Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-¡Culpable yo! -dijo Milady con una sonrisa que habría desarmado al angel del juicio final-.
¡Culpable! ¡Dios mío, tú sabes bien si lo soy! Si decís que estoy condenada, señor, sea en buena
hora; pero ya lo sabéis Dios, que ama a los mártires, permite que, a veces, se condene a los
inocentes.
-Si estuvierais condenada, si fuerais mártir -respondió Felton-, razón de más para rezar, y yo
mismo os ayudaría con mis plegarias.
-¡Oh! Vos sois justo -exclamó Milady, precipitándose a sus pies-; mirad, no puedo resistir por
más tiempo, porque temo que me falten las fuerzas en el momento en que tenga que sostener la
lucha y confesar mi fe; escuchad, pues, la súplica de una mujer desesperada. Os engañan, señor,
pero no se trata de esto, no os pido más que una gracia, y si me la concedéis, os bendeciré en
este mundo y en el otro.
-Hablad con el señor, señora -dijo Felton-; afortunadamente no estoy encargado ni de
perdonar ni de castigar; y es alguien más alto que yo a quien Dios ha confiado esa
responsabilidad.
-A vos, no, sólo a vos. Escuchadme, antes de contribuir a mi per dición, antes de contribuir a mi
ignominia. -Si habéis merecido esa vergüenza, señora, si habéis incurrido en esa ignominia, hay que
sufrirla ofreciéndola a Dios.
-¡Qué decís! ¡Oh, no me comprendéis! Cuando yo hablo de ignominia, creéis que hablo de un
castigo cualquiera, de la prisión o de la muerte. ¡Ojalá plazca al cielo! ¿Qué me importan a mí la
muerte o la prisión?
-Soy yo quien ahora no os comprende, señora.
-O quien finge no comprenderme, señor -respondió la prisionera con una sonrisa de duda.
-¡No, señora, por el honor de un soldado, por la fe de un cristiano!
-¡Cómo! ¿Ignoráis los designios de lord de Winter sobre mí?
-Los ignoro.
-Imposible, sois su confidente.
-Yo no miento nunca, señora.
-¡Oh! Se esconde demasiado poco para que no se le adivine.
-Yo no trato de adivinar nada, señora; yo espero que se confíe a mí; y aparte de lo que ante
vos me ha dicho, lord de Winter nada me ha confiado.
-Mas -exclamó Milady con un increíble acento de verdad-, ¿no sois, pues, su cómplice, no
sabéis, pues, que él me destina a una vergüenza que todos los castigos de la tierra no podrían
igualar en horror?
-Os equivocáis, señora -dijo Felton enrojecido-; lord de Winter no es capaz de semejante
crimen.
«Bueno -dijo Milady para sus adentros-, ¡sin saber lo que es, lo llama crimen!»
Y luego, en voz alta:
-El amigo del infame es capaz de todo.
-¿A quién llamáis infame? -preguntó Felton.
-¿Hay en Inglaterra dos hombres a quien un nombre semejante pueda convenir?
-¿Os referís a Georges Villiers? -dijo Felton, cuyas miradas se inflamaron.
-A quien los paganos, los gentiles y los infieles llaman duque de Buckingham -prosiguió
Milady-. ¡No habría creído que hubiera un inglés en toda Inglaterra que necesitara una
explicación tan larga para reconocer a aquel al que me refería!
-La mano del Señor está extendida sobre él - dijo Felton-, no escapará al castigo que merece.
Felton no hacía sino expresar respecto al duque el sentimiento de execración que todos los
ingleses habían consagrado a aquel a quien los mismos católicos llamaban el exactor, el
concusionario, el disoluto, y a quien los puritanos llamaban simplemente Satán.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -exclamó Milady-. Cuando os suplico enviar a ese hombre el castigo
que le es debido, sabéis que no es por venganza propia por lo que lo persigo, sino que es la
liberación de todo un pueblo lo que imploro.
-¿Lo conocéis entonces? -preguntó Felton.
«Por fin me pregunta», se dijo a sí misma Milady en el colmo de la alegría por haber llegado
tan pronto a tan gran resultado.
-¡Oh! ¿Si lo conozco? ¡Claro que sí! ¡Para mi desgracia, para mi desgracia eterna!
Y Milady se torció los brazos como llegada al paroxismo del dolor. Felton sintió sin duda en sí
mismo que su fuerza lo abandonaba, y dio algunos pasos hacia la puerta; la prisionera, que no lo
perdía de vista, saltó en su persecución y lo detuvo. -¡Señor! -exclamó-. Sed bueno, sed clemente, escuchad mi ruego: ese cuchillo que la fatal
prudencia del barón me ha quitado, porque sabe el uso que quiero hacer de él. ¡Oh, escuchadme


 

 
 

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