Felton había venido, pero todavía tenía que dar un paso.
Había que retenerlo, o mejor, era
preciso que se quedase solo, y Milady sólo oscuramente veía aún
el medio que debía conducirla a
este resultado.
Se necesitaba más aún: había que hacerlo hablar, a fin
de hablarle también. Porque Milady lo
sabía de sobra, su mayor seducción estaba en su voz, que recorría
con tanta habilidad toda la
gama de tonos, desde la palabra humana hasta el lenguaje celeste.
Y, sin embargo, pese a toda su seducción, Milady podría fracasar
porque Felton estaba
prevenido, y esto contra el menor azar. Desde ese momento, vigiló todas
sus acciones, todas sus
palabras, hasta la más simple mirada de sus ojos, hasta su gesto, hasta
su respiración, que se
podía interpretar como un suspiro. En fin ella estudió todo, como
hace un hábil cómico a quien se
acaba de dar un papel nuevo en un puesto que no tiene la costumbre de ocupar.
Respecto a lord de Winter su conducta era más fácil: también
esta ba decidida desde la víspera.
Permanecer muda y digna en su presencia, irritarlo de vez en cuando por medio
de un desdén
afectado, por medio de una palabra despectiva, empujarlo a amenazas y a violencias
que
hicieran contraste con su resignación, tal era su proyecto. Felton vería:
quizá no dijera nada;
pero vería.
Por la mañana Felton vino como de costumbre; pero Milady le dejó
presidir todos los
preparativos del desayuno sin dirigirle la palabra. Por eso, en el momento en
que iba él a
retirarse, ella tuvo un rayo de esperanza; porque creyó que era él
quien iba a hablar; pero sus la-
bios se movieron sin que ningún sonido saliera de su boca, y haciendo
un esfuerzo sobre sí
mismo, encerró en su corazón las palabras que iban a escapar de
sus labios, y salió.
Hacia mediodía, entró lord de Winter.
Hacía un hermoso día de invierno, y un rayo de ese pálido
sol de Inglaterra que ilumina pero
no calienta, pasaba a través de los barrotes de la prisión.
Milady miraba por la ventana, y fingió no oír la puerta que se
abría.
-¡Vaya vaya! -dijo lord de Winter-. Tras haber hecho comedia, tras haber
hecho tragedia, ahora
hacemos melancolía.
La prisionera no respondió.
-Sí, sí -continuó lord de Winter-, comprendo; de buena
gana quisierais estar en libertad en esa
orilla; de buena gana querríais, sobre un buen navío, hender las
olas de ese mar verde como la
esmeralda; querríais de buena gana, bien en tierra, bien sobre el océano,
tender me una de esas
buenas emboscadas que tan bien sabéis combinar. ¡Paciencia, paciencia!
Dentro de cuatro días
os será permitida la orilla, os será abierto el mar, más
abierto de lo que quisierais, porque dentro
de cuatro días Inglaterra será desembarazada de vos.
Milady unió las manos, y alzando sus hermosos ojos al cielo:
-¡Señor, Señor! -dijo con una angélica suavidad de
gesto y de entonación-. Perdonad a este
hombre como yo lo perdono.
-Sí, reza, maldita -exclamó el barón-. Tu oración
es tanto más generosa cuanto que, te lo juro,
estás en poder de un hombre que no perdonará.
Y salió.
En el momento en que salía, una mirada penetrante se coló por
la puerta entreabierta, y ella
vislumbró a Felton que volvía a su sitio rápidamente para
no ser visto por ella.
Entonces se arrojó de rodillas y se puso a rezar.
-¡Dios mío, Dios mío! -dijo-. Vos sabéis por qué
santa causa sufro; dadme, pues, la fuerza de
sufrir.
La puerta se abrió suavemente; la hermosa suplicante fingió no
haber oído, y con una voz llena
de lágrimas continuó:
-¡Dios vengador, Dios de bondad! ¿Dejaréis que se cumplan
los horribles proyectos de este
hombre?
Sólo entonces fingió ella oír el ruido de los pasos de
Felton y, alzándose rápida como el
pensamiento, se ruborizó como si tuviera ver güenza de haber sido
sorprendida de rodillas.
-No me gusta molestar a los que rezan, señora -dijo gravemente Felton-;
no os molestéis,
pues, por mí, os lo suplico.
-¿Cómo sabéis que rezaba? Señor -dijo Milady, con
una voz ahogada por los sollozos-, os
equivocáis; señor, yo no rezaba.
-¿Pensáis acaso, señora -respondió Felton con su
misma voz grave, aunque con un acento más
dulce- que me creo con derecho de impedir a una criatura prosternarse ante su
Creador? ¡No lo
permita Dios! Por otra parte, el arrepentimiento sienta bien a los culpables;
sea el que fuere el
crimen que haya cometido, un culpable a los pies de Dios me parece sagrado.
