Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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hasta el final! ¡Ese cuchillo dejádmelo un mimuto solamente, por gracia, por piedad! Abrazo
vuestras rodillas; mirad, cerraréis la puerta, no es en vos en quien quiero usarlo. ¡Dios!, en vos,
el único ser justo, bueno y compasivo que he encontrado; en vos, mi salvador quizá; un minuto,
ese cuchillo, un minuto, uno sólo, y os lo devuelvo por el postigo de la puerta; nada más que un
minuto, señor Felton, ¡y habréis salvado mi honor!
-¡Mataros! -exclamó Felton con terror, olvidando retirar sus manos de las manos de la
prisionera-. ¡Mataros!
-¡He dicho señor -murmuró Milady bajando la voz y dejándose caer abatida sobre el suelo-, he
dicho mi secreto! Lo sabe todo, Dios mío, estoy perdida.
Felton permanecía de pie, inmóvil e indeciso.
«Aún duda -pensó Milady-, no he sido suficientemente verdadera.»
Se oyó caminar en el corredor; Milady reconoció el paso de lord de Winter. Felton lo reconoció
también y se adelantó hacia la puerta.
Milady se abalanzó.
-¡Oh!, ni una palabra -dijo con voz concentrada-, ni una palabra de cuanto os he dicho a ese
hombre, o estoy perdida, y seréis vos, vos...
Luego, como los pasos se acercaban, ella se calló por miedo a que su voz fuera oída, apoyando
con un gesto de terror infinito su hermosa mano sobre la boca de Felton. Felton rechazó
suavemente a Milady, que fue a caer sobre una tumbona.
Lord de Winter pasó ante la puerta sin detenerse, y se oyó el ruido de los pasos que se
alejaban.
Felton, pálido como la muerte, permaneció algunos instantes con el oído tenso y escuchando;
luego, cuando el ruido se hubo apagado por completo, respiró como un hombre que sale de un
sueño, y se precipitó fuera de la habitación.
-¡Ah! -dijo Milady escuchando a su vez el ruido de los pasos de Felton, que se alejaban en
dirección opuesta a los de lord de Winter-. ¡Por fin eres mío!
Luego su frente se ensombreció.
-Si le habla al barón -dijo-, estoy perdida, porque el barón, que sabe de sobra que no me
mataré, me pondrá delante de él un cuchillo en las manos, y él verá que toda esta gran
desesperación no era más que un juego.
Fue a situarse ante el espejo y se miró: jamás había estado tan bella.
-¡Oh, sí -dijo sonriendo-, pero él no hablará!
Por la noche, lord de Winter vino con la cena.
-Señor -le dijo Milady-, ¿vuestra presencia es un accesorio obligado de mi cautividad, o podríais
ahorrarme ese aumento de torturas que causan v uestras visitas?
-¡Cómo, querida hermana! - dijo de Winter-. ¿No me anunciasteis sentimentalmente, con esa
linda boca tan cruel hoy para mí, que veníais a Inglaterra con el único fin de verme a vuestro
gusto, goce cuya privación, según decíais, sentíais t anto que lo arriesgasteis todo por eso:
mareo, tempestad, cautividad? Pues bien, aquí me tenéis, quedad satisfecha; además, esta vez
mi visita tiene un motivo. Milady se estremeció, creyó que Felton había hablado; nunca en toda su vida quizá aquella
mujer, que había experimentado tantas emociones potentes y opuestas, había sentido latir su
corazón tan violentamente.
Estaba sentada; lord de Winter cogió un sillón, lo acercó a su lado y se sentó junto a ella;
luego, sacando de su bolso un papel que desplegó lentamente:
-Mirad -le dijo-, quería mostraros esta especie de pasaporte que yo mismo he redactado y que
en adelante os servirá de número de orden en la vida que consiento en dejaros.
Luego, volviendo sus ojos de Milady al papel, leyó:

«Orden de conducir a...»

-El nombre está en blanco -interrumpió lord de Winter-. Si tenéis alguna preferencia,
indicádmela; y con tal que sea a un millar de leguas de Londres, se hará a vuestro gusto.
Prosigo:

«Orden de conducir a... la citada Charlotte Backson, marcada por la justicia del
reino de Francia, mas liberada por el castigo; permanecerá en esa residencia, sin
apartarse nunca de ella más de tres leguas. En caso de tentativa de evasión, le
será aplicada la pena de muerte. Recibirá cinco chelines diarios para su aloja-
miento y alimentación.»

-Esa orden no me concierne a mí -respondió fríamente Milady-, porque lleva un nombre distinto
al mío.
-¡Un nombre! Pero ¿es que tenéis uno?


 

 
 

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