-Tengo el de vuestro hermano.
-Os equivocáis, mi hermano sólo es vuestro segundo marido, y el
primero todavía vive.
Decidme su nombre y lo pondré en vez del nombre de Charlotte Backson.
¿No? ¿No queréis?...
¿Guardáis silencio? ¡Está bien! Seréis inscrita
bajo el nombre de Charlotte Backson.
Milady permaneció silenciosa; sólo que en esta ocasión
no era ya por su afectación, sino por
terror; creyó que la orden estaba dispuesta a ser ejecutada: pensó
que lord de Winter había
adelantado su partida; creyó que estaba condenada a partir aquella misma
noche. En su mente
todo lo vio, pues, perdido durante un instante cuando de pronto se dio cuenta
de que la orden
no estaba adornada con ninguna firma.
La alegría que sintió ante este descubrimiento fue tan grande
que no la pudo ocultar.
-Sí, sí -dijo lord de Winter, que se dio cuenta de lo que ella
pensaba-. Sí, buscáis la firma y os
decís: no todo está perdido, porque ese acta no está firmada;
me lo enseñan para asustarme,
eso es todò. Os equivocáis: mañana esta orden será
enviada a lord de Buc kingham; pasado
mañana volverá firmada por su puño y adornada con su sello,
y veinticuatro horas después, y de
eso yo soy quien os responde, recibirá su principio de ejecución.
Adiós, señora, eso es todo lo
que tenía que deciros.
-Y yo os responderé, señor, que ese abuso de poder y ese exilio
bajo nombre supuesto son
una infamia.
-¿Preferís ser colgada bajo vuestro verdadero nombre, Milady?
Ya lo sabéis, las leyes inglesas
son inexorables cuando se abusa del matrimonio; explicaos con franqueza: aunque
mi nombre, o
mejor el nombre de mi hermano, se halle mezclado en todo esto, correré
el riesgo del escándalo
en un proceso público con tal de estar seguro de que al mismo tiempo
me veré libre de vos.
Milady no respondió, pero se tornó pálida como un cadáver.
-¡Ah, ya veo que preferís la peregrinación! Divinamente,
señora, y hay un viejo proverbio que
dice que los viajes forman a la juventud. ¡A fe que no estáis equivocada
después de todo: la vida
es buena! Por eso no me preocupa que vos me la quitéis. Todavía
queda por arreglar el asunto
de los cinco chelines; me muestro algo parsimonioso, ¿no es as? Se debe
a que no me preocupa
que corrompáis a vuestros guardianes. Además, siempre os quedarán
vuestros encantos para
seducir los. Usadlos si vuestro fracaso con Felton no os ha asqueado de las
tentativas de ese
género.
«Felton no ha hablado -se dijo Milady-, nada está perdido aún.»
-Y ahora, señora, hasta luego. Mañana vendré para anunciaros
la partida de mi mensajero.
Lord de Winter se levantó, saludó irónicamente a Milady
y salió. Milady respiró: todavía tenía
cuatro días por delante; cuatro días le bastaban para terminar
de seducir a Felton.
Una idea terrible se le ocurrió entonces: que lord de Winter enviaría
quizá al propio Felton a
hacer firmar la orden a Buckingham; de esa suerte Felton se le escapaba, y para
que la
prisionera triunfase se necesitaba la magia de una seducción continua.
Sin embargo, como hemos dicho, una cosa la tranquilizaba: Felton no había
hablado.
No quiso parecer conmocionada por las amenazas de lord de Win ter, se sentó
a la mesa y
comió.
Luego, como había hecho la víspera, se puso de rodillas y repitió
en voz alta sus oraciones.
Como la víspera, el soldado dejó de caminar y se detuvo para escucharla.
Al punto oyó pasos más ligeros que los del centinela que venían
del fondo del corredor y que
se detenían ante su puerta.
-Es él -dijo.
Y comenzó el mismo canto religioso que la víspera había
exaltado tan violentamente a Felton.
Mas, aunque su voz dulce, plena y sonora vibró más armoniosa y
más desgarradora que nunca,
la puerta permaneció cerrada. En una de las miradas furtivas que lanzaba
sobre un pequeño
postigo, le pareció a Milady vislumbrar a través de la reja cerrada
los ojos ardientes del joven;
pero fuera realidad o visión, esta vez él tuvo sobre sí
mismo el poder de no entrar.
Sólo que instantes después de que ella terminara su canto religioso,
Milady creyó oír un
profundo suspiro; luego los mismos pasos que había oído acercarse
se alejaron lentamente y
como con pesar.
Capítulo LV
