellos
mismos, y que se coloca en el partido más fuerte y más feliz para abrumar a la más débil y más
desdichada.
-Imposible, señora, imposible -murmuró Felton, que en el fondo de su corazón sentía la justicia
de este argumento-; prisionera, no recuperaréis por mí la libertad; viva, no perderéis por mí la
vida.
-Sí -exclamó Milady-, pero perderé lo que es mucho más caro que la vida, perderé el honor,
Felton, y seréis vos, vos, a quien yo haré responsable ante Dios y ante los hombres de mi
vergüenza y de mi infamia.
Esta vez Felton, por más impasible que fuera o que fingiera ser, no pudo resistir a la influencia
secreta que ya se había apoderado de él: ver a aquella mujer tan hermosa, blanca como la más
cándida visión, verla alternativamente desconsolada y amenazadora, sufrir a la vez el ascendiente
del dolor y de la belleza, era demasiado para un visionario, era demasiado para un cerebro
minado por los sueños ardien tes de la fe extática, era demasiado para un corazón corroído a la
vez por el amor del cielo que abrasa, por el odio de los hombres que devora.
Milady vio la turbación, sentía por intuición la llama de las pasiones opuestas que ardían con la
sangre en las venas del joven fanático; y como un general hábil que, viendo al enemigo
dispuesto a retroceder, marcha sobre él lanzando el grito de victoria, ella se levantó, bella co mo
una sacerdotisa antigua, inspirada como una virgen cristiana, y con el brazo extendido, el cuello
al descubierto, los cabellos esparcidos, reteniendo con una mano su vestido púdicamente
recogido sobre su pecho, la mirada iluminada por ese fuego que ya había llevado el desorden a
los sentidos del joven puritano, caminó hacia él, exclamando con un aire vehemente de su voz
tan dulce, a la que, en aquella ocasión, prestaba un acento terrible:

Entrega a Baal su víctima,
arroja a los leones el mártir:
¡Dios hará que te arrepientas!...
A él clamo desde el abismo.

Felton se detuvo ante este extraño apóstrofe, como petrificado. -¿Quién sois vos, quién sois vos? -exclamó él juntando las manos-. ¿Sois una enviada de Dios,
sois un ministro de los infiernos, sois ángel o demonio, os llamáis Eloah o Astarté?
-¿No me has reconocido, Felton? Yo no soy ni un ángel ni un demonio, soy una hija de la
tierra, soy una hermana de tu creencia, eso es todo.
-¡Sí, sil -dijo Felton-. Aún dudaba, pero ahora creo.
-¡Crees y, sin embargo, eres el cómplice de ese hijo de Belial que se llama lord de Winter!
¡Crees y, sin embargo, me dejas en manos de mis enemigos, del enemigo de Inglaterra, del
enemigo de Dios! ¡Crees y, sin embargo, me entregas a quien llena y mancilla el mundo con sus
herejías y sus desenfrenos, a ese infame Sardanápalo a quien los ciegos llaman duque de
Buckingham y a quien los creyentes llaman el anticristo!
-¿Yo entregaros a Buckingham? ¿Yo? ¿Qué decís?
-Tienen ojos -exclamó Milady- y no verán; tienen oídos y no oirán.
-Sí, sí -dijo Felton pasándose las manos por la frente cubierta de sudor como para arrancar de
ella su última duda-; sí, reconozco la voz que me habla en mis sueños: sí, reconozco los rasgos
del ángel que se me aparece cada noche, gritando a mi alma que no puede dor mir: «Golpea,
salva a Inglaterra, sálvate a ti mismo, porque morirás sin haber calmado a Dios!» ¡Hablad,
hablad! -exclamó Felton-. Ahora puedo comprenderos.
Un destello de alegría terrible, pero rápido como el pensamiento, brotó de los ojos de Milady.
Por fugitiva que hubi era sido aquella luz homicida, Felton la vio y se estremeció como si aquella
luz hubiera iluminado los abismos del corazón de aquella mujer.
Felton se acordó de pronto de las advertencias de lord de Winter, de las seducciones de Milady,
de sus primeras ten tativas desde su llegada; retrocedió un paso y bajó la cabeza, pero sin cesar
de mirarla; como si, fascinado por aquella extraña criatura, sus ojos no pudieran desprenderse
de sus ojos.
Milady no era mujer capaz de equivocarse en cuanto al sentido de aquella duda. Bajo sus
aparentes emociones su sangre fría no la abandonaba. Antes de que Felton le hubiera respondido
y de que ella se viera obligada a proseguir aquella conversación tan difícil de sostener en el


 

 
 

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