Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



Felton había venido, pero todavía tenía que dar un paso. Había que retenerlo, o mejor, era
preciso que se quedase solo, y Milady sólo oscuramente veía aún el medio que debía conducirla a
este resultado.
Se necesitaba más aún: había que hacerlo hablar, a fin de hablarle también. Porque Milady lo
sabía de sobra, su mayor seducción estaba en su voz, que recorría con tanta habilidad toda la
gama de tonos, desde la palabra humana hasta el lenguaje celeste.
Y, sin embargo, pese a toda su seducción, Milady podría fracasar porque Felton estaba
prevenido, y esto contra el menor azar. Desde ese momento, vigiló todas sus acciones, todas sus
palabras, hasta la más simple mirada de sus ojos, hasta su gesto, hasta su respiración, que se
podía interpretar como un suspiro. En fin ella estudió todo, como hace un hábil cómico a quien se
acaba de dar un papel nuevo en un puesto que no tiene la costumbre de ocupar.
Respecto a lord de Winter su conducta era más fácil: también esta ba decidida desde la víspera.
Permanecer muda y digna en su presencia, irritarlo de vez en cuando por medio de un desdén
afectado, por medio de una palabra despectiva, empujarlo a amenazas y a violencias que
hicieran contraste con su resignación, tal era su proyecto. Felton vería: quizá no dijera nada;
pero vería.
Por la mañana Felton vino como de costumbre; pero Milady le dejó presidir todos los
preparativos del desayuno sin dirigirle la palabra. Por eso, en el momento en que iba él a
retirarse, ella tuvo un rayo de esperanza; porque creyó que era él quien iba a hablar; pero sus la-
bios se movieron sin que ningún sonido saliera de su boca, y haciendo un esfuerzo sobre sí
mismo, encerró en su corazón las palabras que iban a escapar de sus labios, y salió.
Hacia mediodía, entró lord de Winter.
Hacía un hermoso día de invierno, y un rayo de ese pálido sol de Inglaterra que ilumina pero
no calienta, pasaba a través de los barrotes de la prisión.
Milady miraba por la ventana, y fingió no oír la puerta que se abría.
-¡Vaya vaya! -dijo lord de Winter-. Tras haber hecho comedia, tras haber hecho tragedia, ahora
hacemos melancolía.
La prisionera no respondió.
-Sí, sí -continuó lord de Winter-, comprendo; de buena gana quisierais estar en libertad en esa
orilla; de buena gana querríais, sobre un buen navío, hender las olas de ese mar verde como la
esmeralda; querríais de buena gana, bien en tierra, bien sobre el océano, tender me una de esas
buenas emboscadas que tan bien sabéis combinar. ¡Paciencia, paciencia! Dentro de cuatro días os será permitida la orilla, os será abierto el mar, más abierto de lo que quisierais, porque dentro
de cuatro días Inglaterra será desembarazada de vos.
Milady unió las manos, y alzando sus hermosos ojos al cielo:
-¡Señor, Señor! -dijo con una angélica suavidad de gesto y de entonación-. Perdonad a este
hombre como yo lo perdono.
-Sí, reza, maldita -exclamó el barón-. Tu oración es tanto más generosa cuanto que, te lo juro,
estás en poder de un hombre que no perdonará.
Y salió.
En el momento en que salía, una mirada penetrante se coló por la puerta entreabierta, y ella
vislumbró a Felton que volvía a su sitio rápidamente para no ser visto por ella.
Entonces se arrojó de rodillas y se puso a rezar.
-¡Dios mío, Dios mío! -dijo-. Vos sabéis por qué santa causa sufro; dadme, pues, la fuerza de
sufrir.
La puerta se abrió suavemente; la hermosa suplicante fingió no haber oído, y con una voz llena
de lágrimas continuó:
-¡Dios vengador, Dios de bondad! ¿Dejaréis que se cumplan los horribles proyectos de este
hombre?
Sólo entonces fingió ella oír el ruido de los pasos de Felton y, alzándose rápida como el
pensamiento, se ruborizó como si tuviera ver güenza de haber sido sorprendida de rodillas.
-No me gusta molestar a los que rezan, señora -dijo gravemente Felton-; no os molestéis,
pues, por mí, os lo suplico.
-¿Cómo sabéis que rezaba? Señor -dijo Milady, con una voz ahogada por los sollozos-, os
equivocáis; señor, yo no rezaba.
-¿Pensáis acaso, señora -respondió Felton con su misma voz grave, aunque con un acento más
dulce- que me creo con derecho de impedir a una criatura prosternarse ante su Creador? ¡No lo
permita Dios! Por otra parte, el arrepentimiento sienta bien a los culpables; sea el que fuere el
crimen que haya cometido, un culpable a los pies de Dios me parece sagrado.


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission